A 20 años del XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes

Parece que fue ayer, pero han pasado ya veinte años. Corría el año 1997 y la Federación Mundial de la Juventud Democrática decidía retomar el movimiento de los Festivales en pleno vendaval contrarrevolucionario. Eran los tiempos del fin de la historia, o al menos eso nos decían. El último Festival Mundial se había reunido en Pionyang, República Popular Democrática de Corea, en 1989. Poco después, las piedras del Muro Antifascista de Berlín comenzaban a caer sobre nuestras cabezas. 

Y en medio de ese torbellino de reacción mundial, la pequeña y heroica Cuba, que veía cómo se intensificaba el criminal bloqueo estadounidense con la Ley Helms-Burton, como otras muchas veces a lo largo de la historia, levantó la voz. La isla revolucionaria se ofrecía a la juventud de todos los países para ser la sede de un nuevo Festival. Los motores de la Federación Mundial de la Juventud Democrática se ponían de nuevo en marcha. De nuevo la juventud era convocada a luchar: ¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!

Logo del XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Cuba, 1997.

En España se organizaba el correspondiente Comité Preparatorio y, en cada lugar donde estaban presentes las organizaciones que lo conformábamos, se comenzaba a planificar el trabajo para dar a conocer el movimiento de los festivales, para explicar nuestras razones para solidarizarnos con Cuba y para gritar bien alto que, por mucho que en la Unión Soviética y en los países socialistas europeos hubiese triunfado la contrarrevolución, había quienes no íbamos  a aceptar bajo ningún concepto que se decretase el fin de la lucha de clases. 

Se editaron carteles, camisetas, mecheros, llaveros… Se organizaron todo tipo de charlas, fiestas y conciertos. Entre pegada y pegada, y manifestación y manifestación, se sirvieron miles de mojitos solidarios para recaudar los fondos necesarios para enviar a Cuba la mayor delegación posible, compuesta por lo general por hijos e hijas de la clase obrera, trabajadores, parados o estudiantes, que jamás habíamos soñado con tener la oportunidad de participar en una acontecimiento de aquellas dimensiones.

Y si grande fue el esfuerzo y la movilización juvenil para preparar el Festival en nuestros países, lo de Cuba, sencillamente, fue heroico. De la mano de la Unión de Jóvenes Comunistas y de la Federación Estudiantil Universitaria, el pueblo cubano se movilizaba, una vez más, para ofrecer lo mejor de sí a los demás. Miles de familias cubanas se ofrecieron voluntarias para acoger en sus casas a los delegados mientras sesionaba el Festival. En pleno periodo especial, la Cuba internacionalista brillaba de nuevo, confirmando la sentencia martiana de que lo que brilla con luz propia, nadie lo puede apagar.

Durante una semana, muchos de los más de 12.000 delegados y delegadas convocados residimos en la Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin, donde se programaron todo tipo de actividades: cursos de salsa, apasionantes debates, actividades deportivas y culturales; y sobre todo reuniones, muchas reuniones, con organizaciones juveniles de todo el mundo, con compañeros y compañeras que, hablando uno u otro idioma, y sin que importase el lugar del procedencia, el credo o el color de la piel, se intercambiaban experiencias en la lucha por un mundo distinto. Se trataba de unir de nuevo a la juventud para retomar la lucha, para continuar el camino.

Tras esa primera toma de contacto, entre reunión y reunión y algún que otro trabajo voluntario, comenzó a sesionar el Festival. Los delegados fuimos distribuidos en las casas de acogida, conocimos a quienes, desde entonces, pasaron a ser nuestras familias cubanas, a los vecinos y vecinas de la cuadra, a los compañeros y compañeras del CDR, preocupados en todo momento de que todo funcionase correctamente. Cada mañana, éramos recogidos en el punto de reunión, conducidos en guagua al Palacio de Congresos para participar en los debates, y devueltos a nuestros barrios, a última hora, para compartir momentos con los vecinos y las familias, o para participar en alguna de las actividades programadas en las muchas instalaciones que al efecto se dispusieron en la capital cubana. 

Cabecera en manifestación de la delegación española del XIV FMJD. La Habana, 1997.

Y, como hoy, ese año de 1997 coincidían dos importantes aniversarios. Por un lado, se conmemoraba el 30 aniversario de la caída en combate del Che y de sus compañeros. Por otro, el 80º aniversario del triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917.  Como acertadamente señaló Fidel por aquel entonces: un combatiente puede morir, pero no sus ideas. Y esas ideas, las ideas marxistas-leninistas del Guerrillero Heroico, las ideas comunistas de la Revolución de Octubre, se fusionaron con el movimiento juvenil mundial en las calles de La Habana hace hoy veinte años. Miles y miles de jóvenes, que veíamos cómo un pueblo digno se enfrentaba a toda adversidad; cómo se sacaban fuerzas de dónde fuera necesario para seguir resistiendo, para seguir luchando. 

Mucho aprendimos aquellos inolvidables días por las calles de La Habana. Sintiendo el cariño del pueblo cubano, aprendiendo de su lucha, alimentándonos de su ejemplo. Marchando por las calles de La Habana. “La juventud unida contra el imperialismo”, para terminar en la histórica Escalinata de la Universidad, donde pudimos cantar, junto a Gerardo Alfonso y otros cantautores, la canción del Festival, para ratificar que son los sueños todavía los que tiran de la gente, como un imán que nos une cada día. Pero, sobre todo, comprobamos que el socialismo no sólo era necesario, sino que además era posible.

El XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes fue sin duda un momento importante en la vida de quienes participamos en el mismo. Pero lo fue también desde una perspectiva más general, desde una perspectiva política e ideológica. En primer lugar, porque desde las calles de la Habana gritamos para dejar claro que no acatábamos las órdenes de la contrarrevolución, que no admitíamos su fin de la historia, que seguiríamos luchando contra el imperialismo y que lo haríamos al lado del pueblo cubano. En segundo lugar, porque en aquellos días toda una generación se reconoció como tal en La Habana. Miles y miles de jóvenes revolucionarios, muchos de nosotros comunistas, dispuestos a mantener en alto las banderas de lucha por las que combatieron generaciones precedentes, dispuestos a seguir luchando a pesar de las adversidades del momento.

Muchos de nosotros seguimos, de una u otra manera en contacto, con independencia de nuestro país de residencia. Con muchos otros será necesario el reencuentro. Las dos décadas transcurridas no han hecho más que confirmar que sólo el socialismo puede garantizar unas condiciones dignas de existencia para nuestros pueblos, que hoy, como ayer, sigue siendo imprescindible la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad.

La marcha que iniciamos aquellos días por las calles de La Habana no se detendrá. 

¡Hasta la victoria siempre!

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