Socialismo con características chinas

China es uno de los seis lugares donde nace la civilización humana. Hasta el siglo XIX, el país había sido de forma ininterrumpida la principal potencia asiática durante más de dos mil años. Su propio nombre en chino —Zhongguo— significa País del Centro.

Entre mediados del siglo XIX, con las Guerras del Opio, y 1949, año de la Revolución, el gigante asiático estuvo sometido a la intervención del imperialismo extranjero, que impuso tratados desiguales por los que China cedía concesiones territoriales y comerciales en las zonas costeras, las más pobladas del país.

En 1911, una revolución pone fin a la monarquía, pero es incapaz de modernizar y unificar el país. En 1927, comienza la primera de una serie de guerras civiles y, en 1931, Japón invade China. 

Este caos, que estaba llevando a China a la autodestrucción, solo termina el 1 de octubre de 1949. Mao Zedong, líder del Partido Comunista de China, proclama desde la Plaza de Tiananmen en Beijing que «el hombre enfermo de Asia se ha puesto de pie».

Y llegamos a 2017. China es el mayor país de Asia, la nación más poblada del planeta y la economía de mayor crecimiento acumulado desde 1980. Estas tres afirmaciones son de conocimiento público. Nadie escribiría un artículo para demostrar lo que una lectura rápida de estadísticas puede mostrar con facilidad. La clave no es si China crece o no, sino cómo lo hace y hacia dónde se dirige.

La China que nace en 1949 mantiene desde entonces una denominación oficial como República Popular. El partido dirigente utiliza la hoz y el martillo e incluye en sus documentos oficiales el compromiso de estar construyendo el socialismo.

Sin embargo, en esta serie de artículos no voy a centrarme en las apariencias. Siguiendo al propio Partido Comunista de China (PCCh), que repite que hay que buscar la verdad en los hechos, vamos a buscar los hechos, los documentos y las contradicciones.

Atendiendo a los documentos del PCCh, China construye el socialismo, tiene el marxismo como pensamiento, las empresas estatales juegan un papel importante en la economía y la clase obrera es la fuerza de vanguardia de la construcción de la sociedad. Al mismo tiempo, estos mismos documentos afirman que el mercado juega un rol decisivo, que el gobierno debe impulsar y no controlar la acción de las propiedades no estatales, animan la reforma y apertura del sistema político y económico del país e impulsan la compra de acciones de empresas estatales por parte del capital privado.

El 78% de los trabajadores chinos son asalariados de empresas privadas y a esto hay que añadir 44,36 millones de autónomos, así como el campesinado, que trabaja bajo régimen familiar.

¿Cómo entender un proyecto tan aparentemente contradictorio?

Voy a referirme a los datos, para tratar de aclarar el panorama, partiendo siempre de fuentes chinas. Empecemos por una afirmación que en el siguiente artículo matizaré, pero que a los lectores seguro que les facilitará la tarea: el socialismo son relaciones de producción en las que la clase obrera tiene el poder y, para ello, toma en sus manos los medios de producción. Socialismo, en este sentido, tiene como condición de necesidad el dominio de la propiedad estatal sobre la privada y la desaparición progresiva de todo medio de producción privado, incluyendo la pequeña propiedad.

Ésta es la situación en China: 

A estos datos se le podrían hacer varias objeciones, que trataré de responder.

En primer lugar, podría hablarse del tamaño de dichas empresas. En ese sentido, el número total de empresas en China tendría poca relevancia si en el caso de las empresas estatales hablamos de grandes conglomerados industriales, mientras que en el caso de las privadas nos referimos a pequeños negocios de servicios.

En cierta medida, los datos sí demuestran que el porcentaje de trabajadores en el sector estatal de la economía es muy superior al tamaño del mismo en el conjunto de empresas del país. En concreto, el 22% de la clase obrera china trabaja en el sector estatal. Sin embargo, esto no nos aleja de la idea de que las relaciones dominantes de producción son las capitalistas.

El 78% de los trabajadores chinos son asalariados de empresas privadas y a esto hay que añadir 44,36 millones de autónomos, así como el campesinado, que trabaja bajo régimen familiar.

Las empresas estatales tienen presencia, fundamentalmente, en la industria. Sin embargo, incluso en ésta, sólo el 30% de las plusvalías corresponden a empresas estatales. En China, el 80% de la recaudación de impuestos se hace desde empresas privadas.

Por otro lado, también podría objetarse que los datos no muestran una perspectiva amplia de tiempo. Es decir, como toda realidad, China no es una economía estática, sino sometida a un permanente cambio. En este sentido, sería posible que en China se estuviese dando un proceso lento por el cual las empresas estatales cada vez incorporan nuevos sectores de la economía y establecen un control cada vez mayor, encaminado hacia el socialismo.

El 75% de las innovaciones, el 65% de las patentes y el 80% de los nuevos productos proceden del capital privado.

Sin embargo, los datos desmienten esta utopía: solo entre 2007 y 2008, el número de empresas privadas creció desde 5.513.100 a 6.574.200, es decir, un crecimiento del 19,25%. En el caso de las empresas privadas extranjeras, entre 2007 y 2010, éstas crecieron desde 630.000 hasta 710.000, es decir, un 12,69%. El capital extranjero invertido en China en 2007 ascendía ya a 763.000 millones de dólares.

El 75% de las innovaciones, el 65% de las patentes y el 80% de los nuevos productos proceden del capital privado. Desde mediados de los años 90, el 70% de los nuevos trabajos en zonas urbanas dependen del capital privado.

En cuanto a las empresas estatales, la realidad es que éstas viven una continua reducción, mediante privatizaciones y transformación en empresas de capital mixto. De hecho, en 2007, bajo orientación de de la Comisión de Supervisión de los Activos de las Empresas Estatales, se aprobó la nueva Ley de Propiedad de la República Popular China, que cambia el concepto de Empresa Estatal (vinculada al anterior concepto de propiedad de todo el pueblo) por el de empresa en la que el Estado invierte. Me referiré en otro artículo a la gestión interna de las empresas estatales, pero conviene adelantar un elemento importante: salvo aquellas relacionadas con la seguridad estatal y ecológica, no tienen ningún tipo de dirección directa por parte del gobierno. De hecho, toman sus decisiones «autónomamente por las empresas, de acuerdo con la ley y los reglamentos, y el gobierno dejará de verificar y aprobarlos», según los propios documentos del Partido Comunista.

Al margen de la reducción de su papel, desde 1998 a 2007, el número de empresas estatales se ha reducido desde 238.152 a 115.087, es decir, una caída del 52%.

Por eso, lo que los datos indican es que la tendencia en China es al crecimiento del capital privado y a la reducción del estatal, en un marco en el cual este último es ya minoritario. Cada año, el sector no estatal de la economía crece un 20%.

¿Cómo se ha llegado a esta situación, en un país donde el Partido Comunista juega un rol dirigente y podría impulsar la socialización de los medios de producción?

En China, la Revolución fue llevada a cabo por un ejército de campesinos, en una sociedad donde sólo el 0,5% era proletariado industrial en 1949. El Primer Plan Quinquenal triplicó el número de obreros y cooperativizó el campo. El lento pero firme avance de industrialización y proletarización de la sociedad china debían ser dirigidos por el Partido Comunista, ante las amenazas de que la mayoría campesina y el débil desarrollo hiciesen perder el camino.

En 1956, el VIII Congreso del Partido Comunista de China se divide entre dos posiciones. Por un lado, el ala izquierdista proclama que lo esencial en la construcción del socialismo es la lucha de clases, para evitar la posibilidad del revisionismo moderno (el término se acuña después) y que se desvíe el curso de la Revolución. La derecha del Partido, encabezada por Deng Xiaoping, se alía con los sectores más avanzados, defendiendo los planes quinquenales, pero bajo la concepción de que lo principal es el desarrollo económico. El análisis que se hace es que China tiene un régimen político avanzado, pero unas fuerzas productivas muy retrasadas.

A pesar de que el Congreso aprueba esta última línea política, Mao impone desde la jefatura del Estado el “Gran Salto Adelante”, en línea con las tesis izquierdistas. Entre 1957 y 1976, China vivirá constantes vaivenes políticos y en los planes económicos. 

A pesar de que se logra un cierto desarrollo económico, más por la inercia del primer plan y del segundo —aprobado pero nunca aplicado como tal—, su eficacia es limitada: la población crece a un ritmo mayor que la riqueza, las relaciones comunales en el campo sitúan la producción agrícola a un nivel apenas por encima del de subsistencia y los niveles de acumulación (inversión) interna superan el 35% e incluso el 40% durante algunos años, impidiendo que la producción se transforme en mayores niveles de consumo.

La purga sucesiva de cuadros leninistas abre las puertas a que la derecha se haga con el poder en 1978. El propio Deng Xiaoping se hace con el control del Partido Comunista y recupera la consigna de priorizar el desarrollo económico, para poner las fuerzas productivas al nivel de las relaciones de producción. Sin embargo, ya no hay una fuerza en el poder que enmarque este desarrollo dentro de las relaciones de producción avanzadas. Dicho de otra forma, ahora las «cuatro modernizaciones» se harán debilitando el socialismo y no fortaleciéndolo.

Se abolen las comunas en el campo, pero no se sustituyen por cooperativas y granjas estatales, sino por un sistema de responsabilidad familiar, que en la práctica pone el campo en manos privadas.

Se permite la propiedad privada de empresas y la inversión del capital extranjero, en lo que se conoce en China como «reforma y apertura».

La aplicación concreta del socialismo en un país no puede contradecir sus principios universales, en este caso, unas relaciones de producción donde predomina el capital privado y en las que la tendencia es a un mayor desarrollo del mismo.

Inicialmente, todo ello se explica enfatizando la situación de subdesarrollo de China y abriendo un periodo conocido como “primera fase” del socialismo, que Deng Xiaoping afirmó que duraría 100 años (es decir, hasta 2078). Actualmente, los documentos del Partido Comunista de China dicen que «la reforma y apertura no tienen nunca fin» y que «no cesarán, no pararán, no retrocederán ni tendrán salida; la reforma y apertura sólo cuentan con tiempo presente y no tienen pretérito perfecto». Se añade también que «la dirección central considera que ya han madurado las condiciones que permiten una nueva exposición teórica y debe cambiar el “papel de carácter básico” del mercado en la distribución de recursos por “el papel decisivo”».

La exposición teórica que se hace insiste en señalar que la realidad actual no es un retroceso temporal, ni siquiera de 100 años. Se afirma que el socialismo chino es y será de mercado y no volverá al viejo sistema de la planificación rígida (sic). La empresa privada, las relaciones de mercado y el capital extranjero han llegado para quedarse y, sobre todo, son la vía de construcción del socialismo en China.

A esto, en China, lo denominan «socialismo con características chinas». Curiosamente, el sustantivo es en esta frase el elemento menos relevante.

De forma necesaria, el socialismo ha dado respuestas concretas distintas a los problemas de cada país. Es inevitable que haya diferencias en la construcción del socialismo entre distintos países. A pesar de ello, las diferencias nunca son de principio. La aplicación concreta del socialismo en un país no puede contradecir sus principios universales, en este caso, unas relaciones de producción donde predomina el capital privado y en las que la tendencia es a un mayor desarrollo del mismo.

Hay quien intenta justificar esta realidad enmascarando los datos y haciendo comparaciones con el proceso de la Nueva Política Económica (NEP) en la Unión Soviética. Trataré ese aspecto en la siguiente entrega de este trabajo.

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