Una crítica al posmodernismo, nueva forma de revisionismo (IV. Imperio, disciplina y poder)

Para el marxismo-leninismo, el proletariado es vampirizado por el Capital. Esto es la base de su condena y liberación. El teatro de operaciones del combate es la producción, en el corazón mismo del sistema, con los actores que hacen posible su continuación o superación. La teoría de la plusvalía es el mapa para comprender tanto el porqué el capitalista necesita a su sepulturero como el porqué el sepulturero no necesita al capitalista. 

Presentándose como legatarios de Marx, Negri y Hardt realizan una revisión teórica total. Así se asienta el marco teórico para una práctica —donde el “sujeto histórico” pasa a ser cualquiera— basada en la evasión de lo “normal”, en devenir una “singularidad” —el obeso mórbido, el geek, el politoxicómano, el outsider marginal…—, en refugiarse en una suerte de sub- y micro- mundo alternativo. La legitimización de tal acto de evasión se fundamenta en el posmoderno “relato” relativista y subjetivo. Todo viene sustentado, finalmente, para ensalzar al intelectual y sus características: individualismo y concepción corporativista.

Sigamos con algunas consecuencias políticas de las premisas expuestas anteriormente.

La cuestión del Imperio 

Negri había sido bastante respetado por amplios sectores de la izquierda heterodoxa, a la par ciertos fueros le dio la injusta persecución política que sufrió bajo la acusación de haber planificado el secuestro de Aldo Moro. Sin embargo, su obra Imperio provocó, incluso en los ambientes heterodoxos, algún sarpullidito.

Desde el marxismo-leninismo, la novísima propuesta de Negri, de ser cierta, vendría dada porque las dinámicas de centralización y concentración de Capital han llegado a un punto de desarrollo tal donde ya no cabe hablar más de imperialismo. Éste sería superado por una suerte de etapa superior, un super-imperialismo: el Imperio, el monopolio único. Este Imperio tendría como características principales la suspensión del tiempo, el fin de las guerras imperialistas y la paz [1].

Según Lenin, el propio proceso de concentración y centralización del Capital conducía a la creación de monopolios que, por la propia necesidad del Capital de circular incesantemente, acababan por asaltar países menos desarrollados para expoliarlos. Estos polos imperialistas desde donde se exportaba Capital, para importar suculentas plusvalías, se repartían el mundo de manera rapiñera. Sus intereses contrapuestos, al disputarse zonas, tenderían a la confrontación violenta, a la guerra. 

¿Si la lógica de la concentración y centralización de Capital crea los monopolios, no cabría dar la razón a Negri a un siglo vista de la redacción del libro de Lenin Imperialismo, fase superior del capitalismo?

No nos detendremos mucho aquí, al haber sido un tema ampliamente tratado por otros autores. Además, un rápido y superficial análisis internacional demuestra cómo el mundo es, a día de hoy, un polvorín a punto de estallar por los diferentes polos imperialistas que, pese a interdependientes, tienen intereses contrapuestos.

Recordaremos como el concepto del ultra- o super- imperialismo es el mismo que el de Kautsky, al que Lenin tachó de oportunista. Este último dijo:

«¿Se puede, sin embargo, negar que una nueva faz del capitalismo después del imperialismo, a saber, una fase de superimperialismo, sea en abstracto concebible? No. Teóricamente puede imaginarse una faz semejante. Pero quien se atuviera en la práctica a tal concepción sería un oportunista que pretende ignorar los más graves problemas de la actualidad para soñar con problemas menos graves que se plantearían en el porvenir. En teoría, ello significa que en lugar de apoyarse en la evolución, tal como se presenta actualmente, se separa deliberadamente de ella para soñar. Está fuera de duda que la evolución tiende a la creación de un trust único, mundial, comprendiendo a todas las industrias y a todos los Estados, sin excepción. Pero la evolución se cumple en circunstancias tales, a un ritmo tal y a través de tales antagonismos, conflictos y trastornos – no solamente económicos, sino políticos, nacionales, etc.- que antes de llegar a la creación de un trust único mundial, antes de la fusión “superimperialista” universal de los capitales, el imperialismo deberá fatalmente quebrantarse y el capitalismo se transformará en su contrario».[2] 

Aun así, Negri no analiza la conformación del monopolio bajo el marixsmo-leninismo, una vez más, utiliza parámetros idealistas. Negri describe al capitalismo actual como una red de dominio y explotación multifocal, vaporosa, difusa, que no está en ningún sitio y a la vez está en todos lados, que no tiene conflicto interno aparente y que, por lo tanto, parece del todo indestructible e insuperable históricamente. 

N&H dicen que «para poder adquirir significación, toda lucha debe golpear en el corazón del imperio, en su fortaleza» [3], sorprendente afirmación cuando describe este tal Imperio como un aparato descentralizado y desterritorializador de dominio, un “no-lugar”.

Negri propone que una organización lo más laxa posible, que ya difícilmente puede resolver un conflicto en un centro de trabajo concreto, ataque al unísono al monstruoso sistema mundial de dominación nebulosa que él dibuja.

Las crípticas teorías de Negri de un Imperio, órgano de poder y represión de espuma y humo, fragmentado y múltiple, sin contradicción alguna, no-histórico, que está en todos y en ningún lado, nos recuerda mucho al sujeto de niebla y humo que llama Multitud ya que reproduce una a una sus mismas características. El propio Michael Hardt llegó a decir en una entrevista en 2002 que «en nuestro libro el concepto de Multitud funciona más como un concepto poético que táctico» [4]. A nosotros no nos caben demasiadas dudas de que el concepto de Imperio también tiene más de poético que de real. 

Asamblea del Movimiento 15M. Un “aplauso silencioso”.

Sin embargo, la propuesta negrinista, pese ambigua, no ha dejado de incitar los más amplios debates. El propio Pablo Iglesias interpreta en un sentido ortodoxamente negrinista que las luchas deben superar su componente nacional para evolucionar, hacia una concepción cosmopolita muy acorde con el neo-trotskismo. Poniendo la lupa en todo el movimiento anti-globalización que giraba en torno al EZLN, nos marca que:

«el conjunto de colectivos que dieron origen al movimiento global comenzó a coordinarse en las redes de solidaridad con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional de México (EZLN) a partir de 1996, dando origen al grupo Acción Global de los Pueblos (AGP) en 1998, que llevó a cabo el llamamiento a la acción global para responder a las reuniones de la OMC en Seattle y del BM y el FMI en Praga. Entre aquellos colectivos radicales, estaban los que asumirán después la desobediencia como practica y discurso» [5].

Toda la tesis doctoral de Pablo Iglesias se basa en que tales movimientos marcan el camino a seguir: una lucha que se torne mundial, superando los marcos Estado-nación. En ese sentido neo-trotskista se entiende la afirmación que una revolución en un solo país es imposible o que, en su momento álgido, el 15M podría convocar una Huelga Mundial que finalmente no siguió ni el tato.

Bajo pabellón ajeno

Las teorizaciones posmodernas, en general, y la teorización de Negri, en particular, parecen no sólo pseudo-reciclar la teoría del ultra-imperialismo, sino además repetir la práctica política que se desprende de ésta. 

Bajo las viejas fórmulas, a principios del siglo XX, diferentes secciones de la II Internacional apoyaron a sus respectivas burguesías en la Primera Guerra Mundial, haciendo los coros a la carnicería orquestada por los imperios.

Ahora, los multipolaristas [6] dan carta blanca a ciertas burguesías bajo una retórica anti-EEUU: se debe llegar a un equilibrio entre potencias capitalistas y se debe fortalecer al capitalismo propio o denunciar las bombas lanzadas por uno de los bandos y aplaudir las lanzadas por el otro.

La base de esta teorización, la sustentación del concepto del ultra-imperialismo y sus nuevas formas —ya sean con el constructo “Imperio” o la contemporánea teorización de la multipolaridad—  vienen a refrendar la misma política: que el movimiento obrero apoye a una burguesía, caracterizada como nacional y patriótica. 

Negri apoyó públicamente el Sí a la Constitución Europea arguyendo lo siguiente en una entrevista en el 2005: «Porque la constitución es un medio para luchar contra el Imperio, la nueva sociedad capitalista mundializada. Europa puede ser un parapeto frente al pensamiento único del unilateralismo económico, que es capitalita, conservador y reaccionario» [7]. 

También dijo: «Adoptar la Constitución (…) encontrar el nivel de potencia continental imprescindible para oponerse al proceso de guerra deseado por el imperio americano. (…) Europa debe hoy, para construirse, pagarle el precio al liberalismo. (…) El proletariado tiene interés en aliarse a capitalistas locales para oponerse al capitalismo global» [8].

La misma lógica de la guerra entre pueblos promovida por el Capital, del apoyo del fortalecimiento de “su” polo imperialista, del corporativismo de la aristocracia obrera con la burguesía para vender al resto de sus compañeros de clase, del chovinismo… alimentan la posición “revolucionaria” posmoderna. 

Pablo Iglesias reafirmó los preceptos teóricos fundamentales de Negri hasta llegar a justipreciar positivamente sus posturas —ya criticadas por Lenin en La consigna de los Estados Unidos de Europa— en lo que respecta a la UE:

«…solo una república federativa europea puede dar la paz al mundo entero…pero sin la intervención de las masas europeas estos objetivos no pueden alcanzarse… Con la reflexión de León Trotski al inicio de este epígrafe pretendemos hacer notar que, aunque en el breve siglo XX, abierto con la Revolución rusa y cerrado con la caída del muro de Berlín, se establecieron unas reglas de la política mundial que definieron la praxis de los movimientos sociales antisistémicos en el marco de los Estados nacionales, esa no era la voluntad de los revolucionarios. Por el contrario, los bolcheviques o al menos sus dirigentes más brillantes pretendían transformar el mundo en una dirección que hubiera puesto fin a la política de los Estados. (…) Quizá la lucidez de Antonio Negri quien, contra toda la izquierda europea, defendió el “sí” al tratado constitucional, fuera señalar el escenario europeo como clave para la acción política transformadora, ante la miopía generalizada de buena parte de la intelectualidad progresista europea que sigue pensando en clave nacional» [9].

“El Estado ha sido vencido y las multinacionales dominan el mundo”

N&H dicen: «Hoy ha madurado plenamente una tercera fase de esta relación, en la cual las grandes compañías trasnacionales han superado efectivamente la jurisdicción y la autoridad de los Estados-nación. Parecería pues que esta dialéctica que ha durado siglos llega a su fin: ¡el Estado ha sido derrotado y las grandes empresas hoy gobiernan la Tierra!» [10].

Para Negri, los Estados-nación han perdido el peso que tenían, el llamado Imperio en red, multifocal y etéreo ha superado los márgenes de la acción del Estado. Ahora las corporaciones gobiernan y el Estado se haya impotente y, de la supuesta pérdida de acción de los Estados, se deduce es una pérdida de soberanía popular.

De la anterior cita se pueden extraer diversas reflexiones:

1) La falsedad de la propia tesis del fin de la acción de los Estados ya que incluso las empresas más internacionalizadas siguen necesitando el Estado, su alcance quizás hoy en día sea global pero la propiedad tiene una base nacional, necesitan un marco legal para proteger su propiedad, una máquina sustentado en la violencia para reprimir y perpetuar las relaciones de producción capitalistas… por no hablar que los Estados siguen promoviendo también la existencia y el uso de recursos militares. Las empresas se afincan en países concretos, incluso las multinacionales, éstas necesitan el Estado para garantizar sus intereses de clase, necesitan la cohesión del Estado-nación cuya base material es el mercado interior para la distribución y consumo de las mercancías.

El Estado es la estructura necesaria para que la sociedad no estalle en pedazos una vez ésta tiene en su seno un antagonismo irreconciliable. Es una estructura fundamentada en la violencia para generar paz, para aplacar las contradicciones. Y por eso mismo, en el caso del capitalismo, es el resorte básico para que la contradicción Capital-trabajo no se resuelva y se perpetúe la dominación de clase [11]. El Estado siempre es un Estado de clase, la estructura de la violencia organizada para el ejercicio de la dictadura de una clase sobre otra clase [12]. 

El Estado “democrático” no ha sido vencido-superado por las corporaciones multinacionales modernas, el Estado capitalista es una herramienta de la burguesía para perpetuar su dominio de clase.

2) En toda la teorización de Negri nunca se define el Estado como una máquina fundamentada en la violencia, con carácter de clase. Para Negri, el Estado parece tener un papel de árbitro moderador en un partido donde uno de los equipos ha encontrado la manera de hacer trampa. 

Sin embargo, el Estado jamás puede ser la democracia en abstracto. Sólo hay democracia para la clase que sustenta el poder y hay dictadura para todas las clases antagónicas a ésta. 

El único elemento que Negri recoge del marxismo-leninismo es la concepción por la cual el Estado tiene un carácter moderador entre los propios capitalistas, entre las contradicciones internas típicas de la clase burguesa, esto es su competencia. Para el marxismo-leninismo, el Estado defiende los intereses de la clase burguesa en su conjunto, sin embargo Negri acaba obviando la sustentación en la violencia de éste sobre las clases oprimidas. 

En toda la obra de Negri se deslinda la concepción de que concibe el carácter más o menos democrático de un Estado u órgano de poder político en función de su nivel de su representación formal. Negri no entiende el Estado como la herramienta fundamental para el ejercicio de la dictadura de una clase sobre la otra, como no puede entender por tanto el papel histórico de la dictadura del proletariado estructurada en su órgano de coerción propio contra las clases burguesas: el Estado Obrero. 

Pongamos el caso de que el índice de representatividad formal de un Estado Obrero fuera menor al de un Estado Burgués. Un ejemplo claro sería que en un Estado Burgués hay muchísimos Partidos partidarios del capitalismo para votar y en el Estado Proletario tan sólo habría uno. Otro ejemplo sería que hay un ratio más positivo de representantes por cada ciudadano en un país capitalista que en un país socialista. 

Siguiendo la lógica liberal, Negri no tendría (y no tiene) ningún pudor en catalogar el Estado burgués como más democrático lo mismo hicieron Bernstein, Kautsky, Carrillo o Berlinguer.

La cuestión de la Disciplina

Sin embargo la postura tiene puntos novedosos, no puede presentarse bajo los ropajes clásicos, aquí Negri recurre en los burdos parámetros de la filosofía posmoderna. 

La concepción de la represión de Negri es la concepción de la represión posmoderna del francés Foucault que no es otra que la represión se dibuja como un elemento nebuloso, fragmentado y en lo “pequeño” [13]. 

Nos explicaremos. Ya hemos visto la obsesión del posmodernismo por la fragmentación, no sería menos si tal teoría no abordara la fragmentación del poder y la represión. En ese sentido, la represión ya no estaría en manos de un órgano de poder ultra-centralizado, ultra-organizado. Estaría en la “pequeña cosa”: en la cola de espera de las visitas al médico, en los atascos de coches cuando vamos a trabajo, en los exámenes a final de curso, en las marchas militares, en los piropos micro-machistas, en las malas miradas, en la disciplina de la fábrica, los horarios de los autobuses, en la moda, en los cánones de belleza, en las tallas de ropa, en lo que se considera “normal”.

Éste sitúa que la dominación del individuo, el cuerpo productivo, es gracias a una “disciplina” que imprime el sistema pero, según Foucault, esta «“disciplina” no puede identificarse ni con una institución ni con un aparato» [14]. 

Sólo bajo la lógica posmoderna de la “microfísica del Poder”, se entienden ciertas posturas oportunistas. Al sistema le sobra y le basta con esa nebulosa y alienante micro-física del poder sin una estructura de coerción física, material y concreta, esa es la base de la dominación para los posmodernos que tan bien casa con la “subsunción”. Y cada uno tendría una descentralizada y personalizada represión individual fundamentada en miles de capilares de “micro-poder”.

Bajo esta lógica, es muy fácil comprender la aversión a las organizaciones clásicas del movimiento obrero o al Partido de nuevo tipo regido bajo el centralismo-democrático. No sólo serían positivas, sino que formarían parte del nebuloso enemigo.

E.P. Thompson.

En ese sentido, recordemos lo dicho por Thompson, uno de los más grandes difusores de la concepción de clase posmoderna. Éste dice: la clase no vendría definida por su situación material objetiva y el lugar que ocupa en las relaciones de producción sino en base a su actuación, subjetividad y lucha. El corolario de Thompson sería pues:

«Hoy en día, existe la tentación, siempre presente, de suponer que la clase es una cosa (…) Se supone que «ella», la clase obrera, tiene una existencia real, que se puede definir de una forma casi matemática: tantos hombres que se encuentran en una determinada relación con los medios de producción. Una vez asumido esto, es posible deducir qué conciencia de clase debería tener «ella» —pero raras veces tiene—, si fuese debidamente consciente de su propia posición y de sus intereses reales. Hay una superestructura cultural, a través de la cual este reconocimiento empieza a evolucionar de maneras ineficaces. Estos «atrasos» culturales y estas distorsiones son un fastidio, de modo que es fácil pasar desde ésta a alguna teoría de la sustitución: el partido, la secta o el teórico que desvela la conciencia de clase, no tal y como es, sino como debería ser» [15].

En el mismo sentido, Negri defendería la libre creatividad de su sujeto de cambio:

«El proletariado verdaderamente inventa las formas sociales y productivas que el capital estará obligado a adoptar en el futuro. (…) En contra de la idea comúnmente difundida según la cual el proletariado de los Estados Unidos es débil a causa de la baja representación partidaria y sindical que hay en ese país en comparación con loa que existe en Europa y en otras partes, tal vez deberíamos considerarlo fuerte por esa misma razón. El poder de la clase obrera no está en las instituciones representativas, sino en el antagonismo y la autonomía de los trabajadores mismos. (…) Además, la creatividad y el carácter conflictivo del proletariado también estuvieron presentes, y quizás esto sea aún más importante, en las poblaciones de trabajadores que no pertenecían a las fábricas. Incluso (especialmente) en aquellos que rechazaron activamente el trabajo y plantearon serias amenazas y alternativas creativas» [16].

También así se puede comprender la postura del vocero del movimiento autónomo irlandés John Holloway y su defensa de una revolución sin la toma revolucionaria del Poder. 

Contrario a los términos del marxismo-leninismo, ya no cabría construir un poder obrero estructurado, organizado y centralizado para la toma del poder contra una estructura de represión también centralizada y organizada.

La posición política sería la siguiente: el rechazo diario al capitalismo, al “régimen disciplinario”, o a la “sociedad de control” que está en la pequeña cosa. Cabría tejer tan sólo un “contra-poder” —o “anti-poder”— basado en lo alternativo y la “forma organizativa” más difusa posible donde cada uno tenga su alternativo “relato” y su personalizada lucha. 

Contra la subsunción del Capital de “subordinar cada aspecto de la vida con creciente intensidad” [17] tenemos que empezar por rechazar esa normalización, “gritar”. “El grito, el NO, el rechazo que es parte integral del vivir en una sociedad capitalista: ésta es la fuente del movimiento revolucionario” [18]. Todo muy indignado. 

Las formas de lucha, al igual que opina Negri, tienen que ser siempre nuevas, libres y creativas ya que el Capital de la subsunción nebulosa representa siempre la encarcelación del individuo. Las luchas ante todo deben ser una huída del capitalismo para vivir de forma “diferente”.

Por ejemplo, en una Huelga estudiantil, no sólo cerrar la institución en forma de protesta sino que ponerse a estudiar como nunca o dar clases con fórmulas pedagógicas alternativas [19]. En una okupa donde uno trabaja, se relaciona o se alimenta de forma diferente. 

O, si me apuras, en un pseudo-Partido Comunista marginal, que sólo se dedique a reproducir ranciamente el folklore soviético, como forma de aislamiento de la realidad más que de confrontación a ésta. Y por supuesto sazonando, eclécticamente, su corpus ideológico con toda suerte de teorías de moda como quien ensambla módulos a la vieja MIR. 

Como todo en la vida, el eclecticismo, el mix de cosas que no casan, es una muestra de pusilanimidad y carencia de principios.

Sin embargo, más allá de insinuaciones poéticas, el método adecuado para lograr con garantía de victoria una lucha contra un poder que no está en ningún lado concreto tampoco aquí aparece. A la práctica, es fácil imaginar cómo el sistema capitalista sale legitimado con la coexistencia pacífica junto a tal suerte de micro-mundos alternativos.

Lo fundamental del cuadro, el nudo gordiano para el posmoderno es ese enemigo etéreo que para unos es la normatividad hetero-patriarcal, el Imperio, la subsunción, la “disciplina” o cualquier otra denominación. 

Todas estas obsesiones evidencian el carácter anti-proletario del vocero posmoderno. Bajo tal peculiar nudo gordiano se haya el clásico desprecio pequeñoburgués por una disciplina fabril que se traslada al conjunto social. La propia aversión que siente Foucault y sus seguidores posmodernos por la disciplina se trasladará consecuentemente a la aversión que sienten hacia la clase obrera y sus características, hacia la organización de nuevo tipo leninista, a las banderas partidistas o al proyecto comunista en general.

El odio a la disciplina es el rasgo supremo de la indolencia individualista, pequeñoburguesa e intelectual. La pequeña burguesía está obsesionada con sus parámetros idealistas de libertad, con su ensoñación por no tener límites para hacer lo que les dé la gana. Tal obsesión de Foucault y de Negri por la “sociedad disciplinaria” desvela los parámetros idealistas y pequeñoburgueses que constituyen su teoría. Decía Lenin que:

«Precisamente la fábrica, que a algunos les parece sólo un espantajo, representa la forma superior de cooperación capitalista que ha unificado y disciplinado al proletariado, que le ha enseñado a organizarse y lo ha colocado a la cabeza de todos los demás sectores de la población trabajadora u explotada. Precisamente el marxismo, como ideología del proletariado instruido por el capitalismo, ha enseñado y enseña a los intelectuales vacilantes la diferencia que existe entre el factor de explotación de la fábrica (disciplina fundada en el miedo a la muerte por hambre) y su factor organizador (disciplina fundada en el trabajo en común, unificado por las condiciones en que se realiza la producción, altamente desarrollada desde el punto de vista técnico). La disciplina y la organización, que tan difícilmente adquiere el intelectual burgués, son asimiladas con singular facilidad por el proletariado, gracias precisamente a esta “escuela” de la fábrica. El miedo mortal a esta escuela, la completa incomprensión de su valor organizador, caracterizan precisamente los métodos del pensamiento que reflejan las condiciones de vida pequeñoburguesas (…)» [20].

Bajo esta lógica y confrontación contra el posmodernismo no será difícil sustraer la base ideológica de la confrontación de posturas entre aquellos que están con la clase obrera y aquellos que, de asfixiarles la fábrica, siempre tienden a luchar en los modernísimos y alternativos movimientos sociales que proyectarán odio a todo lo que huela a movimiento obrero.

Normal, en realidad. Ya decía Lenin que el objetivo comunista es hacer extensiva esa disciplina ya no en el Partido de la clase obrera y en los trabajadores sino a toda la sociedad como condición de la emancipación [21].

¿Dos teorías para la revolución? 

La vieja fórmula —de tomar “El palacio de invierno” mediante la estructuración de un Partido Leninista dirigiendo unas estructuras de combate que han devenido “Poder Obrero”— parece ser el elemento más demodé de la teoría marxista-leninista. El ideólogo posmoderno, el movimiento autónomo, centra contra esta “vieja fórmula” sus más rabiosos ataques. Parece que toda la teoría posmoderna esté hecha ad hoc para menoscabar la importancia y la seriedad que tiene la teoría marxista-leninista de la revolución. 

Cuando un comunista se propone sumarse a “los movimientos sociales” como singularidad en tanto “revolucionario nostálgico de la URSS”, por lo general, será bien recibido, pero cuando propone, con un mínimo de seriedad y consecuencia, la toma de poder revolucionario, tan sólo despertará desprecio.

Veamos qué nos pueden ofrecer los posmodernos, qué contribuciones nos pueden obsequiar. ¿Qué es lo revolucionario para el movimiento autónomo, Negri incluido?

«(Desde la política tradicional en los movimientos de EEUU en la década de los 60)… las diversas formas de experimentación cultural que florecieron en abundancia durante ese período constituían una especie de distracción de las “verdaderas” luchas políticas y económicas, pero lo que no lograron percibir esos sectores fue que la experimentación “meramente cultural” tenía efectos políticos y económicos muy profundos.

La “automarginación” era una realidad un concepto pobre de lo que en realidad estaba ocurriendo (…) Las dos operaciones esenciales fueron el rechazo del régimen disciplinario y la experimentación con nuevas formas de productividad. Ese repudio se manifestó mediante apariencias muy variadas y proliferó en miles de prácticas cotidianas. Una de las manifestaciones era el estudiante universitario que experimentaba con LSD en lugar de buscar un empleo; otra era la mujer joven que se negaba a casarse y formar una familia; otra, el obrero afronorteamericano “incompetente” que se ajustaba a un ritmo de “CP” (colored people) y se negaba a trabajar de todas las maneras posibles» [22]. 

Esta experimentación cultural incluía por supuesto negarse a ir a trabajar, el consumo de LSD, los “nuevos estilos de vida”, esa autonomía, ese “poder creativo” para Negri, esa base de la creación libre de valor inmaterial, fuera de lo que marca la subsunción del Capital, es la fuerza viva de la revolución. 

Porque si la represión es descentralizada, multifocal y fragmentada, la lucha también lo debe ser. El campo de batalla lo decide el enemigo hegemónico. 

Dice Negri: «Cuando se habla de contrapoder en general, en realidad se está hablando de tres cosas: de resistencia contra el viejo poder, de insurrección y de potencia constituyente de un nuevo poder. Resistencia, insurrección poder constituyente representan la figura trinitaria de una única esencia del contrapoder» [23]. 

Lo que hablando en plata sería que el “contrapoder” es la forma de confrontación pequeñoburguesa desde la semi-pasiva “huelga de consumo ciudadana”, hasta la acción directa o la propaganda por el hecho, la sobredimensión de una cierta “actitud cotidiana épica”, el naufragio en la isla desierta o la ensoñación de escaparse y vivir fuera de Matrix.

El partido Podemos nos ha vuelto a poner de moda, alabando la mínima organicidad, las formas más primitivas y laxas de organización del movimiento político socialista: los círculos. 

El subcomandante Marcos. Foto: Víctor Camacho.

La guerrilla posmoderna EZLN no tiene intención alguna de tomar el poder “sino la de cambiar el mundo” mediante la liberación de pequeños espacios donde organizar de manera “diferente” a la comunidad indígena. Para más señas, el Subcomandante Marcos, cuidando mucho la poesía y la mística de sí mismo, escribió un libro infantil, La historia de los colores, para trasladar los valores de nuevo tipo sustentados en la nueva y descentralizada manera de organizarse, donde el valor fundamental a promover es la tolerancia al “relato” del diferente [24]. La base de su propuesta es, supuestamente, crear una organización en red, sin centro, líquida y etérea que vaya liberando espacios y ganando influencia de las maneras más sutiles; exactamente igual al supuesto Poder al que supuestamente confrontan.

El posmoderno, en su concepción difusa del Poder, argumenta que en la constitución de ese mini-mundo, en el que intenta vivir “fuera”, vivido individual o colectivamente, si tiende a la autarquía, deviene Poder.

Sin embargo, para el marxismo-leninismo, sólo con la disciplina de la clase obrera se puede llevar a cabo la toma del Poder. El Poder se sustenta en hechos muy concretos y materiales. El poder está fundamentado en la violencia organizada, la base de la dictadura de una clase sobre otra. En ese mismo sentido, a una fuerza material sólo se la puede confrontar con otra fuerza material equivalente.

El Partido leninista ejerce de intérprete consciente de los hechos, decide las mejores formas de lucha y dirige al conjunto de la clase obrera para preparar la toma del Poder. De cada lucha, el Partido comunista va disciplinando las formas de lucha de la clase obrera y las capas populares, las va articulando en torno suyo intentando que cada vez sean más conscientes y organizadas: «El proletariado no dispone, en su lucha por el Poder, de más arma que la organización» [25].  

Esto es para llegar  a emular el carácter ultra-organizado y centralizado del cuerpo de represión del Estado, base del ejercicio del Poder de la clase burguesa. El Partido y el movimiento que arrastra tras de sí intenta emular ese Poder para intentar destruirlo y erigir un Nuevo Poder de carácter obrero. Por lo tanto, el nuevo Poder, que intenta suplantarlo, no es algo nebuloso y líquido, constituyéndose continuamente, sino un sólido bloque con capacidad de arrebatar al enemigo el monopolio de la violencia, en un momento determinado, en su superación.

Los Soviets de obreros y campesinos, hasta que pudieron sustentar la legitimidad y su ley con armas, autoridad, violencia y legitimidad, no se resolvió su auto-constitución como Poder, haciéndole el vacío a la legalidad burguesa. Esta coexistencia de dos poderes: el obrero y el burgués duró poco tiempo y se resolvió favorablemente a los obreros dirigidos por los bolcheviques.

Otra vez las formulaciones posmodernas y las del marxismo-leninismo son antitéticas. ¿Cómo Negri no va a afirmar que los modelos tradicionales del Partido y el sindicato han perdido influencia? ¿Cómo Negri no va a deslegitimar la construcción del socialismo? ¿Cómo en definitiva no va a intentar paso a paso desarmar a la clase obrera todo lo que pueda?

«La base social de las organizaciones sindicales y la clase obrera industrial ya no tienen poder suficiente para sustentar a los partidos políticos de izquierda. De hecho, todos los cuerpos sociales que solían constituir “la gente de izquierdas” parecen haberse disuelto. (…) Los principales modelos de antaño están absolutamente desacreditados con razón, tanto el del socialismo de Estado al modo soviético como el de la socialdemocracia o modelo del Estado del bienestar» [26]. 

El imaginario de Negri contempla una Multitud creadora que huye del encorsetamiento del Imperio porque sólo en ese éxodo, en libertad y “en comunicación” de “relatos”, puede realmente sacar su potencial. 

Llegados a este punto, ya no cabrá sorpresa alguna  en la siguiente caracterización de la URSS o en su defensa de la Perestroika:

«Lo que nos parece esencial no es tanto la falta de libertades individuales y formales de los trabajadores o los ataques contra ellas, sino más bien el despilfarro de la energía productiva de las multitudes que habían agotado el potencial de la modernidad y querían liberarse de la gestión socialista de la acumulación capitalista para poder manifestar un nivel más elevado de productividad. Esta represión y esta energía fueron las fuerzas que, desde extremos opuestos, provocaron que el mundo soviética se desmoronara como un castillo de naipes. La Glasnot y la Perestroika por cierto representaron una autocrítica del poder soviético y plantearon la necesidad de un paso democrático como condición indispensable para renovar la productividad del sistema, pero se recurrió a ellas demasiado tarde y demasiado tímidamente para evitar la crisis» [27].

Las más simples enseñanzas de la historia han demostrado que la organización en red basada en la pluralidad, la dispersión, la hibridación, el lenguaje inter-subjetivo… basada en todos esos adjetivos que tanto les gusta posmodernos… basada en todo menos en la organización… ¡no han conseguido históricamente nada!

Además, ¿si el Imperio siempre se adapta a las nuevas formas creativas y de flexibilidad de la Multitud hasta qué punto Negri concibe una revolución? La única práctica política realmente recomendada es la del “éxodo”, el huir cada vez más a espacios de creatividad inexplorados, por tanto, Negri seguramente podría recomendar provocativas y transgresoras recetas como actos revolucionarios, a realizar tanto de manera individual como colectiva. 

Se nos ocurren las siguientes: bailar un vals en un atasco de coches, abrazar a todo el mundo que se te cruce en la calle, cambiarse de sexo o, mejor aún, negar que exista sexo o género, colocarse con la última droga de diseño, realizar algún tipo de transgresión estética o sexual, hacer de una manifestación una fiesta, de una fiesta una manifestación…

N&H son pseudo-materialistas y antidialécticos. ¿Qué base toma Negri para que haya ni siquiera una mínima posibilidad que un sujeto con una estructura totalmente disfuncional pueda destruir un sistema mundial de dominio represor que no está en ningún lado y que continuamente se adapta y se alimenta como un parásito de las aportaciones creativas que se crean para confrontarlo? ¿Estirarlo en un éxodo ininterrumpido para que el Imperio se rompa como un chicle? Como todo en el posmodernismo, la respuesta es que no hay respuesta.

El posmodernismo es la renovación de las viejas formulaciones anarquizantes con el siguiente elemento: una concepción abiertamente reformista. Negri representa un anarquismo que anuncia que su único objetivo es el reformismo socialdemócrata: coge del anarquismo su indisciplina y de la socialdemocracia sus nulas aspiraciones revolucionarias puesto que abrir espacios hacia lo nuevo se concreta en la práctica de realizar reformas para las minorías.

Decía Lenin: «Son notorias la inconsistencia de este revolucionarismo, su esterilidad y la facilidad con que se transforma rápidamente en sumisión, en apatía, en fantasía, incluso en entusiasmo “furioso” por tal o cual corriente burguesa “de moda”» [28]. 

Si filosofía posmoderna, en lo ideológico, es el pregón público de la claudicación de la burguesía para seguir siendo una clase progresista, mala bulimia les ha cogido a los contemporáneos intelectuales con esta nueva teoría de moda.

***

[1] “Finalmente, aunque la práctica del imperio está continuamente bañada en sangre, el concepto de imperio siempre está dedicado a la paz: una paz perpetua y universal, que trasciende la historia” Michael Hart y Antonio Negri, Imperio, p.16.

[2]  Lenin, Prefacio de La economía mundial y el imperialismo

[3] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, p. 69.

[4] Cita extraída del libro “Atilio A. Boron, Imperio e imperialismo: una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri, p. 110.”

[5] Pablo Iglesias, Multitud y acció colectiva, postnacional: un estudio comparado de los desobedientes: de Italia a Madrid (2001-2005), http://eprints.ucm.es/8458/1/T30518.pdf

[6] Esto es que hace falta construir un mundo donde haya un equilibrio entre polos imperialistas para conseguir la paz.

[7] «Sí, para que desaparezca esa mierda de Estado nación», entrevista a Negri, www.rebelion.org/noticia.php?id=15430

[8] Peter Mertens, La clase obrera en la época de las multinacionales, p. 87.

[9] Pablo Iglesias, Multitud y acció colectiva, postnacional: un estudio comparado de los desobedientes: de Italia a Madrid (2001-2005), http://eprints.ucm.es/8458/1/T30518.pdf

[10] Michael Hart y Antonio Negri, Imperio, p. 283.

[11] «Así pues el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera a la sociedad; tampoco es “la idea moral”, “ni la imagen y al realidad de la razón”, como afirma Hegel.  Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente en conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases sociales con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismos y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del “orden”. Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado.» F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Barcelona: Editorial DeBarris, 1998, pp. 312-313.

[12] «Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida.» F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, p. 316

[13] «El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido. Pero ese sometimiento no se obtiene por los únicos instrumentos ya sean de la violencia, ya de la ideología; puede muy bien ser directo, físico, emplear la fuerza contra la fuerza, obrar sobre elementos materiales, y a pesar de todo esto no ser violento; puede ser calculado, organizado, técnicamente reflexivo, puede ser sutil, sin hacer uso ni de las armas ni del terror, y sin embargo permanecer dentro del orden físico. Es decir que puede existir un “saber” del cuerpo que no es exactamente la ciencia de su funcionamiento, y un dominio de sus fuerzas que es más que la capacidad de vencerlas: ese saber y este dominio constituyen lo que podría llamarse la tecnología política del cuerpo. Indudablemente esta tecnología es difusa, rara vez formulada en discursos continuos y sistemáticos; se compone a menudo de elementos y de fragmentos, y utiliza unas herramientas o unos procedimientos inconexos. A pesar de la coherencia de sus resultados, no suele ser sino una instrumentación multiforme. Además, no es posible localizarla ni en un tipo definido de institución, ni en un aparato estatal. (…)Se trata en cierto modo de una microfísica del poder que los aparatos y las instituciones ponen en juego, pero cuyo campo de validez se sitúa en cierto modo entre esos grandes funcionamientos y los propios cuerpos con su materialidad y sus fuerzas (…)» Michael Foucault, Vigilar y castigar, Madrid: Ediciones Siglo XX, 2009, p. 33,

[14] M. Foucault, Vigilar y castigar, p. 218.

[15] Thompson, E.P. La formación de la clase obrera en Inglaterra, p.28

[16] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, p. 250.

[17] J. Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder, Valencia: Editorial Melvin, 2005, p. 206

[18] Ibid, p. 215

[19] «La anti-política no puede ser, por lo tanto, sólo cuestión de hacer de manera positiva “nuestra propia cosa” porque “nuestra propia cosa” es inevitablemente negativa, oposicional. Sin embargo, tampoco puede ser sólo negativa: las acciones puramente negativas pueden ser catárticas, pero no hacen nada por superar la separación en la que se basa el dominio capitalista. Para superar esa separación, las acciones deben de alguna forma apuntar-más-allá, deben afirmar maneras alternativas de hacer: las huelgas que no sólo retiran el trabajo alienado sino que apuntan a formas alternativas del hacer (proporcionando transporte libre o un tipo diferente de cuidado de la salud); las protestas universitarias que no sólo cierran la universidad sino que sugieren una experiencia de estudio diferente; las ocupaciones de edificios que los convierten en centros sociales, en centros para un tipo diferente de acción política; las luchas revolucionarias que no sólo tratan de derrotar al gobierno sino de transformar la experiencia de la vida social.» J. Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder, p. 217.

[20] Lenin, Un paso adelante dos pasos atrás, p. 191

[21] «Pero esta disciplina “fabril”, que el proletariado, después de triunfar sobre los capitalistas y de derrocar a los explotadores, hará extensiva a toda la sociedad, no es, en modo alguno, nuestro ideal, ni nuestra meta final, sino sólo un escalón necesario para limpiar radicalmente la sociedad de la bajeza y de la infamia de la explotación capitalista y para seguir avanzando.» Lenin, El Estado y la revolución, Madrid: Alianza Editorial, 2006, p.156

[22] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, p. 255

[23] http://contraelpoder.blogspot.com.es/2004/11/contrapoder-por-negri.html

[24] « (…) Y, entonces, para no olvidarse de los colores y no se fueran a perder buscaron otro modo de guardarlos. Y se estaban pensando en su corazón cómo hacer cuando la vieron a la guacamaya y entonces la agarraron las plumas para que cupieran todos. Y así fue como la guacamaya se agarró el color y ahí lo anda paseando, por si los hombres y mujeres se les olvida que muchos son los colores y los pensamientos. Y que el mundo sea alegre si todos los colores y todos los pensamientos tienen su lugar.»

[25] Lenin, Un paso adelante, dos pasos atrás, p. 215.

[26] Michael Hardt y Antonio Negri, Multitud, p. 257.

[27] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, p. 259.

[28] Lenin, Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, Barcelona: Editorial DeBarris, 2001, p. 30-31.

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