El ‘Manifiesto Comunista’, ayer y hoy

“El manifiesto es una obra científica de inapreciable validez y, al mismo tiempo, un vehículo para la divulgación del pensamiento comunista entre los obreros y un eficaz instrumento para la agitación política. Pocas veces se han reunido en un documento político, los elementos mencionados, con tal maestría”. 

Ernesto Che Guevara

En las décadas centrales del siglo XIX en los grandes centros fabriles de las ciudades industriales de Europa el proletariado se manifiesta ya como fuerza histórica  independiente. La lucha de clases entre la burguesía y el proletariado pasa al primer plano en la historia de los países más desarrollados de Europa. Al calor de la lucha de la clase obrera nace y se desarrolla su herramienta política clandestina, la Liga de los Comunistas,  y con ella su primer Programa.

Así vio la luz, en 1848, el primer, en la Historia, documento programático del socialismo científico.

Manifiesto Comunista. Portada original, primera edición, 1848.

El 28 de septiembre de 1864, en respuesta al llamamiento final del Manifiesto, los proletarios de muchos países se unían en la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Algunas décadas más tarde, la primera revolución proletaria victoriosa llevaba a la clase obrera a la conquista del poder pertrechada con las herramientas de análisis del Manifiesto, con la teoría de las clases, de la lucha de clases y del papel histórico del proletariado como enterrador de la vieja sociedad y creador de una sociedad nueva.

Durante estos dos siglos todos los derechos y conquistas que el proletariado ha conseguido arrancar para sí mismo y para el resto de los explotados han sido fruto de  la lucha de clases. Todo este tiempo después de publicado el Manifiesto, la  clase obrera internacional sigue debiendo a Marx y Engels la aplicación del materialismo dialéctico, como doctrina del desarrollo, al campo de la vida social, la tesis de la lucha de clases como motor de la historia, y el conocimiento preciso y científicamente fundamentado de su papel histórico como sujeto revolucionario. 

El Manifiesto Comunista puso el conocimiento y la ciencia en manos de los explotados; desenmascaró la falsedad de la “libertad” burguesa, formuló con claridad la necesidad y la posibilidad de la conquista del poder por parte de la clase obrera y su constitución en clase dominante, esto es, la dictadura del proletariado, y esto es, entre otras muchas cosas, lo que no pueden perdonarle quienes niegan su vigencia y nos invitan una y otra vez a su entierro.

Sello conmemorativo de la publicación del Manifiesto Comunista. RDA, 1966.erro.

Hoy perviven fatalmente reconocibles los rasgos característicos del capitalismo expuestos por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista.

La práctica ha puesto en evidencia la inconsistencia científica de las teorías burguesas sobre el fin de la historia, de las clases y de la lucha entre ellas. Tesis encaminadas a enajenar a la clase obrera  la capacidad de reconocerse a sí misma y recoger el legado de su propia historia

La división de la sociedad en clases antagónicas y la contradicción entre quienes todo lo poseen (cada vez un número menor en virtud del proceso de concentración y centralización del capital) y quienes todo lo producimos, está hoy más agudizada de lo que nunca antes lo estuvo en la historia de la humanidad. 

En la fase imperialista se manifiesta con especial crudeza la contradicción irresoluble entre el carácter social del trabajo y el carácter privado de la propiedad sobre los medios de producción. Más que nunca las relaciones sociales capitalistas constituyen un freno insalvable al desarrollo de las fuerzas productivas, más que nunca, en el marco de esas relaciones, la riqueza genera miseria.

El capitalismo evidencia como nunca antes  la verdadera naturaleza criminal y bárbara de su dictadura de clase.

Como acertadamente señala el historiador colombiano Renán Vega: “Hoy son mercancías todas las cosas, desde las más microscópicas como los genes hasta las más descomunales como los satélites artificiales. Si la mercantilización se ha generalizado de tal manera, es posible decir que, por lo menos en el reino de las apariencias, el sistema que domina el mundo es el capitalismo. Si abandonamos la esfera de lo aparente de lo cual la mercancía es su manifestación palpable para incursionar un poco más allá y tratar de escudriñar en la relación social que se mueve tras bambalinas, nos encontraremos con que esa relación de capital y trabajo está más extendida que en cualquier otro momento de la historia. […] A nivel mundial todavía predominan los métodos más salvajes de explotación del trabajo […] se generaliza el traslado de unidades productivas, la transferencia de capital de un territorio a otro, la búsqueda incesante de trabajo cada vez más barato […] La mundialización del capital es, justamente, la universalización de la relación social capitalista y no la consolidación de una sociedad postindustrial, postcapitalista, de servicios, informática o comunicacional, nombres todos que hoy se emplean para encubrir la realidad esencial, explotadora e inhumana, del modo de producción capitalista y embellecerlo ante el mundo entero”.

Negar la vigencia del Manifiesto Comunista persigue el objetivo de desactivar la  potencialidad revolucionaria del análisis marxista y conjurar el peligroso abrazo del movimiento obrero y el socialismo científico, el encuentro entre el ser objetivo de la clase obrera y la conciencia de clase.

Desde las propias filas del autoproclamado marxismo se nos proponen a diario “nuevos paradigmas” destinados a “superar” las categorías analíticas y epistemológicas  formuladas por nuestros clásicos. Ya advirtó Lenin de que una de las consecuencias de la victoria teórica del marxismo sería la necesidad de sus enemigos y detractores de disfrazarse de marxistas. 

Siguen existiendo los “diversos curanderos sociales que aspiran a suprimir, con sus variadas panaceas y emplastos de toda clase, las lacras sociales sin dañar en lo más mínimo al capital ni a la ganancia”, de los que habla Engels en su Prefacio a la edción alemana de 1890, “gentes que se hallan fuera del movimiento obrero y que buscan apoyo más bien en las clases instruidas”.

Edición ilustrada del Manifiesto Comunista. Ilustrador: Fernando Vicente. Nórdica Libros, 2012.

Variopintas teorías debidas a intelectuales progresistas representantes de la socialdemocracia vieja y “nueva”, y del oportunismo de derechas y de “izquierdas”,  dan gato por liebre a la clase obrera confundiendo a ésta sobre la naturaleza y jerarquía de las innumerables contradicciones existentes en un sistema descompuesto que se viene abajo (nacionales, generacionales, de género, etc.), oscureciendo deliberadamente la contradicción fundamental, la que une a la clase obrera, aquella de cuya resolución depende la posibilidad de resolver revolucionariamente todas las demás a ella subordinadas: la contradicción entre capital y trabajo. 

El Manifiesto Comunista es hoy más cierto y actual, si cabe, que cuando fue escrito. 

Las crisis capitalistas contemporáneas, cada vez más frecuentes, violentas, profundas, sincronizadas e irresolubles, se generalizan a todos los confines del planeta, extienden el hambre, la sobreexplotación, la destrucción de fuerzas productivas, la guerra imperialista, como principales medios de recomposición de la tasa de ganancia, dotando al análisis marxista clásico de una actualidad literal e incluso profética.

Señalaba el historiador soviético E. A. Kosminsky que a la historiografía burguesa le repugna especialmente la tesis marxista de la ineluctable sucesión de unos modos de producción por otros, porque en nuestros días tal sucesión le atañe fatalmente.

Casi dos siglos después, el Manifiesto sigue desvelando ante los explotados la génesis y la esencia del modo de producción capitalista, poniendo al descubierto sus contradicciones y explicando la naturaleza objetiva de sus crisis inexorables. Sigue, además, señalando, a los parias de la Tierra, nuestra irrenunciable y ahora, además, inaplazable tarea histórica .

© Bonjour Karl 2017