De aquellos polvos… estas sentencias

¿Y qué esperaban?

Las redes sociales, muchas veces convertidas en el sumidero por el cual buena parte del común de los mortales canalizamos nuestras frustraciones o nuestra ira (no falta quien se pasa de listo, o de tonto, se le van los dedos, y termina poniendo su propia cabeza a merced del tribunal burgués de turno), vuelven a echar humo.

Esta vez se debe a la sentencia del llamado caso Nóos (o de una parte del mismo, o de la parte de la subparte, o la que sea), que deja de patitas en la calle (en libertad, me refiero) a la hermana del actual monarca y, a pesar de dicha sentencia, también a su esposo, aunque “en diferido” y gradualmente, porque resulta demasiado obsceno hacerlo todo a la vez.

Reitero mi pregunta: ¿y qué esperabais algunos y algunas, mequetrefes? ¿Acaso no os debierais saber ya de memoria la fábula del escorpión y la rana que, evidentemente, nunca alcanzarán la orilla opuesta del río?

¿Qué se espera de un ladrón? Pues que robe ¿Qué se espera de un acosador? Pues que acose ¿Qué se espera de un tribunal burgués, en un Estado burgués, y que tiene que juzgar sobre dos insignes miembros de la cúspide de la pirámide política de dicho Estado burgués? Es una pregunta retórica…

A estas alturas de la película, tras 39 años y pico de Constitución y ya cerca de 10 de crisis capitalista, ¿hay quien tiene tamañas anteojeras que es incapaz de ver que la actual Carta Magna no es otra cosa que una Ley de Punto Final por las que se imponen dos verdades esenciales, a desarrollar a posteriori con el correspondiente entramado legal? Monarquía como forma de Estado, y capitalismo como régimen económico. Fin.

Y lo demás, ya sean contrarreformas laborales, o sometimiento de buen grado a las paulatinas vueltas de garrote de la Unión Europea, o impunidad patronal tanto para el robo legal (extracción de plusvalía) como para el, de palabra, ilegal, pues resultan consecuencias lógicas, es decir, el mobiliario y la decoración correspondiente para con el estilo arquitectónico de la fachada estatal.

Llegados a este punto, y como consecuencia directa de dicha sentencia (o de episodios  como el del anterior monarca fotografiado cazando elefantes en África), hay quien, en un arranque de dignidad, afirma sus convicciones republicanas, en un supino ejercicio revolucionario (piensa él, piensa ella). Ridículo. Es como “hacerse” ateo con Wojtyla o con Ratzinger, pero rebelarse nuevamente como un tragahostias de campeonato porque ahora en la vaticana Plaza de San Pedro, según dicen, soplen vientos menos rancios. 

Estas posiciones románticas (idealistas y reaccionarias, en definitiva)  están huérfanas de un mínimo análisis riguroso de la realidad, y permiten que se eleve a los supremos altares políticos y se revindique, en consecuencia, la “República”, así a secas (da igual si es la de Platón, la de Weimar, o la Centroafricana) o, como mucho, la española de 1931-1939 (aquí, por supuesto, sin distinción alguna de los períodos republicano-socialista, del radical-cedista, del Frente Popular….). 

Esta muestra más de analfabetismo político generalizado (la buena noticia es que no es de nacimiento, sino consecuencia tanto de décadas de renuncias ideológicas como del ejercicio más elemental de gimnasia revolucionaria) no sólo trae como consecuencia que hoy en España, a falta de un Rey, tengamos dos (recuerdo que Juan Carlos es Rey Emérito) a la vez que, seamos sinceros, una aplastante mayoría del pueblo español guía su accionar político, cuando lo tiene, no por sus intereses de clase (¡no me hable usted de clases, por Dios!), sino por los editoriales de El País, o por la enésima ocurrencia de Jordi Évole. Así están las cosas, y no verlas, para enfrentarlas, es tener puesto el reverso izquierdista de las mismas anteojeras que los cándidos republicanos.

Dicho esto, quien espere de mí un ejercicio correspondiente de petulancia y me lance a sentar cátedra con una tesis cerrada que responda a la eterna pregunta de ¿Qué hacer? (nunca suficientemente aplaudidos los maravillosos mamporros ideológicos de Lenin a su  diestra y siniestra oportunista), yerra. Pero sí que me animo a aprovechar el espacio que me dejan mis amigos de Bonjour Karl para despacharme a gusto con unas pinceladas en forma de reflexiones:

1º. Estoy muchísmo más que indignado porque, mientras mi patrón me sigue considerando como la fuente principal para la extracción y la acumulación de su riqueza, mis supuestos amigos sindicales y políticos nos consideran, a él y a mí, “personas ciudadanas” con los mismos intereses, problemas y dilemas existenciales. Absurdo e insultante.

2º. El discurso pacifista y “derechohumanista” me provoca náuseas. Ningún derecho humano para quien ha decidido levantar el dedo o apretar el botón en la tribuna burguesa y votar para que me tenga que jubilar más tarde, para que rebajen mi salario hasta límites que superan el nivel de susbistencia, para que me puedan echar del curro más fácil, rápido y barato. Mi problema, como sabe bien mi enemigo (Warren Buffett dixit), no es con la existencia de guerras, sino con perderlas.

3º. No hay espacio para la convivencia. No hay medias tintas, y no quiero que las haya. Me sobran reyes y consortes, duques y princesas, patrones y testaferros, juntaletras y tertulianos que rebuznan el mantra capitalista, jueces que con gusto aplican su ley, y fuerzas de seguridad que con más gusto aún se encargan de escarmentar a quienes la cuestionan… Todos deben tener la oportunidad de rechazar el papel que ocupan, hasta de negar su propia naturaleza, y pasarse con armas y bagajes a las filas de quienes hoy no somos nada pero queremos serlo todo. Pero, como en la película, sólo puede quedar uno: en este caso, una sola clase victoriosa, que construye sobre las cenizas de la derrotada.

En consecuencia, la sentencia del Caso Nóos me resulta ajustada a la lógica del actual orden de cosas, no me provoca mayor tensión que cualquier otro atropello que se comete a diario contra nuestra clase social, y me recuerda (y no sólo por lo etimológico) que el sistema cuenta con una tupida red de cloacas y desagües con los que canalizar su podredumbre. Me recuerda a Cosa Nostra.

© Bonjour Karl 2017