Una crítica al posmodernismo, nueva forma de revisionismo (V. Algunos brochazos gordos a modo de conclusión)

Hay una fuerte representación del relativismo epistemológico del posmodernismo en la producción artística. Por ejemplo, en el cine, en las series o en la literatura. 

Juego de tronos sería la posmodernización del relato de magia y espada, ya no hay buenos, ya no hay malos, cada uno tiene sus intereses. En su versión en papel existen serias contradicciones sobre los diversos relatos sobre hechos concretos. ¿A quién creer?

Uno de los más exitosos cineastas contemporáneos, Christopher Nolan, nos ha legado algunas de las más claras y sugestivas reflexiones posmodernas. En el final de su película Inception la pantalla se funde en negro antes de saber si la peonza cae o sigue rodando, es decir, si lo que el protagonista vive es real o no. Y la respuesta es que no hay respuesta. De ahí, el salto lógico es, al menos, intentar dar con una respuesta narcisista sobre quiénes somos y la creación de un relato que nos sitúe en el mundo, da igual si tal relato es una mentira… porque ¿qué es verdad? Un poco como su más paradigmática película: Memento. En esta última, la enrevesada narrativa intenta metaforizar una desnaturalización del tiempo a modo de ataque contra la Historia —nótese las mayúsculas.

Una persona fotografía una reproduccion a gran tamaño del libro ‘Ganar o morir. Lecciones políticas de Juego de Tronos’, con Pablo Iglesias sentado en el trono de hierro.

La preponderante figura del intelectual preponderante en la “posindustralización” cae necesariamente en esos planteamientos, el individualismo, porque vivimos la destruktion de todas las demás certezas. De ahí la individualización, la fragmentación y la deconstrucción, no sólo de nuestra manera de vivir, sino también de la política. Laclau & Mouffe decían: «(…) para Gramsci, el núcleo de toda articulación hegemónica continúa siendo una clase social fundamental. Es aquí justamente donde la realidad de las sociedades industriales avanzadas —o postindustriales— nos obliga a ir más allá de Gramsci y a deconstruir la noción misma de “clase social”. Y esto porque la noción tradicional de «clase» suponía la unidad de las posiciones de sujeto de los diversos agentes; en tanto que, en las condiciones del capitalismo maduro, dicha unidad es siempre precaria y sometida a un constante proceso de rearticulación hegemónica». [1]

La clase obrera ya no sirve porque es demasiado sólida ante el mundo relativista y fragmentado que vivimos. En ese sentido, hemos intentado señalar que hay una relación profunda entre los plumeros del posmodernismo no ya con los modernos movimientos sociales sino también con los partidos políticos que están disputándole el espacio político a la socialdemocracia clásica.

El objetivo de este trabajo ha sido señalar la nula adecuación de los postulados principales y las cosmovisiones entre el posmodernismo —fundamentalmente desde la perspectiva “revolucionaria” de Negri— y el marxismo-leninismo. 

Sería interesante cotejar la originalidad de otros importantes voceros y autores de moda como Laclau o Žižek, con sus propios matices, para ver lo poco que ver que tienen con los marxista-leninistas. Aún más interesante sería el estudio sistemático de la plasmación política práctica de estas teorías.

Sin embargo, estos abordajes sobrepasan la intención inicial de este juntaletras, aunque a modo de conclusión podremos abordar, con brocha muy gorda, algunos aspectos políticos concretos y un esboce de tesis donde adelantaríamos que el posmodernismo está jugando el papel del oportunismo bajo formas relativamente novedosas, bajo sus parámetros se pueden alzar nuevas formas de reformismo que aún no se han deslegitimado, al menos tanto como la desgastada socialdemocracia clásica.

Ni estrategia ni táctica, ni reforma ni revolución

El Capital se había visto empujado a reformularse, para remontar su inherente bajada tendencial de la tasa de ganancia. Ésta sería una necesidad del propio capitalismo para solventar crisis anteriores y actuales. Asimismo, el sistema capitalista, al salir de la crisis precedente, está asentando las bases que generarán las siguientes crisis. 

Algunos de los puntos claves de la definición política marxista-leninista es la dialéctica que existe entre reforma y revolución o la estrategia y táctica. Si la reforma meramente se queda en nada, ésta puede servir para un acumulado hacia la revolución. Si la estrategia es la dirección por la cual se realizan todas las decisiones tácticas, todo se hace para golpear al unísono para alcanzar un objetivo que lo es todo.

Ahora bien, la nueva socialdemocracia posmoderna defenderá todas las “revoluciones” del mundo, pero ninguna acabará con el capitalismo. Por eso no sólo el concepto de clase obrera y de Partido Comunista son atacados sino también la dialéctica entre estrategia y táctica: «(…) la categoría de proletariado se centraba en la clase obrera industrial y a veces efectivamente estaba incluida en ella, una clase cuya figura paradigmática era el obrero fabril masculino (…)  Ahora, las luchas son a la vez económicas, políticas y culturales y por lo tanto son luchas biopolíticas, luchas por la forma de vida. Son luchas constituyentes que crean nuevos espacios públicos y nuevas formas de comunidad. (…) Desde el punto de vista de la tradición revolucionaria, podría objetarse que los logros tácticos obtenidos por las acciones revolucionarias durante los siglos XIX y XX se caracterizaron precisamente por la capacidad de hacer estallar el eslabón más débil de la cadena imperialista, que es el abecé de la dialéctica revolucionaria y que, por consiguiente, hoy parecería que la situación no es muy prometedora. Ciertamente está claro que las luchas serpentinas que presenciamos hoy no manifiestan ninguna táctica revolucionaria clara o quizás sean complemente incomprensible desde el punto vista de la táctica. Sin embargo, ante la serie de intensos movimientos sociales subversivos que afrontamos hoy parece que ya no resulta útil insistir con la antigua distinción entre estrategia y táctica». [2]  

Así como la dialéctica entre la reforma y la revolución:

«Necesitamos elaborar unos criterios generales que impulsen las reformas institucionales y, sobretodo, necesitamos erigir sobre esa base propuestas constituyentes para una nueva organización de la sociedad global. (…) No hay aquí conflicto entre reforma y revolución. (…) Hoy los procesos históricos de transformación son tan radicales que incluso las propuestas reformistas pueden conducir a un cambio revolucionario. Y cuando se demuestra que las reformas democráticas del sistema global no son capaces de proporcionar las bases para una democracia real, queda de manifiesto la necesidad de un cambio revolucionario y lo hacen cada vez más factible. Es inútil, por tanto, devanarse los sesos sobre si una propuesta es reformista o revolucionaria (…)». [3]

Para el marxismo-leninismo, existe un lastre objetivo, un desarme y una claudicación en las negaciones del sujeto histórico, sus herramientas o sus tradiciones. Tales planteamientos dan, a la práctica, contextos favorables en el campo ideológico a la burguesía en el marco de la crisis general del capitalismo, distrayéndonos en las mini-causas alternativas que aún de ser victoriosas no acabarían con el capitalismo y perpetuarían la explotación y la opresión. Esto es evitar que suceda la superación revolucionaria del capitalismo.

Con Internet, ¡todo ha cambiado!

En ese contexto tan crítico, la convocatoria del 15M revitalizó el gusto por lo meramente espontáneo y es que, con los cambios en la comunicación, la espontaneidad parece que cobra un nuevo sentido, decía Negri:

«Podemos concebir las líneas imperiales de nuestros días como una red de comunicación universal y rizomática en la cual se establecen relaciones desde y hacia todos los puntos o nodos. Paradójicamente, esa red parece estar completamente abierta y, a la vez, completamente cerrada a la lucha y a la intervención. Por un lado, su estructura permite formalmente que todos los sujetos de la red de relaciones estén presentes simultáneamente, pero, por el otro lado, la red misma es un no lugar real, el no lugar por excelencia. La lucha por la constitución tendrá que librarse en este terreno ambiguo y cambiante». [4]

Muchas han empezado a creer que ese campo de batalla donde dar ese fantasmal golpe estratégico posmoderno, está en plantarle cara al “enemigo” en el “No-lugar” por excelencia: Internet. Las redes sociales y el papel que se le han atribuido es también un rasgo de la concepción política posmoderna. 

El siglo XXI, con la tremenda evolución de las comunicaciones, ha dado pie a que muchos innovadores se replanteen los métodos revolucionarios. ¿Al marxismo-leninismo se le podría otra vez dar la etiqueta de demodé? Falta de previsión, desarraigo con lo contemporáneo… ¡Para nada! Marx y Engels en el Manifiesto ya dijeron:

«El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades.  Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases.  Y toda lucha de clases es una acción política». [5]

El desarrollo de las fuerzas productivas hace madura la superación del capitalismo para la construcción del socialismo. Lo que en el capitalismo esclaviza en el socialismo libera, esto es válido para la máquina de la fábrica como para otros prodigios que ha propiciado el modo de producción capitalista —incluidos los denostados transgénicos—. Los nuevos medios de comunicación han renovado las formas de activismo social, al agilizar la comunicación, la agitación, facilitar convocatorias y poner en contacto unas luchas con las otras —esto es hacerlas políticas— de una forma más intensa que la que llegó a ver ninguno de los clásicos. 

Sin embargo, es más que aventurado decir que las redes sociales son la base para una democracia sólida respecto a los poderes y sus mecanismos opresivos o ideológicos en el seno del capitalismo. Por eso en la mayoría de los casos, Internet y las redes sociales tan solo sirven para reproducir el discurso dominante, en los límites que la propia reproducción de la vida social define. La irrupción de Internet, pese a su importancia y pese a poner el tablero en un nuevo contexto con nuevas facilidades y nuevas dificultades, difícilmente sobrepasa la limitación de la acción espontánea. 

Hoy sigue siendo válido, desde la perspectiva marxista-leninista, decir lo necesario que es el Partido Comunista para el trabajo de concienciación. La vanagloria del desprecio a la política, separada artificialmente de la lucha por el día a día, tan sólo beneficia a la concepción sin-partidista y por tanto a las formas ideológicas dominantes, esto es ideología burguesa. Este “sin injerencias” de partidos políticos es debilitar las posiciones clasistas y por ende fortalecer a la burguesía. [6]

Si el elemento consciente del Partido sigue siendo necesario, lo que se renueva es el refinar un uso de los medios más actuales para mejorar la actividades agitativa y propagandística.

Del 15M a la deriva política de Podemos

El 15M no fue poca cosa, fue lo que da de sí una movilización de carácter espontáneo en los parámetros posmodernos, su paradigma. El 15M sacó a mucha gente a la calle, revitalizando una cultura muy abandonada de movilización. Éste fue un movimiento aparentemente sin centro, sin líderes, sin ideología, una red dispersa de singularidades sin estructuración ni organización que: 

  1. Adoptaba una postura claramente reformista en la problemática capitalista, denunciando el capitalismo financiero “malo” pero sin denunciar al sistema en general, a lo sumo intentar la “don quijotada” de tirar para atrás la rueda de la historia.
  2. Renegaba a la llamada “clase política” y los proyectos políticos en general, se definía como “ni de izquierdas ni de derechas” reproduciendo el abono para el viejo discurso fascista. 
  3. Odiaba a los sindicatos, como forma de desprecio a la clase obrera y sus herramientas de lucha, especialmente al Partido Comunista. La base de tal proyecto era una regeneración democrática a caballo entre las teorías posmodernas de creación de contrapoder y el reformismo democratista pequeñoburgués.

Los sin partido y sin banderas viraron grotescamente hacia el seguidismo de un puñado de nuevos líderes mesiánicos. Pero el activismo posmoderno marginal, a todas luces, no era suficiente. Al menos para Pablo Iglesias no lo era. Él, con vocación de gobierno y hacer historia, sabía lo limitado de generar estos submundos posmodernos:

«Por último, la propuesta de construcción de nuevos espacios de vida liberados del dominio capitalista cae, a nuestro juicio, en un escapismo estéril, desde el momento en que no se define el terreno de combate. Puesto que la huida a Marte con una flecha circulada por bandera no parece probable, será necesario señalar los territorios de lucha y de subjetivación. En este sentido, la contraposición que explica Revelli entre fábrica dualista taylorista y fábrica integrada, nos da muchas de las claves. Si la fábrica taylorista definía en su propia organización el conflicto de clase, una contradicción estructural entre los principales sujetos productivos que explicaría su carácter feroz, despótico y agresivo como estructura dualista (…) la fábrica integrada presupone filosóficamente, la idea de una estructura productiva monista… de una comunidad de fábrica unificada y homologada en la que el trabajador debe consciente y voluntariamente liberar la propia inteligencia en el proceso productivo. Se trata de subsumir al capital en la dimensión existencial de la misma fuerza de trabajo…-de- ejercer la hegemonía sobre el antiguo adversario de clase (…). Revelli está adelantando un escenario que ha servido para definir nuevas alianzas, un terreno intermedio: en el umbral entre producción y reproducción… inventando circuitos de agregación no mediados por la forma-mercancía y, al mismo tiempo, localizados allí donde el trabajo hegemónico opera (…) Sobre este terreno ha de construirse la alianza entre la fuerza de trabajo migrante, los sectores más resentidos del trabajo dependiente, el precariado y el conjunto de los nuevos chainworkers que se han colocado en el centro de las reivindicaciones de los nuevos movimientos antisistémicos visibles tras Seattle». [7]

La cosa estaba en «ejercer hegemonía sobre el antiguo adversario de clase» dentro del trabajo y fuera de éste. Es decir, en ganarle, al enemigo, terreno en la hegemonía. ¿Una hegemonía leninista? [8] No, obviamente, aquí se defiende una hegemonía de gelatina, la misma que inspiró la tesis eurocomunista fundamental: conquistando palmo a palmo esa hegemonía de niebla y humo se podía de facto democratizar un Estado.

Para el eurocomunista, el Estado era «la hegemonía acorazada con coacción», esto es una caja vacía que por muy represiva que fuera se podía llenar de cualquier cosa, negando el carácter de clase del Estado. [9] Esto tenía la “ventaja” de conciliar el antagonismo del liberalismo con la ideología obrera, de manera que ya no hacía falta tampoco una dictadura del proletariado sino tan sólo una “amable” hegemonía proletaria en las formas democrático-burguesas. Se regeneraron así, otra vez, las tesis socialdemócratas y una práctica política tendente a la continua derechización de las propuestas a medida que, pese a todas las concesiones, el Estado seguía sin llegar a “blanquearse” nunca.

Asimismo, Podemos dibujó un cuadro en el que la UE era una caja vacía donde también poder meter la gelatinosa hegemonía ciudadana, convirtiendo la UE de órgano al servicio de los monopolios para el expolio de la clase obrera y los pueblos a… una estructura para promover la paz y la justicia social. Y es que simplemente el problema está en que las multinacionales se han escapado del poder político.

El programa de Podemos también defendía la propiedad privada, vanagloriando la figura del “emprenderdor”. Bajo la magia de Podemos se aseguraría el mercado y el capitalismo, todo sin temer que se agrave la explotación ya que se adoptarían medidas económicas muy brillantes y propias de los “listos” de la clase: la Tasa Tobin, el desarrollo de la investigación, la banca ética, agencias públicas de rating, auditorías públicas ciudadanas. 

Y aun así no era suficiente, aunque Podemos reconvirtió una masa crítica de activistas en una notable tropa para el proyecto socialdemócrata, aún tenía que conquistar el corazón de los “indecisos”. 

Su programa se precipitaría de una manera acelerada hacia una socialdemocracia cada vez más light, de reivindicación cada vez más moderada y razonable para el statu quo. Hasta ellos mismos lo dicen: su programa es el programa de un partido reformista, lástima que la socialdemocracia juega el papel más nefasto de todos en el capitalismo: machacar al obrero igual que el Partido burgués y que ¡éste, además, esté feliz porque, al menos, lo hace “su Partido”.

La cuestión del discurso

Más allá de lo viejo y lo pocho, sin embargo, el proyecto de Podemos ha planteado ciertas novedades en la articulación del discurso. Se ha reconocer que tal acento en generar un buen discurso y de difundirlo de manera eficaz y eficiente, más allá de la inspiración posmarxista de Laclau o más allá de los fuertes mecenazgos por parte de una parte de los poderes fácticos, se ha realizado solventemente. 

Este elemento en particular requiere de cierta reflexión. Para empezar, que la plasmación de la consigna política tiene que ser siempre no un elemento de auto-referencialidad sino la concreción de un mensaje que tiene que ser pensado, con inteligencia, creatividad, arte y ciencia para las masas y, en función del momento, debe ser necesariamente sugestivo, enardecedor, emocionante, concreto o abstracto, soliviantador, a veces más agitativo o a veces más propagandístico. La cosa está aquí, como en todo, en el trabajo bien hecho, profesional, bien pensado, aprovechando todas las herramientas y no en ir esperando eternamente a Godot.

Sin embargo, tal estrategia es susceptible de cierta crítica, quedarse en la órbita del “significante vacío”, no es más que quedarse en el “marketing” del vender humo. Hay mucha cuestión de fondo además de “marketing” en la posición de Pablo Iglesias acerca de que se debía abandonar el concepto de clase obrera para empezar, ya no la burguesía sino la “casta” o la “trama”. Tal cuestión de fondo es la delimitación del enemigo y el amigo; el problema sería ya no el monopolio sino tal coyuntural pacto entre una serie de individuos arbitrariamente señalados a los que se ha de abatir.

Aparentemente, la relación entre el estudio de la realidad y la búsqueda de la verdad no tendría relación alguna con la práctica política. Marx sería un buen analista, pero la política no tendría nada que ver con el estudio de la realidad. 

Porque si bien en la forma en cómo se expresa algo de manera “coste-efectiva” es un campo necesario de estudio y, por tanto, cabe estudiar y utilizar los métodos modernos del “marketing”, el quid está en el fondo, en el contenido de lo que se transmite. 

Vemos que toda la base posmoderna discursiva se basa en arbitrariedades acientíficas, en juegos de máscaras. Reflejo de esa vaciedad y poca sustancia, se da una base organizativa de humo, fundamentada en el espíritu de círculos previos a la consolidación de la sublimación de los métodos organizativos. 

Tras la objetiva potencia de despliegue del proyecto político de Podemos, ha habido también el secuestro del verdadero debate: el contenido de clase de un proyecto u otro. El juego de conceptos vacíos no sólo disputa espacio al discurso científico, su base materialista y su certera indicación sobre los métodos de lucha, de las causas y las soluciones últimas a los problemas. El juego de conceptos vacíos hace pasar gato por liebre y si en política uno no lleva un discurso, ya no vacío sino certero, o lo hace otro o nadie lo hace. Y si nadie lo hace, jamás se llega a formas superiores de consciencia.

Los objetivos estratégicos del comunista y toda su plasmación táctica lo marcan el elemento objetivo, independientemente de la correlación ideológica que tenga en un momento determinado. Por eso el marxista-leninista analiza científicamente la realidad sin inventarse fantasmagorías o hacer el feriante. La lógica relativista del posmodernismo convierte a la política en una opereta muy lejana de la intervención política honesta y natural.

Bajo la lógica de marketing del significante vacío, se esconde el objetivo de negar la propia existencia y aplicabilidad del marxismo-leninismo, su validez y, por tanto, negar lo más fundamental para que la clase obrera llegue a plantearse la revolución o encarar correctamente la lucha: su consciencia política revolucionaria. 

La no delimitación de campos y mixes extraños, violaría una de los más elementales principios del marxismo-leninismo y es que la estrategia la marca fundamentalmente el desarrollo material objetivo y no la coyuntural subjetividad de las masas, la fuerza o la aceptación que tenga el destacamento de vanguardia. Por otra parte, es un impedimento hacía la elevación de consciencia al auto-censurarse trasladar los análisis científicos concretos de la situación concreta. La verdad es siempre revolucionaria: «En la política de masas decir la verdad es precisamente una necesidad política» [10] y «Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente». [11]

¿Compramos o no?

Vayamos a la pregunta más importante que pretende responder este documento, ¿el marxismo-leninismo debe aceptar algún elemento del posmodernismo? ¿Son estas dos teorías siquiera compatibles?

Creemos que no. Más allá de cierta impregnación de valores, natural y naturalizante, hemos abordado sobradamente la incompatibilidad teórica de uno y otro, un mix sería puro eclecticismo.

Mientras exista la dicotomía entre obrero y burgués, sólo existirá la dicotomía ideología burguesa o ideología socialista y no habrá una “tercera” ideología que caerá del cielo para superar tal lucha. Esto subyace a la base material y permanecerá así hasta la resolución de tal etapa de la lucha de clases. No hay términos medios, todo lo que no sea fortalecer la ideología proletaria, fortalecerá al enemigo de clase.

En ese sentido, cualquier forma de eclecticismo, lejos de fortalecer a la doctrina marxista-leninista, la debilita. Tal eclecticismo supone la negación tanto del sujeto histórico como de su Partido, de su papel dirigente en las luchas del día a día, en la lucha política e ideológica. 

El posmodernismo ha jugado un papel de desarticulación, un papel en la reformulación del papel de la socialdemocracia y el desarme; una bicha que habría que confrontar ideológicamente, sobre todo, en el seno de las organizaciones de vanguardia. 

Como hemos visto, revisa el papel histórico de la clase obrera y de sus características —productora de nuevo valor, disciplina, organización, etc.—, adjuramos a su vez del Partido de vanguardia de la clase obrera y de sus características —centralismo democrático, debate colectivo, acuerdos colectivos—. La apuesta por el eclecticismo posmoderno en una organización comunista, en el actual contexto de debilidad, necesariamente le llevaría a 1) no pasar de ser una nube de activistas orgullosos de su marginalidad y su lejanía con la clase a la que apela de manera vacía, 2) apostar por el movimiento de movimientos, la pluralidad y dispersión de las causas, abrazando “lo que lucha” y despreciando a la clase —los sindicatos— por no luchar 3) al apostar perenne del Frente de Izquierdas donde el tuttifruti ideológico se hace más notable en tanto más inocuo es ante el capitalismo.

Organización como única arma para la toma del Poder

Para finalizar, a bien de delimitar los campos, expondremos la actitud marxista-leninista respecto al Estado. La cuestión del Poder es la piedra angular de la naturaleza política de una postura u otra y el ejercicio de comparación es obvio y simple.

Si, como hemos visto, para el proyecto reformista, el Estado es una caja vacía al que se ha de llenar, con laboriosidad, del color que uno quiera. Para el marxista-leninista, el Estado es la estructura fundamental de la perpetuación del poder burgués fundamentado en la violencia. Es la necesaria plasmación del divorcio social que se da en el marco de la lucha de clases. Es el órgano principal para el ejercicio de la dictadura de una clase sobre la otra, esto es el mantenimiento de la preponderancia de una clase social sobre otras bajo cualquier medio.

Lejos de las fórmulas reformistas, el Estado no es un elemento en el cual, por muy formalmente democrático que sea, un comunista tenga que entrar para “tomarlo” y “rellenarlo”. El Estado es el objetivo principal a abatir para el proletariado.

Esto viene dado ya que la propia estructura del Estado capitalista es un reflejo del modo de producción capitalista y con el Estado burgués tan sólo se puede perpetuar el capitalismo, nunca destruirlo. A la par las relaciones de producción capitalistas, si bien son la antesala de las relaciones de producción socialistas, jamás generan por sí mismas el modo de producción socialista en su seno.

Si bien es válido aprovechar cualquier resquicio que el sistema deje a un comunista, el objetivo estratégico es la construcción de un Poder obrero que en su organicidad y madurez pueda efectivamente plantar cara y sobreponerse al Estado para destruirlo. Todo este aprovechar las estructuras del Estado burgués —incluida la labor parlamentaria— tiene que alimentar la construcción de las estructuras que acaben por destruir el Estado capitalista.

Lejos de la concepción posmoderna de un poder diseminado, en red, virtual, difuso, diseminado, flexible, híbrido, sin centro… al que se le tiene que contraponer un contrapoder igualmente en red, virtual, difuso, diseminado, flexible y sin centro… Para el comunista, al poder del Estado ultracentralizado y ultraorganizado se le debe contraponer un poder obrero con una disciplina rallante a lo militar: ultracentralizada y ultraorganizada. Otra vez aquí el enemigo obligaría a una u otra forma de lucha, de estructuración para el combate. 

El proletariado por muy reaccionario que sea, a día de hoy es la única clase revolucionaria, trabajo del comunista es cambiar esta situación porque:  

«Solo una clase determinada, a saber, los obreros urbanos y en general los obreros fabriles, los obreros industriales, están en condiciones de dirigir a toda la masa de trabajadores y explotados en la lucha por derrocar el yugo del capital, en el proceso mismo de su derrocamiento, en la lucha por mantener y consolidar el triunfo, en la creación del nuevo régimen social, del régimen socialista, en toda la lucha por la supresión completa de las clases». [12]

Tales estructuras, que se van generando en el proceso de acumulación de fuerzas, no sólo serían un ariete para la destrucción del Estado burgués, también serán el germen del nuevo poder. Ese nuevo poder no es otra cosa que la dictadura del proletariado. 

Esta es la base de la acumulación de fuerzas que el Partido Comunista tiene que articular en torno suyo, en base al fortalecimiento de la clase obrera en cada lucha, lo cual la va desgajando de la influencia burguesa. En ese sentido, una mayor dirección política del proletariado por parte del Partido Comunista sería una mayor libertad e independencia de la clase, lo cual nos lleva unos pasos más allá de la liberación del pleno de la humanidad.

***

[1] E. Laclau y C. Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista, Madrid: Editorial Siglo XX, 1987, p. 5.

[2] Michael Hardt y Toni Negri, Imperio, pp.64-68

[3] Michael Hard y Toni Negri, Multitud, p.332

[4] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, p. 294

[5] C. Marx y F. Engels, Manifiesto comunista, p.49

[6] «El riguroso espíritu de partido es la consecuencia y el resultado de una lucha de clases altamente desarrollada. Y, a la inversa, los intereses de una franca y amplia lucha de clases, demandan el desarrollo de un riguroso espíritu de partido. Por eso el partido del proletariado consciente, la socialdemocracia, combate siempre y con toda razón el sin partidismo, y trabaja con perseverancia en crear un partido obrero socialista fiel a los principios y bien cohesionado. Esta labor tiene éxito entre las masas a medida que el desarrollo del capitalismo divide a todo el pueblo cada vez más profundamente en clases y agudiza las contradicciones entre ellas.» Lenin, El partido socialista y el revolucionario apartidista.

[7] Pablo Iglesias, Postoperaismo y fin de la teoria laboral del valor

[8] La hegemonía para Lenin es la alianza y dirección del proletariado para alcanzar sus objetivos histórico junto a otras clases.

[9] «Estado = sociedad política + sociedad civil, es decir, hegemonía acorazada con coacción» Antonio Gramsci, Antología, Madrid: Editorial Alal, 2013, p.261.

[10] Antonio Gramsci, Para la reforma moral e intelectual, Madrid: Editorial Los libros de la catarata, 1998, p. 100.

[11] C. Marx y F. Engels, Manifiesto Comunista, p. 89

[12] Lenin, Una gran iniciativa.

 

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