América Latina: el regreso de Bernstein

Después de años de ajuste estructural, con privatizaciones de las empresas y servicios públicos, con gobiernos caracterizados por sus medidas antipopulares, dese Salinas de Gortari a Fujimori, de Menem a Collor de Melo, en la América Latina se abrió una perspectiva de cambio con la llegada al gobierno, por vía electoral, de Hugo Chávez en Venezuela, que inauguró un periodo de gobiernos progresistas y bolivarianos en Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay y Honduras.

Tales experiencias están llegando ya a las dos décadas, y es posible sacar conclusiones, en una coyuntura además en la que están en retroceso.

Es visible que no se efectuaron modificaciones en las relaciones de producción, por lo cual es constatable que no hablamos de revoluciones sociales, en ninguno de los casos, por más que se asumieron como procesos socialistas y revolucionarios. El “socialismo del siglo XXI” insistió una y otra vez en la coexistencia con el mercado, con la propiedad privada, con la burguesía.

En ninguno de los casos hubo intento de destruir la maquinaria estatal, sino reingeniería para su perfeccionamiento, pues nuevas constituciones se erigieron, pero no después de la destrucción del Estado, sino preservándolo. Inclusive se intentó elaborar políticamente, hacer teoría sobre ese “modelo” donde una revolución estaría en curso utilizando la maquinaria estatal burguesa, sin tomar en cuenta la experiencia de las revoluciones sociales burguesas y socialistas, y en contradicción con la teoría revolucionaria del marxismo-leninismo.

En ninguno de los casos, a pesar de la retórica antinorteamericana, se desarrolló una lucha antiimperialista consecuente. En lugar de acuerdos con los EEUU se signaron con la Unión Europea, con Rusia, y con otras economías capitalistas de América Latina. Se reforzaron acuerdos como el MERCOSUR, y nuevos surgieron, como el ALBA, etc. Apreciados con objetividad son acuerdos entre Estados capitalistas para reforzar la economía capitalista.

En ninguno de los casos el protagonismo lo tiene la clase obrera, ni los partidos de la clase obrera, sino fuerzas de la pequeñaburguesía de orientación socialdemócrata, populista y nacionalista, inscritas en la geografía de una izquierda que no pretende cambios radicales, ni sustenta programas anticapitalistas, sino administrar y gestionar el modo de producción capitalista. 

Es cierto que hay matices entre el PT de Brasil y el PSUV en Venezuela, el PAÍS en Ecuador, el MAS en Bolivia, el FA en Uruguay, o los partidos del Kichnerismo en Argentina, discursos específicos, pero un solo gran objetivo: darle un rostro social al capitalismo, distribuir la riqueza, pero preservando la explotación del trabajo asalariado y la apropiación privada de lo socialmente producido.

A fin de cuentas los trabajadores y sectores populares que en un principio apoyaron con entusiasmo la posibilidad de cambios se han topado con la dura realidad: ningún cambio. Dos décadas después, aunque se encuentren en la oposición política los dueños de los medios de la producción y de la riqueza siguen siendo los burgueses, que con neoliberalismo o “socialismo del siglo XXI” extraen plusvalía, explotan a la clase obrera, expolian los recursos naturales, obtienen ganancias.

Para preservar el gobierno las fuerzas del progresismo hacen malabares políticos, donde no les importa aliarse o hacer concesiones a las organizaciones liberales, de centroderecha o derecha, y el precio que han tenido que pagar es abrirle la puerta a Caballos de Troya, como en Brasil.

Conforme avanza el tiempo no se aprecia que los cambios —aplazados antaño con el pretexto de las razones tácticas— se produzcan. Pareciera que la táctica de no ir aprisa se convirtió en la estrategia de no modificar nada.

Esa gradualidad teorizada por Eduard Bernstein terminó en el reforzamiento del capitalismo. Como ahora.

© Bonjour Karl 2017