Una vez más, los ciclos económicos (I): planteamiento general y neoliberalismo

Planteamiento general

“Diez años después del comienzo de la crisis: vuelta a la recuperación gracias a la intervención decisiva de la UE”. “En la actualidad, la economía de la UE crece por quinto año consecutivo” (Comisión Europea, 2017).

Así reza el comunicado de prensa de la Comisión Europea del 9 de agosto, en el que se pone “oficialmente” fin a la recesión económica. En el mismo, la Comisión se congratula del “buen resultado” de sus medidas, apuntando como logros principales la reducción del desempleo, la fortaleza de los bancos, el repunte de la inversión y unas finanzas públicas más saneadas, aunque reconocen que “queda mucho por hacer” (sic).

Así pues, tras los años de expansión de comienzos de siglo, el sistema capitalista completa de nuevo una onda del ciclo, y hoy, 10 años después de haber alcanzado su última cima, consolida su recuperación después de haber atravesado una dura recesión: el PIB crece de forma continuada y los beneficios empresariales vuelven a situarse próximos a los niveles anteriores a la crisis. Las tasas de rentabilidad económica y financiera de las empresas, especialmente de las grandes, crecen de forma sólida. El capital ya está de nuevo en marcha.

Algunos y algunas discutirán que la crisis haya terminado, pues hay una mayor desigualdad, los salarios están deprimidos, las condiciones de trabajo tras las reformas laborales son cada vez más leoninas y la pérdida de derechos de la clase trabajadora es manifiesta. Sin embargo, es necesario recordar que los criterios que definen la entrada o salida de las crisis capitalistas se refieren a la salud del capital, no a las condiciones de vida de la clase trabajadora: nunca lo han sido.

Por tanto, sí, una vez más el sistema capitalista ha superado una crisis: sólo hemos de mirar quizás los dos datos clave: el crecimiento de la producción y los beneficios empresariales pues aunque España va con un cierto retardo respecto de la media de la Unión Europea, las rentabilidades se recuperan. Las expectativas para el capital vuelven a ser halagüeñas.

Lo cierto es que el capital ha sufrido en estos últimos años quizás la crisis más prolongada desde la Gran Depresión de los años 30, aún mayor que la llamada del petróleo de los 70 y la de principios de los 80.  Y de nuevo afloró el conflicto: la economía volvió a ocupar su papel preeminente en los noticiarios, en los debates televisivos, y vimos cómo surgieron posiciones confrontadas. Profesorado universitario, analistas, personal de investigación expusieron sus posiciones frecuentemente contrapuestas, ofreciendo argumentos e interpretaciones contradictorias.

Y es que cuando hablamos de ciclos y crisis económicas, nos enfrentamos a numerosas dificultades metodológicas, propias de las ciencias sociales y de nuestro propio objeto de estudio. Cuando intentamos explicar un proceso económico como son los ciclos, debemos desenmarañar una amplia cantidad de fenómenos que se producen correlacionados y que en principio solo podemos considerar como regularidades empíricas. Sí, las recesiones van acompañadas de desempleo, caída del PIB, un período previo de sobreendeudamiento, una caída repentina de la inversión, una pauta de crecimiento y detención de los precios, aumento de la desigualdad en la distribución de la renta, y otras. Pero, ¿qué hacemos con toda esta información? Primero, habremos de ordenar esos fenómenos, quizás lo menos problemático, aunque no exento de polémicas; segundo, categorizarlos, por ejemplo, tomemos uno concreto: el sobreendeudamiento previo: ¿es una condición para el desarrollo del proceso?, ¿es uno de los desencadenantes? ¿O es uno de sus resultados? ¿O tal vez, es una de las causas? ¿Acaso es una interferencia? ¿O podría ser una respuesta a la motivación del proceso?; y tercero, el problema que en el campo científico conocemos como de la “caja negra”: la evidencia empírica, la realidad —siempre que sepamos procesar e interpretar adecuadamente la información que contiene, sin sesgos— nos permite observar correlaciones entre varios procesos, pero no nos muestra de una forma clara si son simplemente espurias o si existe una verdadera relación de causalidad, es decir, la motivación del proceso, aquello que lo mueve y le da sentido, el objeto del conocimiento en términos de Althusser, que aunque contenida en la realidad que analizamos, está en una capa más oculta y de más difícil acceso. 

El problema que nos atañe, el de mayor alcance es precisamente responder a la pregunta: ¿cuál es la causa de fondo de los ciclos económicos? ¿Cuál es el motor de todo el proceso? Es decir, hemos de hacer un diagnóstico primero, pues sólo con un buen diagnóstico podremos comprender y separar síntomas, causas y factores ambientales que se manifiestan, dan lugar y permiten su desarrollo, identificar las consecuencias de la enfermedad, tanto inmediatas como a largo plazo, y diseñar un adecuado tratamiento, tanto para hacer más llevaderos los síntomas como para curarla de forma definitiva. 

Del mismo modo que un estado febril puede originarse por diferentes causas, y la idoneidad del tratamiento dependerá de cuál sea la que lo motive, lo mismo ocurre con las recesiones y los ciclos: ¿qué las motiva? ¿Siempre tienen una misma causa? En un nivel de análisis muy inmediato, podemos encontrar notables diferencias entre unas y otras. Sin embargo, no debemos dejarnos fascinar por esa apariencia de particularidad, pues esas diferencias en unos casos pueden provenir del detonante, de la chispa, del tipo de gota que colma un vaso lleno a rebosar, en otros, de los síntomas que se manifiestan prioritariamente, de la forma en que se derrama el contenido de ese vaso, que pueden ser unos u otros. No es éste el nivel de análisis que nos interesa ahora. Lo que centra nuestra atención es su trasfondo: ¿qué es lo que hace que el vaso se llene? ¿Qué coloca a las economías en esa situación límite, al borde del estallido?

Vamos a hacer un breve repaso de las principales posiciones de la doctrina científica en relación con los ciclos económicos. Dado que la literatura es sumamente extensa, nos centraremos únicamente en aquellas que habiendo tenido una mayor relevancia histórica y política aún hoy tienen vigencia en la medida en la que continúan siendo objeto de debate en el mundo académico y son inspiradoras de los programas económicos de los principales corrientes que hoy se enfrentan en la arena política. 

Hay básicamente cuatro teorías de ciclos. ¿Cuatro? Sí, cuatro, no tres, a pesar de lo que vemos habitualmente en los medios de comunicación. Empecemos con las tres vías que nos ofrece el sistema, las tres vías en las que nos definen los términos del debate. Haremos una aproximación a sus argumentaciones y contradicciones en sus propios términos, a modo de reductio ad absurdum, y finalmente, analizaremos la pertinencia de la cuarta, y en nuestra opinión, única opción para la clase trabajadora: la economía marxista planificada.

Neoliberalismo económico: el argumentario conservador – liberal

Vamos con la primera. Ya nadie parece cuestionar que los sistemas capitalistas de economía de mercado dan lugar a los ciclos económicos, como algo inherente a su dinámica de funcionamiento. Es lo que llamamos un “fallo de mercado”. En Economía identificamos varios fallos de mercado: las externalidades (como la contaminación), la información incompleta (claramente perceptible en los mercados financieros), los bienes públicos (como la seguridad), el poder de mercado (por ejemplo, monopolios y oligopolios, mercados controlados por un número muy reducido de grandes empresas, con fuertes barreras de entrada), la falta de equidad en la distribución y cómo no, a nivel macroeconómico, los ciclos económicos. A pesar de que estas “imperfecciones” empiezan a ser demasiado numerosas como para ser consideradas “excepciones” a la norma, la corriente de pensamiento ortodoxa defiende que el sistema es en líneas generales eficiente, y que “algunos” fallos no cuestionan la bondad del mismo. Es la defensa del capitalismo “salvaje” (pero, ¿hay otro?), del capitalismo de la mano invisible de Adam Smith, esa mano benefactora que hace que si todos y todas nos preocupamos de nuestros intereses privados, el sistema dé como resultado la mayor producción posible, y en consecuencia (sic) el mayor bienestar social. Citando al autor: 

“No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a la humanidad sino a su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas” (Smith, 2009).

“Una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida que habría tenido lugar si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitantes, y así sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie” (Smith, 2013).

Ante este enfoque sencillo, nos surgen, al poco de pensar en ello, varias dudas. Lo primero que nos preguntamos, es ¿la producción de qué bienes y servicios y en qué cantidades (y calidades)? Y la respuesta es: no la de aquellos que la sociedad considere necesarios, sino la de aquellos que sean rentables y en las cantidades (y calidades) que permitan obtener la mayor ganancia. Tengamos presente que cuando hablamos de bienes y servicios hablamos de todos los bienes y servicios, incluida la educación, la vivienda, la sanidad, los alimentos, los medicamentos o la cultura, por recordar algunos casos que pueden llevarnos a reflexionar sobra las implicaciones de fondo. La segunda pregunta sería, ¿cómo producirlos? Y nuevamente la respuesta es: de la forma que sea más rentable. Es la eficiencia: conseguir el objetivo perseguido empleando la menor cantidad de recursos posible. “Esto sí”, pensaremos muchos y muchas… esto es lógico y positivo en sí mismo. Pero de nuevo, debemos detenernos y rascar un poco sobre la superficie para ver las implicaciones de tal respuesta: ¿acaso no es más rentable, no es más “eficiente” el carbón latinoamericano que el asturiano-leonés? ¿No es sin duda más rentable extraer el carbón de las minas empleando a niños y niñas, que a mineros y mineras adultos con derechos laborales, medidas de seguridad y prevención, etc.? ¿Es más rentable la producción con tecnologías respetuosas con el medioambiente o sin ningún tipo de control? ¿Es más eficiente poner un bar insonorizado y evitar la contaminación acústica, o ahorrarnos ese coste? Y la tercera pregunta es, ¿para quién? ¿Para quién se producen esos bienes y servicios? ¿Quién tiene acceso a los mismos? La respuesta es clara: para quien tenga los “votos monetarios”, esto es, para quien pueda pagarlos. Al respecto son muy ilustradoras las palabras de los profesores Paul Samuelson y William Nordhaus: 

“La distribución del ingreso que se genera puede no corresponder a un resultado justo. Además, recuerde que los bienes siguen los votos monetarios y no la mayor necesidad. El gato de un hombre rico puede beberse la leche que un niño pobre necesita para estar saludable. ¿Esto sucede porque el mercado no funciona? En lo absoluto, porque el mecanismo de mercado simplemente está haciendo su trabajo: coloca los bienes en las manos de los que tienen los votos monetarios. Incluso el mercado más eficiente puede generar gran desigualdad” (la cursiva es nuestra) (Samuelson & Nordhaus, 2005). 

Y es que el mecanismo que emplea el sistema capitalista de economía de mercado para dar respuesta en cada momento a las tres grandes preguntas que dan lugar al nacimiento de la Economía como ciencia, es decir ¿qué producir?, ¿cómo hacerlo?, y ¿para quién?, es: los mercados. Los mercados, formados por oferentes y demandantes, que concurren con sus intereses individuales –pero históricamente determinados-, dando lugar a unas fuerzas que interactúan entre sí arrojando como resultado unos precios, mecanismo transmisor de la información necesaria para que oferta y demanda reaccionen hasta igualarse. Pero, ¿cómo han de ser esos mercados para que el resultado de agregar esas voluntades individuales sea ese máximo bienestar social? Y aquí encontramos una respuesta sorprendente: perfectamente competitivos. ¿Y qué es esto de un mercado de competencia perfecta? Aquel que cumple varias condiciones: primero, se caracteriza porque en él, el número de oferentes y demandantes es muy elevado, tanto, que ninguna persona –individuo o empresa- que participe en el mercado puede afectar con sus decisiones insignificantes al precio de equilibrio. Segundo, el producto o servicio que se comercializa es homogéneo, no hay forma de distinguir lo que produce una empresa de lo que produce otra. Es decir, no hay marcas que permitan identificar la producción, nos resulta totalmente indiferente ir a un restaurante u otro cualquiera, o cortar el pelo en nuestra peluquería o en la del otro lado de la calle, no somos capaces de apreciar diferencia alguna entre los relojes de una marca y otra, ni entre una marca de chocolate u otra. Tercero, no hay barreras de entrada, es decir, cualquier agente puede entrar a ofrecer en el mercado en cualquier momento: no hay costes prohibitivos, ni licencias, ni patentes, ni cuotas de producción, no hay escala mínima de negocio para que resulte viable: podríamos lo mismo montar una zapatería que una pequeña siderúrgica,… Cuarto, hay información perfecta, todos los agentes saben todo acerca de los productos, las preferencias de consumidoras y consumidores, costes empresariales, etc. Los contratos financieros son totalmente comprensibles por quienes los firman, y son capaces de valorar las probabilidades estadísticas de los diferentes escenarios sobre el futuro, conocemos la calidad real y durabilidad de los productos que compramos…

Paradójicamente, todo el edificio teórico de la economía ortodoxa se levanta sobre los cimientos de la competencia perfecta: todas sus conclusiones se derivan a partir de los supuestos de partida… Sin embargo, el mercado automovilístico está copado por apenas 15 productores en el mundo, pensemos en las compañías tecnológicas, empresas siderúrgicas, laboratorios farmacéuticos, el propio sector financiero… la concentración de capital es cada vez mayor y los mercados internacionales de los diferentes bienes y servicios van progresivamente siendo copados por un menor número de empresas multinacionales de proporciones descomunales. Todos los mercados que nos rodean son un inmenso collage de marcas, que invierten cantidades ingentes en marketing para diferenciarse de sus competidores. Y si pensamos en los mercados de factores, baste echar un vistazo al mercado de fuerza de trabajo, y la pregunta no es “¿en qué se aleja de la competencia perfecta?”, sino más bien “¿en qué se le parece?” Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que todo y toda economista que hable con honestidad, reconoce que la competencia perfecta es un ideal teórico y que es prácticamente imposible encontrar siquiera un solo ejemplo de mercado real que responda a la totalidad de supuestos clave que definen esa forma de mercado. Los fallos de mercado no son la excepción, son la regla.

Así, en esta línea de pensamiento, que englobaría una amplia amalgama de corrientes y escuelas —clasicismo, neoclasicismo, monetarismo…— que podemos denominar (permítasenos) neoliberales, en su planteamiento más extremo defienden que el estado no ha de intervenir en la gestión del ciclo: las recesiones se producen por perturbaciones o shocks fortuitos —niegan propiamente el carácter de regularidad cíclica—, que transitoriamente apartan a la economía de su senda ideal, de modo que su intervención puede ocasionar distorsiones en el funcionamiento del mercado cuyos efectos a la larga, sólo entorpecerían el fluir de la economía hacia la salida de la crisis: sólo hay que dejar que los mercados se autoajusten. La solución neoliberal se resumiría en la frase acuñada por fisiócratas: “laissez faire, laissez passer, le monde va de lui-même”, es decir, “dejad pasar, dejad hacer, el mundo se vale por sí mismo”, una auténtica exhortación a la libertad de los mercados, filosofía que la escuela clásica adoptaría como suya propia. Por tanto, la receta es “dejar que pase el temporal” y la economía se reequilibrará sola a largo plazo… 

En consecuencia, partiendo del marco en que nos encontramos, en economías mixtas caracterizadas por la existencia de algún tipo de estado del bienestar, sus soluciones pasan por “desregular” los mercados, “deshacer lo andado” minorando la presencia del estado conteniendo por un lado el gasto público —reducción de prestaciones y pensiones, endurecimiento de las condiciones para su percepción, control del gasto sanitario, recortes en educación, inversión pública…—, y llevando a cabo rebajas de impuestos, eliminación de cotizaciones —al más puro estilo ricardiano—, y en especial, “liberalizando” el mercado de trabajo, a través de medidas como la disminución de los salarios reales (mediante la congelación de salarios nominales, como el SMI o los recogidos en las tablas de convenios, o con engañosas subidas muy por debajo en todo caso de la inflación), eliminación de la causalidad de la temporalidad, posibilidades de desenganche de convenios, “flexibilización” del despido, llamamientos a la moderación sindical, y un largo etcétera, para así devolver la economía a su modo de funcionamiento originario con la menor intervención estatal posible en los mercados y el mayor poder en manos del capital privado. Son las manidas recetas de fondo que envueltas con un argumentario más o menos refinado, oímos constantemente desde los partidos de corte conservador y liberal, como el Partido Popular o Ciudadanos.

¿Y esas medidas? ¿Pueden funcionar? Antes de exponer nuestro análisis y fundar nuestra posición, esa cuarta —y única— vía, cedamos la palabra al keynesianismo y la socialdemocracia, la corriente autodenominada “heterodoxa”, y veamos cuál es su réplica al argumento ortodoxo, y sus propuestas.

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