Retos del internacionalismo

¿Recuerdan las movilizaciones contra la guerra en Irak del año 2003? El 15 de febrero de aquel año se llenaron las calles de las ciudades españolas —y de otros muchos países— de millones de manifestantes que entonaban “¡no más sangre por petróleo!” y todo tipo de improperios dirigidos contra el denominado “trío de las Azores” (Bush, Blair y Aznar), que había decidido arrasar Irak por poseer unas armas de destrucción masiva que jamás aparecieron.

Catorce años después de aquellas masivas movilizaciones, ¿qué es lo que ha pasado en nuestro país para que invasiones y agresiones recientes, como las de Libia o Siria, no hayan provocado similares muestras de rechazo popular? 

Sin duda, buena parte de la explicación tiene como piedra de toque el papel del PSOE y de esa densa y efectiva red de propaganda constituida por el grupo PRISA, pero echar toda la culpa de la desmovilización a la socialdemocracia sería parcial y deshonesto, y obviaría que buena parte de responsabilidad la tiene también el campo revolucionario. 

Recordemos que España participó en las dos guerras de Irak (1991 y 2003). En la primera, bajo gobierno de Felipe González, se desplegaron varios buques de la Armada y efectivos del Ejército del Aire, contabilizando unos 1.200 militares que colaboraron primero con el bloqueo marítimo contra Irak y luego con la campaña de bombardeos que se denominó “operación Tormenta del Desierto”. En la segunda, iniciada bajo presidencia de José María Aznar, el número de tropas desplegadas fue similar, aunque más prolongado en el tiempo, y ciertamente el papel que jugó el entonces gobierno español fue relevante, con su ciego apoyo a los planes de George W. Bush. El PSOE, cuyo ilustre miembro Javier Solana había sido Secretario General de la OTAN durante los ataques a Yugoslavia en 1999, aprovechó la oportunidad para atacar con dureza al gobierno, y la maquinaria propagandística de El País y la SER ayudaron a que sectores habitualmente poco presentes en la movilización social se unieran a las fuerzas que, desde siempre, se habían venido oponiendo a todas las operaciones de agresión imperialista en que España se embarcaba una y otra vez, bien en coaliciones internacionales, bien a través de la OTAN.

Aquellas manifestaciones de 2003, con millones de personas en la calle, con consignas que iban más allá del mero pacifismo burgués (“no más sangre por petróleo”), posiblemente fueran el epílogo de una etapa de movilizaciones contra las guerras imperialistas que tuvo su origen en el movimiento anti-OTAN de los años 80 y que, durante mucho tiempo, contó con una fuerte legitimidad, si no siempre con el respaldo popular. Entonces no hacía falta discutir largo sobre por qué movilizarse contra la invasión de un país soberano, ni discutir excesivamente qué pintaban los marinos españoles en un sitio tan lejano como el Golfo Pérsico. Eran elementos que suscitaban, con cierta rapidez, la simpatía y empatía de amplios sectores sociales. 

Al tratarse de amplias movilizaciones no hegemonizadas por la clase trabajadora ni sus organizaciones, y dada la excesiva proyección que tuvieron ciertos sectores del mundo del espectáculo que luego se volcaron en su apoyo al PSOE, el nivel de elevación de la conciencia de grandes masas fue relativamente escaso y, a la larga, el efecto general un tanto contraproducente, al comprobarse poco después que los que se rasgaban las vestiduras contra Aznar guardaban un vergonzoso silencio ante las aventuras militares de Zapatero. Algo parecido a lo que está pasando ahora con ciertos sectores de la gauche divine norteamericana que protestan contra Trump por su estilo y declaraciones pero callaron mientras Obama llenaba de bombas el Mediterráneo y Oriente Medio.  

Como decía, unos pocos años después de conseguir ganar las elecciones —en parte quizás por la promesa de retirar a las tropas de Irak— el “pacifista” Zapatero se implicaba a fondo en el bombardeo de Libia y el derrocamiento de Gadafi, y luego Rajoy se prestó a todo tipo de ayudas y colaboraciones para la agresión contra Siria. 

Miles de muertos, países devastados, oleadas de refugiados, mucha sangre por petróleo, gas y recursos, pero sin movilizaciones masivas de respuesta o rechazo. Es más, con una monolítica unidad del los grandes medios de comunicación —y ciertas ONGs de ésas que han hecho de la buena fe y la solidaridad de mucha gente un lucrativo negocio— a la hora de manipular y distorsionar la realidad, falseando datos, preparando y aceptando montajes (lo de los “cascos blancos” es un buen ejemplo), pintando como “rebeldes” a quienes son puros y duros terroristas y mercenarios a sueldo de gobiernos extranjeros, etc. ¿Qué ha pasado, entonces, para que estemos así?

Buena parte de los que se manifestaban contra la guerra de Irak —que nacieron ahí para la movilización social— hoy defienden que hay que atacar a Siria o, cuanto menos, guardan un bochornoso silencio ante las maniobras y manipulaciones propagandísticas que tanto denunciaban en 2003. El jefe militar que dirigió las operaciones españolas contra Libia, Julio Rodríguez, es hoy miembro del Consejo Ciudadano Estatal de PODEMOS y formará parte del “gobierno en la sombra” que pretende montar Pablo Iglesias. Otra persona vinculada del partido morado, Santiago Alba Rico, ha defendido con absoluta desfachatez ideas como que “la intervención de la OTAN en Libia salvó vidas”, o ha llegado a comparar a Bachar al Assad con Francisco Franco. Estos pequeños ejemplos son bastante sintomáticos de que algo ha ido muy mal en los últimos tres lustros, no cabe duda. 

Con tales mimbres, es difícil que esas fuerzas que se autodenominan “del cambio”, viejas o nuevas, sean capaces de generar nada que remotamente se parezca a aquellas movilizaciones de 2003, más que nada porque ahora apoyan aquello que entonces decían rechazar. Porque debe ser que hoy ya no “vende” la defensa de la soberanía de los países, o que ciertos medios ya no tienen la consigna de atacar al gobierno de turno por sus aventuras militares. 

Constatando esta realidad, queda la pelota en el tejado del campo popular, revolucionario si se apura. Realmente siempre ha estado ahí, pero la correlación de fuerzas y el clima general no parecen ahora los más benévolos para levantar las banderas de la lucha contra las guerras imperialistas de forma consistente, organizada y estable. Se podría responder a esto con un “quién dijo miedo”; y en esa fase nos encontramos, de reconstrucción, cuando es esencial no dar pasos en falso. 

Una formulación que se aleja ostensiblemente de los planteamientos más básicos del internacionalismo proletario: la teoría de la multipolaridad, que sostiene que, frente al poder hegemónico de la potencia imperialista que son los EE.UU., lo que toca es el apoyo decidido a otras potencias que, siendo también capitalistas, tienen intereses contrapuestos.

Por eso, para no dar pasos en falso, es necesario que se clarifiquen ciertos elementos de controversia. Es necesario caracterizar correctamente el mundo en el que vivimos y el papel que cada cual juega en él, porque con balas de goma y fusiles sin munición no se puede ir a la batalla, al menos si se quiere ganar. 

Conviene recordar que en el período de tiempo que ha pasado entre 2003 y 2017 han sucedido, en el plano ideológico, muchas cosas, y la mayoría de ellas nada buenas. Una de las más destacadas ha sido la filtración en buena parte del movimiento de solidaridad, internacionalista, antiimperialista o como quieran llamarlo, de una formulación que se aleja ostensiblemente de los planteamientos más básicos del internacionalismo proletario: la teoría de la multipolaridad, que sostiene que, frente al poder hegemónico de la potencia imperialista que son los EE.UU., lo que toca es el apoyo decidido a otras potencias que, siendo también capitalistas, tienen intereses contrapuestos. 

Como si hubieran descubierto la pólvora, los promotores de esta teoría nos han “revelado” que las distintas potencias, bajo el capitalismo, tienen intereses contrapuestos. Pero obvian, y ahí reside la gran trampa, que también tienen intereses comunes, y que las contradicciones entre las potencias se desarrollan dialécticamente, en unidad y en contradicción, según el momento, la correlación de fuerzas y una gran lista de factores más. 

De la misma manera que el oportunista Partido de los Comunistas Italianos (PdCI) planteaba hace varios años el fortalecimiento del aparato militar de la Unión Europea “para contrapesar a EEUU”, hoy son muchas las voces que, desde “la izquierda”, jalean a capitalistas como Putin, heredero de quienes, desde dentro, ayudaron a destruir la URSS y retoman las banderas y el proyecto de la Rusia zarista que fue derrotado por los bolcheviques hace cien años.

Para el movimiento obrero y popular es terriblemente peligroso alentar o apoyar a quienes siembran confusión sobre el papel de las distintas potencias capitalistas. Fundamentalmente porque quienes hacen eso están yendo mucho más allá, en la práctica y en los discursos, del internacionalismo consecuente. Están transformando el internacionalismo en lo que no es, lo están prostituyendo y están tirando por tierra las múltiples enseñanzas que nos dio la Revolución de Octubre, que fue posible en parte por la claridad con que los bolcheviques vieron que no podían someterse a los intereses de ninguna burguesía, ni propia ni ajena. 

Para luchar contra el imperialismo consecuentemente lo primero que hay que hacer es entenderlo adecuadamente y no repetir mecánicamente formulaciones elaboradas cuando la correlación de fuerzas mundial era absolutamente diferente a la actual. Es sumamente preocupante que haya supuestos intelectuales y analistas que siguen manteniendo la peligrosísima posición de que el imperialismo se caracteriza por la agresividad hacia terceros países, sin entender, o sin querer asumir, que el imperialismo es una fase concreta de desarrollo capitalista, que se expresa en las relaciones entre países de diversas maneras, y no sólo por la actitud matonil de unos u otros.

Utilizar el imperialismo como lo hacen las categorías burguesas es un grave error que parte de ignorar toda la elaboración leninista sobre las características del imperialismo y, por tanto, de las potencias que, teniendo unas relaciones de producción capitalistas, mantienen una política exterior basada en la defensa de los intereses de sus capitalistas, que son contrarios a los de su clase obrera. Negar esto es negar el carácter de clase del Estado y negar la contradicción entre clases antagónicas. Por tanto negar a Marx y negar a Lenin. O, visto de otra manera, forzar a que Marx y Lenin digan lo que a ti te interesa porque eres un pequeñoburgués radicalizado que necesita conciliar lo inconciliable para estar cómodo.

¿Cabe una posición internacionalista consecuente? Sí, cabe, pero es obligatorio reconocer que la correlación de fuerzas y el momento hacen que sea extremadamente difícil. No es nada sencillo explicar que, en el caso sirio, por ejemplo, el apoyo a la soberanía del país no implica necesariamente dar un cheque en blanco al gobierno de Assad, como algunos pretenden. Tampoco es fácil evitar que una parte del movimiento internacionalista, ante el balance positivo coyuntural que está teniendo para el pueblo sirio el desarrollo de la contradicción entre Rusia y EE.UU. allí,  se eche en brazos de Rusia atribuyéndole un papel que no tiene en el terreno internacional.

Para desarrollar una lucha internacionalista consecuente hace falta desacreditar los argumentos de las corrientes trotskistas proOTAN y de los oportunistas multipolares y fortalecer una posición clasista independiente. Esta posición, teniendo como base única y exclusiva la defensa de los intereses de la clase obrera y los sectores populares —destinados a ser la carne de cañón de las guerras de otros— podrá entonces construir alianzas con sectores sociales que, coyunturalmente, puedan compartir la oposición a una guerra o a una agresión contra un país. Pero jamás promoviendo posiciones ajenas o difundiendo su discurso ideológico entre los nuestros. Eso es un error de bulto que más nos vale no cometer.

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