Una crítica al posmodernismo, nueva forma de revisionismo (I. Cosas básicas y líneas rojas)

El posmodernismo en general explicado con brevedad

En la historiografía burguesa del pensamiento, el posmodernismo sería una corriente ideológica surgida a principios de los 70, cuyo fundamento básico es pregonar la superación de la modernidad. 

Según el posmodernismo, la “modernidad” representaba fuertes aspiraciones de emancipación. Se había acabado con el oscurantismo feudal y se desarrollaban increíblemente las fuerzas productivas de la mano de una burguesía ascendente política y económicamente. 

Para el marxismo-leninismo, la corriente filosófica posmoderna, con su base filosófica relativista y anti-materialista, no es más que el reflejo del carácter reaccionario de la burguesía en el marco del agotamiento de las relaciones de producción capitalistas. El posmodernismo es el auto-renegar burgués de la historia de progreso y esperanzas que trajo la superación del feudalismo.

Decía Lyotard que: «El pensamiento y la acción de los siglos XIX y XX están dominados por la Idea de la emancipación de la humanidad. Esta Idea es elaborada a finales del siglo XVIII en la filosofía de las Luces y en la Revolución Francesa. El progreso de las ciencias, de las artes y de las libertades políticas liberará a toda la humanidad de la ignorancia, de la pobreza, de la incultura, del despotismo y no sólo producirá hombres felices sino que, en especial gracias a la Escuela, generará ciudadanos ilustrados, dueños de su propio destino».1

El pensamiento posmoderno concibe la modernidad como un engaño, un ensueño ideológico/falso y, por tanto, niega la emancipación social. Esta modernidad, que falseaba la realidad, fue promovida por una pérfida “clase política”2 a la que hoy se tiene que desplazar por un tenaz, pragmático y razonable cuerpo de profesionales e intelectuales.

«Estos ideales están en declinación en la opinión general de los países llamados desarrollados. La clase política continúa discurriendo de acuerdo con la retórica de la emancipación. Pero no consigue cicatrizar las heridas infringidas al ideal “moderno” durante casi dos siglos de historia».3 

Para el marxismo-leninismo, la corriente filosófica posmoderna, con su base filosófica relativista y anti-materialista, no es más que el reflejo del carácter reaccionario de la burguesía en el marco del agotamiento de las relaciones de producción capitalistas. El posmodernismo es el auto-renegar burgués de la historia de progreso y esperanzas que trajeron la superación del feudalismo.

Destacando la figura del técnico, el científico y el intelectual, el posmodernismo defiende la visión técnico-administrativa —esto es burocrática— en todos los campos: incluido la política. 

En general los posmodernos intentan arremeter contra las “visiones totalizadoras” del mundo, defienden una visión múltiple de la realidad compuesta de diferentes “singularidades”4 cada una con su propio “relato”5 igualmente válido. No existe la Verdad sino las verdades para cada uno y para cada cual. Un posmoderno puede zanjar una conversación con un “tu problema es que te piensas que tienes razón”. 

El posmodernismo sería la negación de la base emancipadora del conocimiento científico, así como su carácter objetivo. La ciencia pasaría a ser aquello que me permite tener un móvil de nueva generación o tener un nuevo medicamento que me ofrece un 3% de posibilidades de morir por leucemia un poquito más tarde respecto a si tomara un tratamiento peor. 

La pretensión del pensamiento posmoderno es realizar un llamamiento para que abramos nuestra mente y aceptemos que nadie lleva razón; que cada cual teja su “relato”, construyamos redes de comunicación, tolerancia y comprensión entre nosotros. 

Decía Antonio Negri que «las luchas que se libran en otras partes del mundo y hasta nuestras propias luchas parecen escritas en un incomprensible lenguaje extranjero. Este aspecto también requiere de una importante tarea política: construir un nuevo lenguaje común que facilite la comunicación, como lo hicieron los lenguajes del antiimperialismo y del internacionalismo proletario en el caso de las luchas libradas en épocas anteriores. Quizás ésta deba ser una comunicación de una índole nueva, que funcione, no sobre la base de las semejanzas, sino sobre la base de las diferencias: una comunicación de singularidades».6

Y es que en el marco de las luchas y las resistencias “anti-capitalistas” posmodernas, no podría ser de otro modo: hay un llamamiento a la renovación. ¿De qué modo? A día de hoy, la concepción burguesa clásica de “derecha” e “izquierda” se ha reconfigurado de la siguiente manera: 1) Derecha: lo conservador e intolerante 2) Izquierda: la tolerancia a lo alternativo, a lo diferente y la simpatía por las mini-causas. 

El posmodernismo nos dice que nos equivocamos al pensar que había Historia; nunca hubo Historia.

El posmodernismo, por ejemplo y sobretodo, arremete contra la concepción dialéctica de la realidad y por tanto contra el marxismo-leninismo. El marxismo-leninismo bebe de Hegel y por tanto se compone de una concepción del mundo en la que existe una “Historia” donde se suceden una serie de fenómenos fomentados por contradicciones y antagonismos, que se van resolviendo hasta llegar a un fin liberador y necesario, donde todo el camino cobra sentido. 

Para la posmodernidad, esto sería un “meta-relato”7 que oprimiría los relatos de las diferentes “singularidades”. En ese sentido, el posmodernismo no anuncia el “fin de la Historia”, como lo hizo Fukuyama —que, por otra parte, era un hegeliano de corte idealista que situaba ese final emancipador en el capitalismo actual. 

Michael Hardt y Antonio Negri. Foto vía Adbusters.

El posmodernismo nos dice que nos equivocamos al pensar que había Historia; nunca hubo Historia.

Con objetivo de clarificar estas nociones, extrapolémoslo a un ejemplo muy práctico y político: las luchas de resistencia de los pueblos del mundo. 

Un posmoderno diría que la lucha no estaría en la emancipación de tal o cual pueblo, sino en que a ese pueblo se le permita explicar su propio relato. Pensémoslo, no es extraño ver este tipo de posturas en las más variopintas asociaciones de solidaridad: con el pueblo saharaui, el pueblo kurdo o la República Popular Democrática de Corea. 

En relación, por ejemplo, a Cuba, esta concepción, de aceptarse, sería especialmente opuesta a los postulados más clásicos del movimiento comunista puesto que: 1) ya no se defenderá un país por los principios del internacionalismo proletario 2) ya no se situará la contradicción capital-trabajo 3) no se defenderá la superioridad del modo de producción socialista frente a aquellos países con relaciones de producción capitalistas. 

¡No! Se lucharía para que se respete la independencia del país, se aprecien sus rarezas y singularidades, su derecho a construir y explicar su propio “relato”. 

Ya no deberíamos luchar por el progreso de la Humanidad, tan sólo nos queda que cada singularidad tenga garantizado y respetado su cuota de tolerancia, su espacio alternativo, su micro-mundo. 

Posmodernismo: ¿reforma o revolución?

Todas las concepciones del mundo tienen su sello de clase y ésta, ya a primeras, puede sonar mucho a reformismo. Recordemos que el viejo revisionismo de Bernstein tenía como supuesto la intención de resolver de una manera cuantitativa y gradual la contradicción capital-trabajo sin necesidad alguna de revolución y sin importar hacia donde nos dirigíamos. Lo importante era moverse, el fin no era nada.

Bajo la lógica posmoderna, se defiende una visión absolutamente reformista de la política. Por un lado, se destacaría la visión técnico-administrativa de ésta por encima de la visión ideologizada —ciega, encorsetadora, intolerante, ineficiente y falsa— y, por otro, se centraría el compromiso con las mini-causas, alejadas de la contradicción entre capital-trabajo: la lucha por la protección de un valle de secuoyas, de una especie animal en peligro de extinción, por los cultivos ecológicos o biológicos, la integración productiva y social de las personas con disminuciones físicas o psíquicas, la lucha de los inmigrantes, del lumpen-proletariado, la lucha por la liberación animal, el veganismo, contra la experimentación animal, una rampa en el ambulatorio, la legalización de tal o cual droga, el software libre, el libre y gratuito intercambio de archivos, el reconocimiento de una forma de apetito sexual minoritaria… 

Los partidos, entre “cansinos reproches”, intentan hacer campaña como quién ofrece una cartera de servicios, algunos validan su candidatura sacando curriculum vitae como quién va a buscar trabajo.

Para la política posmoderna, no hay peor cuadro que esos bolcheviques que en el Octubre del 1917 tomaron el poder sin tener idea alguna de cómo utilizar los resortes del gobierno:

«Riazánov, subiendo por la escalera, decía con cómico horror que él, Comisario de Comercio e Industria, no comprendía ni jota de los asuntos comerciales. Arriba, en un rincón del comedor, estaba sentado un hombre con gorro de piel. Portaba el mismo traje con que… —iba a decir con que se había acostado— pero indudablemente había pasado la noche en claro. Llevaba una barba de tres días. Escribía nerviosamente algo en un sobre sucio, reflexionando, mordisqueaba el lapicero. Era Menzhinski, Comisario de Finanzas; toda su preparación consistía en haber sido oficinista del Banco Francés…».8

¡Qué se vayan todos los políticos, también los bolcheviques, si no tienen ni idea de gestionar! ¡Queremos gestores eficientes! ¡Los intelectuales más preparados, los mejores! No es extraño escuchar hoy desde la “izquierda”, al criticar el “modelo liberal”, que se ha tenido una visión demasiado “ideológica” de la economía y por ello hay que retornar al keynesianismo. 

Los partidos, entre cansinos reproches, intentan hacer campaña como quién ofrece una cartera de servicios, algunos validan su candidatura sacando curriculum vitae como quién va a buscar trabajo. 

Parece, incluso, que toda la crisis capitalista se podría resolver poniendo un buen y honrado gestor. En la Unión Europea, ya se han hecho caer gobiernos “políticos” para sustituirlos por grises y eficientes gestores.

Aun así  lo más curioso es que los posmodernos, al menos aparentemente, tienen puntos de vista que hacen amago de superar tal visión reformista y tecnocrática. Los popes del posmodernismo —considerando éste de una manera amplia— tienen un discurso que no deja de tener un halo aparentemente pseudo-revolucionario: Vattimo, Derrida, Laclau, Deleuze, Žižek, Virno, Hardt o Negri; todos insinúan continuamente la superación del capitalismo como algo menos inexorable que deseable.

Pero ante de seguir, quizás cabría preguntarse, ¿qué tiene que ver esto con el día a día de la lucha de clases? Sin embargo, la llegada del 15M y la irrupción política de Podemos nos obliga a comprender y analizar una realidad cambiante que nos exhorta a ser transformada revolucionariamente.

En ese sentido, opinamos que para entender la naturaleza de las nuevas formas de oportunismo, la lectura crítica de la obra de Antonio Negri —y su colega Michael Hardt— puede darnos algunos parámetros y coordenadas de los nuevos pantanos. Pero también nos puede responder a las preguntas de cuál es la lógica interna del posmodernismo, hasta qué punto juega a favor de la burguesía o no. Incluso, nos responde si debemos incorporar algún elemento de tal lógica al corpus teórico del marxismo-leninismo. 

¿Por qué escogemos a Antonio Negri, máximo representante ideológico del movimiento autónomo italiano? No por la claridad de su prosa, por supuesto, sino por ser una figura bastante próxima al “movimiento comunista” —entendiendo movimiento comunista en su sentido quizás excesivamente poliédrico—. Antonio Negri es un renovador cuyos planteamientos encierran la esencia de los multidireccionales “movimientos sociales”, la defensa de los “sin banderas” y el laberinto posmoderno. 

Negri y Hardt dibujan en sus más importantes obras un cuadro general donde un Imperio parásito y opresor tiene por sujeto antagónico a una Multitud democrática y creadora. A medida que van dibujando tal cuadro, las claves de la propuesta política posmoderna se tornan más claras.

El valor de su obra, bajo cierto punto de vista, es que ha sido capaz de poner en un libro la base ideológica de los novísimos movimientos, elaborando una teoría coherente y armónica. Independientemente de si ha sido muy leído o no, las masas impregnadas con ciertas ideologías actúan con frecuencia en base a postulados de los cuales no siempre son plenamente conscientes, como decía Marx: «no saben, pero lo hacen».9

En la obra de Hardt y Negri, las páginas dedicadas a recabar el rico acerbo del marxismo-leninismo son escasas, con un contenido parcial y sumamente adulterado mientras que se dedican elogios y se asimilan los preceptos de los más variopintos ideólogos burgueses y pequeñoburgueses.

Los nuevos oportunismos engullen bulímicamente de tales teorías, hay un reflejo claro y tangible entre teoría y práctica que hemos de ser capaces de visualizar y valorar su importancia en el desarrollo de la lucha de clases. 

Empecemos a encarar la lucha ideológica de la única manera en la que es posible encararla, con la pregunta de: ¿qué propone Negri realmente al movimiento comunista? 

¿Tiene algo que aportar su propuesta? Pablo Iglesias ya lo tenía claro hace años. Refiriéndose a Negri se lamentó sobre la poca penetración ideológica en la propuesta autónomo-negrinista, quizás incluso se sintió validado para abanderarla: «La penetración de los teóricos italianos del postobrerismo entre los marxistas en España, a nuestro juicio, ha sido escasa. Salvo pequeños grupos de jóvenes investigadores, algunos colectivos militantes y algún que otro profesor universitario, pocos son los trabajos que se han adentrado en las cuestiones señaladas por estos autores. Solo la explosión de los movimientos globales y la potencia de su expresión italiana han despertado en la Academia y en sectores de la izquierda, el interés por estos estudios».10 

Una revisión integral de las tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo-leninismo

Lo primero que nos sorprende del pensamiento de estos autores es su intento de “actualización total” de la teoría revolucionaria. Tan loable intento de hacer una “puesta a punto” fue efusivamente aplaudido. A su libro Imperio, se lo llamó el “El manifiesto comunista del Siglo XXI”. 

Podría ser: el marxismo-leninismo es una ciencia viva, el cambio de ciertos de sus postulados no deben, en principio, tirar para atrás a un comunista.11 Ahora bien, si bien el marxismo-leninismo es una ciencia viva, debemos cuidarnos de no destruir sus pilares básicos, empaparlo de ideología burguesa. 

En ese sentido, ¿Negri y Hardt han sido capaces, estudiando los novísimos fenómenos contemporáneos, de reformular en su pleno la teoría de la revolución? ¡Para nada! 

En su obra, las páginas dedicadas a recabar el rico acerbo del marxismo-leninismo son escasas, con un contenido parcial y sumamente adulterado mientras que se dedican elogios y se asimilan los preceptos de los más variopintos ideólogos burgueses y pequeñoburgueses.

Uno por uno, Negri y Hardt revientan todos los pilares fundamentales de la teoría armónica de la ciencia del proletariado, de una manera furibunda que no se veía desde el padre del revisionismo: Eduard Bernstein. ¡Y anunciado a bombo y platillo! Michael Hardt en una entrevista de 2001 dijo que: «En nuestros días (…) las orientaciones han cambiado y el pensamiento revolucionario es orientado por la filosofía francesa, la ciencia económica norteamericana y la política italiana».12

Seguidamente lo veremos.

♦︎♦︎♦︎

[1]  Jean Francois Lyotard, La posmodernidad explicada los niños, Barcelona: Editorial Gedisa, 1987, p. 36.

[2] Concepto del intelectual Gaetano Mosca que, intentando refutar el concepto de clases marxista, acabo inspirando al fascismo italiano.

[3] Jean Francois Lyotard, La posmodernidad explicada los niños, p. 97.

[4] Concepto utilizado por los posmodernos en general para definir aquello diferente y único.

[5] El discurso de una singularidad, bajo la lógica del posmodernismo no hay un discurso más válido que otro.

[6] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Barcelona: Editorial Paidós, 2002, p.67.

[7] Término utilizado por Lyotard para referirse a los discursos legitimadores totalizadores en los que se explica los hechos científicos, históricos y sociales de una manera coherente y armónica pero “falsa” y opresiva para las singularidades.

[8] John Reed, Diez días que estremecieron el mundo, Madrid: Editorial Akal, 2007, p.141.

[9] C. Marx, El capital Libro I tomo I, Madrid: Editorial Akal, 2007, p. 105.

[10] Pablo Iglesias, Postoperaismo y fin de la teoria laboral del valor.

[11]  «El marxismo es la ciencia de las leyes del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad, la ciencia de la revolución de las masas oprimidas y explotadas, la ciencia de la victoria del socialismo en todos los países, la ciencia de la edificación de la sociedad comunista. El marxismo, como ciencia que es, no puede permanecer estancado: se desarrolla y se perfecciona. En su desarrollo, el marxismo no puede dejar de enriquecerse con nuevas experiencias, con nuevos conocimientos, y, por tanto, algunas de sus fórmulas y conclusiones tienen forzosamente que cambiar con el tiempo, tienen forzosamente que ser sustituidas por nuevas fórmulas y conclusiones, correspondientes a las nuevas tareas históricas. El marxismo no reconoce conclusiones y fórmulas inmutables, obligatorias para todas las épocas y períodos. El marxismo es enemigo de todo dogmatismo.» J. Stalin, El marxismo y los problemas de la lingüística, R.P.China: Ediciones en Lenguas Extranjeras Pekín, 1976, p. 51.

[12] Cita extraída del libro “Atilio A. Boron, Imperio e imperialismo: una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri, Buenos Aires: Editorial CLACSO, 2004, p. 133.

© Bonjour Karl 2017