Crisis del capitalismo u ofensiva del capital

« —Esta inspección general la estoy haciendo por ti. Para que veas que el Poder debe ser agresivo y cruel. Para construirlo, es preciso un alma más inmoral que la propia inmoralidad.

  —¿Y para destruirlo Reverenda Madre?

  —El Poder no se destruye. Se sustituye. Pero siempre por sí mismo»

María República, Agustín Gómez Arcos

En agosto de 2007 estallaba una crisis financiera cuya causa se asociaba principalmente a productos bancarios hipotecarios, la crisis de las subprime en Estados Unidos o el estallido de la burbuja inmobiliaria en España eran el detonante de una crisis económica mundial, que se extendía rápidamente a todas las esferas de la economía.

La crisis estallaba y el capitalismo no podía disimular sus efectos, los desahucios se multiplicaban, la producción se reducía significativamente, el desempleo se incrementaba de un modo acelerado y por lo tanto la demanda solvente agudizaba aún más los problemas del sistema para desarrollar la fase de transformación de capital mercantil en capital monetario, impidiendo así la realización completa del ciclo del capital. 

Rápidamente la prensa, y por lo tanto el aparato de propaganda capitalista, puso el punto de mira en una deshonesta gestión de los altos directivos del sector financiero, cuya voracidad les llevó a crear auténticos esperpentos en forma de productos financieros, ejemplo de tal esperpento fueron las permutas de impago crediticio sobre los bonos hipotecarios. Había que poner nombres a los culpables y evitar cualquier tesis que estableciera la causa en la propia naturaleza del sistema económico capitalista.

Comenzó a desarrollarse entonces una conciencia social entorno a la responsabilidad de los bancos respecto a las consecuencias que la crisis económica estaba generando sobre los trabajadores. Pero el propio sistema realizó un viraje en su respuesta propagandística, situando en el punto de mira la corrupción política y la ineficiente gestión que los gobiernos realizan de los recursos públicos. Tras focalizar la causa en el sistema político y no en el económico, se abren paso las políticas públicas de contención del gasto y se intensifica la privatización de servicios públicos.

En este contexto, la respuesta de los trabajadores pierde intensidad en la lucha económica y se orienta hacia la lucha política con la aparición de nuevos movimientos y partidos que no cuestionan el capitalismo sino la gestión del mismo. El capitalismo gana así una vital batalla ideológica, la sociedad no cuestiona el sistema económico y la clase dominante que lo sustenta, sino el sistema político controlado desde el poder económico.

En el ámbito de los movimientos contra el capitalismo surgen distintas tesis respecto a la naturaleza de la crisis, tesis que obviamente condicionan las acciones a llevar a cabo en los distintos frentes de lucha.

Por una parte se establece la tesis de que el capitalismo está inmerso en una crisis estructural que afecta a las esferas política y económica. Bajo esta tesis se realiza el planteamiento de la necesidad de abordar una salida por la izquierda. Planteamiento que se sigue defendiendo una década después y que se sustentaría en el hecho de que las consecuencias de la crisis respecto a la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores siguen persistiendo.

Por mi parte, en este y sucesivos artículos, pretendo establecer la tesis de que el capitalismo ha sabido dar respuesta a la crisis económica iniciada en 2007 y que estamos ante unas nuevas condiciones de explotación adaptadas a la actual correlación de fuerzas entre la clase dominante y los trabajadores.

La adopción de una u otra tesis no es baladí, pues condiciona absolutamente la estrategia para afrontar la lucha contra el sistema capitalista, desde las alianzas hasta la batalla ideológica a emprender.

Los procesos de concentración de capital se han producido a una velocidad nunca vista hasta hoy. Los procesos de fusión y concentración bancaria son un hecho incontestable, al igual que lo son los procesos de concentración en el sector industrial, energético, comercial y de transporte. 

El desarrollo del capitalismo, según el pensamiento marxista-leninista, deriva en un proceso de acumulación y concentración de capital en el que una parte de la burguesía, la oligarquía financiera, controla la esfera económica a través de las cada vez mayores necesidades de financiación de los procesos productivos; así como la esfera política, cada vez menos autónoma y más condicionada por los intereses y mandatos de las grandes multinacionales. Para que este proceso de acumulación se pueda llevar a cabo, es necesario al mismo tiempo un empobrecimiento de los trabajadores derivado de las necesidades de incrementar la explotación para aumentar las tasas de ganancia y la masa de plusvalía. En paralelo, se produce una proletarización de una parte de la burguesía que se va viendo desposeída de un capital que pasa a manos de la oligarquía financiera.

Decir que el capitalismo está en una crisis estructural supone analizar si ese proceso de concentración de capital, necesario para la supervivencia del capitalismo, se ha paralizado o se hace inviable en la coyuntura actual. De manera cualitativa, al menos en este primer artículo, es evidente que, en la última década, los procesos de concentración de capital se han producido a una velocidad nunca vista hasta hoy. Los procesos de fusión y concentración bancaria son un hecho incontestable, al igual que lo son los procesos de concentración en el sector industrial, energético, comercial y de transporte. Podría decirse pues, que en el ámbito de la acumulación y concentración de capital el capitalismo goza de muy buena salud.

¿Puede decirse entonces que el capitalismo está bajo una crisis estructural o sistémica?

El poder de la oligarquía financiera tampoco se ha visto mermado en la última década, es más, su poder se ha incrementado significativamente. Los estados han privatizado empresas y servicios en beneficio de las grandes multinacionales, cuya propiedad recae en el conjunto de esta oligarquía. Los tratados comerciales internacionales que benefician objetivamente a esta oligarquía frente a trabajadores y una parte de la burguesía, están abriéndose paso por los distintos parlamentos, lo cual muestra su capacidad de ejercer el control sobre el poder político. El crecimiento en la represión que los estados ejercen contra quienes cuestionan el capitalismo, la pérdida de derechos civiles y laborales de los trabajadores, la impunidad con la que las grandes multinacionales sobornan y corrompen al poder político, las guerras por el control de los recursos naturales y sus canales de comercialización, el control sobre la información o el crecimiento del fascismo son sólo ejemplos de cómo el poder de la oligarquía financiera lejos de estar en retroceso está en clara ofensiva.

¿Puede decirse entonces que el capitalismo está bajo una crisis estructural o sistémica?

Es indudable que la crisis de 2007 supuso un varapalo a un modelo de acumulación donde la especulación suponía un importante catalizador. Era previsible que todo aquel capital que se había creado artificialmente a través de la especulación en bolsa y mercado de bonos debía volver a tener un reflejo sobre los bienes productivos y mercantiles realmente existentes. Pero al mismo tiempo, la crisis supuso importantes transferencias de valor desde las arcas públicas al capital privado. Las ayudas a sectores industriales y energéticos, la recapitalización bancaria o el propio pago de los intereses de la deuda pública que realizan los estados, con los impuestos de los trabajadores, a las empresas privadas, ha supuesto una extracción secundaria de plusvalía de dimensiones escalofriantes. Hablamos de billones de euros en Europa que han pasado de las manos de los trabajadores a las de la oligarquía financiera. Los Estados han cumplido el papel que se les asigna en las democracias burguesas y han incrementado significativamente la acumulación y concentración de capital.

En paralelo, las condiciones salariales y los derechos laborales de los trabajadores están en un claro retroceso, favoreciendo así a las grandes multinacionales que ven incrementar sus beneficios por el mecanismo de la plusvalía absoluta. Esta dinámica no sólo afecta a las condiciones económicas; las leyes y la inestabilidad laboral, unidas a la mayor represión por parte del Estado, disminuye la capacidad de lucha de los trabajadores contra el capitalismo. El miedo a la represión estatal y empresarial de cara a las huelgas o la menor sindicación de los trabajadores provocan un retroceso en la correlación de fuerzas entre clases en la lucha económica. No en vano, asistimos desde hace décadas al acoso y derribo de aquellos sectores con mayor capacidad de lucha: trabajadores de astilleros, mineros y ahora estibadores ven cómo la agresión propagandística e ideológica por parte del sistema se incrementa.

En definitiva, la temporalidad de los empleos, la eliminación de derechos laborales y sindicales, los bajos salarios o la extensión de jornadas laborales sin incremento salarial es una realidad que va en aumento y en este sentido afirmo que nos muestra inequívocamente que estamos asistiendo a la conformación de las nuevas condiciones de explotación de un capitalismo que no está en retroceso, sino que está en plena ofensiva.

Sobre la base del planteamiento realizado cabe hacerse dos preguntas:

¿Estamos realmente ante una crisis estructural del capitalismo?

¿Puede plantearse del mismo modo la lucha contra el capitalismo en un escenario de ofensiva del capital o en el escenario de retroceso del mismo?

Esta última pregunta es clave para afrontar la lucha por el socialismo en los próximos años.

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