Aún no han sonado los últimos acordes

En el año 2008 se desataba en España la crisis más intensa y prolongada que haya conocido el capitalismo español. Las tímidas medidas económicas aprobadas por el Gobierno Zapatero, típicamente socialdemócratas en un inicio, se mostraron incapaces de contener el tsunami. Las consecuencias de la crisis se descargaron sin piedad sobre las espaldas de nuestro pueblo.

El malestar fue creciendo sin cesar. Y, a pesar de las apelaciones a la “responsabilidad del pueblo español”, para que aceptásemos el yugo que se colocaba sobre nuestras espaldas, hubo lucha… Se convocaron cientos de huelgas, tanto de empresa como de sector, generales y estudiantiles, ardieron barricadas mineras y nos movilizamos en defensa de nuestras condiciones de vida y trabajo. 

Amplios sectores sociales miraban hacia la izquierda de la socialdemocracia representada en nuestro país por el PSOE. Se dieron momentos en los que la legitimidad de las instituciones capitalistas se resquebrajaba y por todas partes crecía el descontento: en los centros de trabajo, en los barrios obreros, en las facultades e institutos… era casi imposible atender a una conversación en la que no se criticase con inusitada dureza a los de arriba. 

A 169 años de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista…

El pasado 21 de febrero celebrábamos, con la presentación de la revista Bonjour Karl, el 169 aniversario de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista. Conviene recordar que, allá por 1848, Karl Marx y Friedrich Engels, presentaban ante la clase obrera mundial el que se convertiría en el primer programa político del socialismo científico. En él se proclamaba: “Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente”. 

Poco tiempo después, en el París de 1871, ese programa cobraba cuerpo en el primer intento proletario de asalto al poder, eran los días heroicos de la Comuna. Mediaba así, entre teoría y práctica, lo que el genio de Lenin fue capaz de expresar en una sentencia cuya vigencia perdura hasta nuestros días: “Sin teoría revolucionaria, no puede haber tampoco movimiento revolucionario”.

Sin embargo, tanto oportunistas como socialdemócratas de viejo y nuevo cuño se apartaron radicalmente de esas enseñanzas, como no podía ser de otra forma. Desde las instancias de dirección de sus organizaciones, condujeron a los sectores sociales que demostraron su disposición a la lucha a un callejón sin salida, a una verdadera celada. Nuestra clase obrera y nuestro pueblo están pagando muy caras las consecuencias.

Un PCE dirigido por una generación políticamente agotada…

Y es que, como se leía en las paredes de la Casa de Campo durante la Fiesta del PCE, allá por septiembre de 1998, el que un día fue el Partido, se olvidó de Lenin en 19 días y 500 noches. A pesar de las intestinas luchas internas que se sucedieron desde la noche de la clandestinidad, y que aún se libran a escasas semanas de que se celebre el 40º aniversario de su legalización, el PCE fue incapaz de elaborar un programa revolucionario desde los tiempos de la traición de Carrillo y los suyos, desde el triunfo del eurocomunismo. 

Ni táctica leninista de frente único del proletariado, ni la táctica del Frente Popular, aprobada por el VII Congreso de la Internacional Comunista, tuvo nunca relación alguna con su dependiente relación con el PSOE, ni con la Izquierda Unida que el PCE definió como referente estratégico, a pesar de muchos. Frente a posiciones de ese tipo, José Díaz afirmaba: “Nosotros luchamos por la dictadura del proletariado, por los Soviets. Lo declaramos paladinamente, porque nosotros, como Partido del proletariado, no renunciamos a nuestros objetivos”. 

Carrillo se fue, pero se quedó el eurocomunismo. La crisis encontró al frente del PCE a un equipo dirigente absolutamente superado por la historia, incapaz de presentar un programa revolucionario para la España del siglo XXI.

El señor Centella y su equipo renunciaron completamente a esos objetivos. Ni siquiera lo intentaron. Carrillo se fue, pero se quedó el eurocomunismo. Por tanto, la crisis encontró al frente del PCE a un equipo dirigente absolutamente superado por la historia, incapaz de presentar un programa revolucionario para la España del siglo XXI y enfrentado, por un lado, a los demonios incubados a lo largo de décadas de traición, y, por otro, a la necesidad de frenar a quienes luchaban en lo interno, tanto por la derecha, amplificando los cantos de sirena del PSOE, como por la izquierda, tratando de encontrar impulso en ese pasado, ya muy lejano, en el que el PCE era el Partido. 

Se pusieron a la zaga, pintando de gris el panorama de un comunismo español en el que, a veces, pareciera que lo viejo jamás acabará de morir y que lo nuevo no terminará de nacer. Al menos, por ahora. La pelota quedaba en el tejado de una Izquierda Unida destrozada, llevada a mínimos históricos por el liderazgo de Gaspar Llamazares, superada políticamente en todos los sentidos, irrelevante desde todos los puntos de vista y plagada de oportunistas dispuestos a venderse al mejor postor o a esperar agazapados a que se presentase su oportunidad.

El PCE no podía jugar papel revolucionario alguno en nuestro país, mientras que en la escena internacional apuntalaba, con todo el peso de la sigla histórica del comunismo español, al traicionero Partido de la Izquierda Europea y a su socio griego, la mutación del otrora eurocomunista Synaspismós en Syriza, primer ensayo electoralmente exitoso de la nueva socialdemocracia en Europa. No les importó apuñalar al Partido Comunista de Grecia y traicionar el internacionalismo proletario, en contra del sentido y sincero parecer de amplios sectores militantes del PCE y la UJCE.

Una Izquierda Unida que se niega a sí misma…

Y, por tanto, cautivo y desarmado el PCE, lo que quedaba era Izquierda Unida. Una IU que lejos del autoproclamado movimiento social y político, nacido al calor de la lucha contra el ingreso de España en la OTAN, mutó progresivamente hacia un partido político burgués al uso, plenamente dependiente de sus grupos institucionales, tanto en lo político como en lo económico. 

Una IU en la que, desde el mismo día de su constitución, se sucedieron los enfrentamientos, y en cuya alma, que según alguna de sus Asambleas Federales llegó a ser roja, verde y violeta, el rojo llegó a brillar por su ausencia y fue sustituido por una amalgama de propuestas programáticas dirigida a prometer a las mayorías trabajadoras un próspero futuro en el seno del capitalismo, empleando el voto como arma para mayor gloria —o desgracia— de la dirección federal de turno. 

Una IU que, tras los tiempos de Llamazares, se dedicó a tratar de sobrevivir, incapaz de dirigir la lucha de quienes estaban siendo duramente golpeados por la crisis. Pero en cuyo seno, fue gestándose el monstruo de la nueva socialdemocracia que terminaría por fagocitarla.

Porque, huérfano el movimiento obrero de una referencia política, al llegar los días del 15M, en la sede de la madrileña calle Olimpo se vieron desbordados por los cuatro costados. El viejo oportunismo, con el que hasta la fecha se había navegado el temporal, había caducado. Una oleada de posmodernidad se llevó de un plumazo, en pocos meses, a quienes con una soberbia heredera del viejo aparato carrillista habían despreciado a Pablo Iglesias y su equipo, dedicados desde mucho tiempo atrás a organizar, con más inteligencia estratégica, la versión española de la nueva socialdemocracia, ensayada en las tierras del Partenón por quienes se han convertido en los nuevos verdugos del pueblo griego. 

La elección de Alberto Garzón como candidato a la Presidencia del Gobierno, primero, y como Coordinador General después, no deja de ser un mal remedo del roto experimentado en Izquierda Unida, que creyéndose reina de la izquierda patria, y muy cómoda en su papel de amante despechada del PSOE, miraba por encima del hombro al resto de mortales que osaban plantear la más mínima crítica, purgando en su seno a diestra y siniestra, sobre todo a siniestra. 

Y así, el compañero Alberto llegó a una suerte de coalición en la que, posiblemente como única vía de supervivencia, Izquierda Unida pasó a desempeñar, esta vez, el papel de monaguillo de Podemos, tratando de jugar el papel de monaguillo travieso, dedicado a poner un toque picante de izquierdas al predominante discurso neosocialdemócrata y posmoderno del nuevo patrón. Su papel, hasta el momento, ha sido el de una especie de Zipi contratado para compensar a un Zape representado por el señor Iñigo Errejón, siempre en favor de quien en verdad mueve los hilos de ese tinglado.

Un Podemos nacido para el engaño…

Y es que, a Pablo, hay que reconocerle dos cosas: su valentía para romper con lo que sabía que no tenía futuro y su capacidad estratégica, ambas íntimamente relacionadas. Si uno repasa sus escritos, programas y entrevistas desde el inicio de la crisis capitalista, necesariamente hay que concluir que fue el único, a excepción seguramente del PCPE (cuyo papel merece otro artículo), en percibir el alcance de lo que estaba pasando, organizando una maniobra envolvente de largo alcance. 

Y llegaron las Elecciones Generales, y hasta se repitieron. El cielo no se tomó por asalto, y tampoco el parlamento. Pero la movilización popular entró en serio reflujo.

Fue capaz de percibir la intensidad de la crisis económica y, también, que esa crisis se iba a reflejar, antes o después, y con cierta intensidad, en eso que los marxistas todavía llamamos superestructura política; eso que ahora llaman Régimen del 78. Y también fue capaz de percibir que ni la izquierda del arco parlamentario, ni la izquierda extraparlamentaria (perdónese el empleo de tal geometría política), estaban en condiciones de dirigir el descontento, la indignación, en términos más… de moda.  

Desde ese punto de partida, tuvo la capacidad de crear un aparato que viniese a satisfacer lo que se comenzaba a percibir como nueva necesidad del sistema, su equipo dirigente tuvo la capacidad de forjar una nueva propuesta política lampedusiana. Buscaron las alianzas, las plataformas mediáticas, los cuadros, maniobraron…; aprovecharon el descontento con lo viejo, incluida Izquierda Unida, para organizar en España lo que se estaba experimentando con éxito en tierras helenas. Eran tiempos en que la dirigencia de Izquierda Unida y la de Podemos pujaban por fotografiarse en la Plaza de Syntagma con Alexis Tsipras, proponiéndose para participar en el cambio de guardia ante la Tumba al Soldado Desconocido.

Y llegaron las Elecciones Generales, y hasta se repitieron. El cielo no se tomó por asalto, y tampoco el parlamento. Pero la movilización popular entró en serio reflujo. Sus cantos de sirena, reflejando la utopía reaccionaria de una imposible reforma democrática del sistema político burgués, actuaron como potente veneno que atenazó a las fuerzas sociales que venían luchando, llevándolas al dique seco del parlamentarismo y apuntalando, con ello, el poder de Estado, definido por Marx con una máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo.

Hoy, las clases dominantes duermen muy tranquilas. Como proclamó en los primeros compases de la crisis el tercer hombre más rico del mundo, Warren Buffett, “la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando”. Y las fuerzas de distracción de la clase obrera, quiéranlo o no, están contribuyendo decisivamente a esa victoria. Como recordaba el viejo Karl, al que desde nuestra revista damos los buenos días, Hegel señaló que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Eso sí, “una como tragedia y la otra como farsa”. Comparando lo que estamos viviendo con los tiempos de la Transición, no hay duda de cuál es el papel de estas fuerzas en el tablero político. 

Y, a pesar de todo, se ha roto el hielo…

Se debe recordar que todas las luchas históricas, bien sean políticas, ideológicas o filosóficas, no son más que una expresión de las luchas entre clases sociales. Pronto se cumplirá un siglo desde que aquel fantasma que recorrió Europa, se apareció de pronto en la Rusia de 1917. A la Gran Revolución Socialista de Octubre le debemos la mayor parte de los derechos con los que por ahora contamos y también los muchos que hemos perdido. Y, sobre todo, le debemos sus enseñanzas. 

Lenin fue capaz de analizar que el capitalismo se adentraba en una nueva fase, en una fase especialmente reaccionaria, a la que definió como su fase superior y última: el imperialismo. Los bolcheviques fueron capaces apreciar que se habían creado las condiciones para enterrar definitivamente la explotación de unos seres humanos por otros, dando comienzo a la verdadera historia de una humanidad emancipada. Habían roto el hielo, habían marcado el camino a seguir.

A pesar de cuantas observaciones críticas se puedan realizar, lo cierto es que la toma del poder por la clase obrera y las experiencias de construcción del socialismo en la Unión Soviética, no ha sido olvidada por los propietarios de todos los países que, como Warren Buffett, tienen muy claro lo que significa la lucha de clases, cuyo fin anunciaron por decreto ideológico a primeros de los años 90 del pasado siglo. 

El sistema político español se está recomponiendo, reorganizando. Y en esa reorganización, la nueva socialdemocracia es la cancerbera del flanco izquierdo del capitalismo. Pero en este país nuestro no sólo hay socialdemocracia. También hay comunistas. Y no es que queden comunistas, como si de piezas de un museo arqueológico se tratase, sino que desde que se inició la contrarrevolución, sorteando las piedras del Muro Antifascista de Berlín, muchos hijos e hijas de la sufrida y frustrada clase obrera de la Reconversión comprobamos que la lucha de clases seguía existiendo y que, por desgracia, la nuestra iba perdiendo. Poco quedaba de los tiempos heroicos, y casi nada de las organizaciones creadas por nuestra clase obrera en el fragor del combate, como mucho, algunas mutaciones. Pero, a pesar de todo, y de casi todos, nos formamos en marxismo-leninismo e impugnamos el decreto del fin de la historia y de la lucha de clases. 

Las experiencias adquiridas han sido valiosas. También el análisis de la reciente mutación del oportunismo en nueva socialdemocracia. En estos momentos en que todas las clases de la sociedad afilan sus armas políticas, ideológicas y organizativas, la clase obrera debe hacer lo propio. Y existen condiciones para ello, lo que hace falta es valentía para afrontar la tarea.

No se ha roto el hilo rojo que atraviesa la historia. Y nadie debe olvidar que aún no han sonado los últimos acordes.

© Bonjour Karl 2017