Una vez más, los ciclos económicos (II): keynesianismo

[Viene de… Una vez más, los ciclos económicos (I): planteamiento general y neoliberalismo]

John Maynard Keynes. Foto: United Press International.

Keynesianismo: la propuesta de la vieja socialdemocracia

De entrada, no se cuestiona la capacidad de la economía de mercado capitalista para lograr el equilibrio. Pero los ajustes a corto plazo pueden ser durísimos como la historia ya nos ha demostrado y nos sigue demostrando, y además recaen íntegramente sobre la clase trabajadora, víctima de la falta de percepción de rentas fruto del desempleo que acompaña estos procesos. Y aquí es donde podríamos traer a colación la lapidaria frase, y nunca mejor dicho, que el economista británico John Maynard Keynes escribiera en su Tratado sobre la reforma monetaria en 1923:

«… (el) largo plazo es una guía confusa para la coyuntura. En el largo plazo estamos todos muertos. Los economistas se plantean una tarea demasiado fácil, y demasiado inútil, si en cada tormenta lo único que nos dicen es que cuando pasa el temporal el océano está otra vez tranquilo» (la cursiva es nuestra) (Keynes, 2009). 

Esta es la segunda vía, condensada en una frase, que resume todo el keynesianismo, y nos permite vislumbrar sus tres líneas maestras: en primer lugar, su defensa de la intervención directa del gobierno en la economía; en segundo lugar, su vocación al corto plazo, a gestionar los desajustes mediante políticas de demanda coyunturales; y en tercer lugar, lo que es más importante, su pretensión de estabilizar el sistema capitalista y consolidarlo, en ningún caso eliminarlo. Nos centramos entonces, en qué hacer durante las tormentas, que nos azotan y sabemos que nos golpearán cada vez más fuerte en el clima inhóspito del sistema capitalista por el que navegamos, pero no en tomar otro rumbo hacia climas más favorables. Esta línea de razonamiento es el sustrato teórico en materia económica de la vieja socialdemocracia, en España representada por el PSOE: en ningún caso, al margen de discursos puntuales cuidadosa e intencionadamente ambiguos, se cuestiona la viabilidad del sistema capitalista, sino que la única pretensión es “humanizarlo”: avanzar hacia un capitalismo humano y dejar atrás el capitalismo salvaje.

El argumento que inspira las diferentes explicaciones de corte keynesiano se asienta en la teoría de la demanda efectiva, formulada por el propio Keynes en su obra fundamental Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero de 1936 y cuyos fundamentos fueron anticipados por Michal Kalecki en 1933 en su Ensayo sobre la teoría del ciclo económico. La ortodoxia clásica se fundamenta en la conocida como Ley de Say, principio atribuido a Jean-Baptiste Say, que a modo de corolario se desprende de su obra Tratado de Economía Política de 1803, que afirma que “la oferta crea su demanda”. Según el autor:

«El hombre cuya industria se dedica a dar valor a las cosas creándoles un uso cualquiera no puede esperar que ese valor será apreciado y pagado más que donde los hombres dispongan de los medios para su adquisición. ¿En qué consisten esos medios? En otros valores, otros productos frutos de su industria, de sus capitales, de sus tierras: de ahí resulta, aunque a primera vista parezca una paradoja, que es la producción la que abre mercado a los productos» (Say, 2001).

De este modo, los ingresos que percibimos los agentes económicos que participamos en la producción nos proporcionan la capacidad adquisitiva necesaria para dar salida a los bienes y servicios producidos. Este principio básico es el que queda ilustrado en uno de los modelos paradigmáticos de la teoría económica, el modelo estático del flujo circular de renta: en su versión más simplificada, tenemos una economía en la que sólo hay dos agentes, las empresas que producen bienes y servicios utilizando insumos (factores de producción) como factor trabajo, recursos naturales y bienes de equipo, y los hogares, propietarios de estos factores, que consumen los bienes y servicios que las empresas producen. El ingreso que obtienen las empresas gracias al consumo de las familias se emplea para pagar las rentas a los hogares propietarios de los diferentes factores empleados en la producción: salarios, alquileres, intereses y beneficios empresariales, que éstas a su vez utilizan para comprar los bienes a las empresas, y así sucesivamente, estableciéndose de este modo un flujo circular de rentas entre hogares y empresas. Pero, ¿qué ocurre si los hogares deciden no gastar todas sus rentas? Surge entonces el ahorro lo que se denomina una salida del flujo. Ese ahorro es canalizado por el sistema hacia otros agentes que sí desean gastarlo en la adquisición de bienes. Además, no todos los bienes que producen las empresas son adquiridos por los hogares, sino que pueden ser demandados por otras empresas. Ese gasto es una entrada al flujo, y se denomina inversión. Y aquí es donde se establece una de las relaciones clave sobre la que gravita una gran parte de la teoría económica: las salidas del ciclo son iguales a las entradas, esto es en una economía cerrada, el ahorro ha de coincidir con la inversión. Si lo pensamos en términos de agregados macroeconómicos, para esa economía cerrada sin intervención pública, pensemos que por una parte la producción es igual al gasto realizado en su adquisición: consumo e inversión.

Producción = Conusumo + Inversión

Pero la producción se transforma en rentas, una parte de las cuales puede quedar en forma de beneficios retenidos en las empresas, y el resto es entregado a los hogares, los cuales pueden consumirla o ahorrarla.

Producción = Beneficio no distribuido (Ahorro empresarial) + Consumo + Ahorro hogares

Producción = Consumo + Ahorro

De este modo, el producto es igual a consumo e inversión por un lado, y por otro, es igual a consumo más ahorro. En consecuencia, ahorro e inversión deben coincidir:

Consumo + Inversión = Consumo + Ahorro

Inversión = Ahorro

Por tanto, en este modelo básico, el ahorro, las salidas de ese ciclo financian la inversión, las entradas al mismo. En el enfoque clásico, es la oferta de fondos prestables (el ahorro) quien limita y determina la demanda de los mismos (inversión). El sistema debe facilitar que el ahorro no se atesore y fluya hacia la financiación de la inversión. Aun hoy, en modelos más modernos de la economía ortodoxa, como el modelo de crecimiento de Solow, la tasa de ahorro sigue siendo el factor clave.

La teoría de la demanda efectiva cuestiona esta relación e invierte su dinámica: mediante el ahorro los agentes posponen consumir renta en el presente, reservándola para poder consumirla en el futuro… pero esto introduce una variable que en el enfoque estático de equilibrio clásico no aparece: el tiempo y con él, la incertidumbre. Es evidente que ha de existir un ahorro suficiente para financiar el gasto en inversión —de modo que es un factor limitativo—, pero no es la causa de la inversión: las empresas deciden invertir y en consecuencia, acumular capital en función de sus expectativas acerca de los rendimientos futuros, es decir, de la eficiencia marginal del capital en relación con lo que le cuesta conseguir ese capital, el tipo de interés. Y para Keynes esta evaluación no es sólo resultado de un concienzudo análisis coste-beneficio probabilístico, sino que también es consecuencia de algo mucho más sencillo: los “animal spirits”, del optimismo o pesimismo de los agentes que condicionan las verosimilitudes que asignamos a los diferentes escenarios, y en consecuencia, sus decisiones de gasto. Y es aquí donde encontramos la principal causa de las crisis para esta corriente.

«Una importante distinción de conceptos: no debemos confundir el término “sobreinversión” en Keynes con la sobreacumulación denunciada por Marx»

En otras palabras, para Keynes los ciclos económicos son consecuencia de la volatilidad de la eficiencia marginal del capital fruto de la generación de unas expectativas erróneas en los agentes individuales acerca de la misma, y las consiguientes espirales de optimismo que llevan a sobrevaloraciones sistemáticas del rendimiento esperado, con la consiguiente “sobreinversión”, que finalmente se acaban viendo defraudadas, colapsando y desembocando en épocas de incertidumbre, pesimismo y preferencia por la liquidez. Anticipándonos a lo que más adelante desarrollaremos, es preciso hacer notar ahora una importante distinción de conceptos: no debemos confundir el término “sobreinversión” en Keynes con la sobreacumulación denunciada por Marx, dos conceptos cualitativamente muy diferentes. La primera se motiva por una expectativa de rentabilidad “inflada”, por encima de la real y por encima de la tasa de interés de mercado, que anima procesos especulativos. La segunda es consecuencia de la caída de la tasa de ganancia media, que a través de la concurrencia entre capitales, los moviliza a su acumulación y concentración para intentar –inútilmente- mantener una tasa de ganancia que inexorablemente se hunde fruto de esa misma sobreacumulación inherente al mecanismo de funcionamiento capitalista.

Keynes (derecha) y el representante estadounidense Harry Dexter White en la reunión inaugural de la Junta de Gobernadores del Fondo Monetario Internacional en Savannah (Georgia) en 1946.

Si bien Keynes no focaliza la atención sobre el consumo sino sobre la inversión, distanciándose en un principio de los teóricos del subconsumo —de quienes hablaremos más adelante— que achacaban la existencia de las recesiones a una desigual distribución de la riqueza que daba lugar a una propensión a consumir indebidamente baja (cfr. Malthus, Sismondi, Rodbertus, Hobson, entre otros), reconoce a efectos prácticos que: «si es materialmente impracticable aumentar la inversión, resulta evidente que no hay medios de asegurar mayor nivel de ocupación, excepto aumentando el consumo» (Keynes, 2010). De modo que acaba admitiendo que: «el camino más prudente sería el de avanzar en ambos frentes a la vez» (Keynes, 2010).

Defendiendo finalmente que: «al mismo tiempo que procuraría conseguir una tasa de inversión controlada socialmente con vistas a la baja progresiva de la eficiencia marginal del capital, abogaría por toda clase de medidas para aumentar la propensión a consumir» (Keynes, 2010). Se alinea de este modo con las teorías del subconsumo que constituyeron sus principales influencias: «es improbable que pueda sostenerse la ocupación plena, con la propensión a consumir existente, sea lo que fuera lo que hiciéramos respecto a la inversión» (Keynes, 2010).

Se separa de ellas en lo teórico, pero converge en lo práctico. Como reconoce una de las más destacadas postkeynesianas, Joan Robinson: «la asociación de la teoría del subconsumo con el deseo de mantener la iniciativa privada y con el horror por la revolución, está ejemplificada, una vez más, en Keynes (…)» (Robinson, 1970).

Keynes por otra parte, describe la conocida como paradoja de la austeridad: una pérdida de confianza puede acelerar el atesoramiento aumentando puntualmente el ahorro y reduciendo el consumo. Esto, que en la corriente clásica, permitiría un mayor financiamiento de la inversión, en el enfoque keynesiano da lugar a una disminución del ingreso, de modo que el aumento del ahorro no llega a materializarse (al reducirse la renta por la caída de las ventas) y asimismo, la inversión se contrae al reducirse la rentabilidad esperada del capital (empeoramiento de expectativas), fruto de la insuficiencia de demanda, como apunta Robinson. Así pues, para el keynesianismo las recesiones vienen motivadas por –digamos que “llevan en su ADN”- una insuficiencia de la demanda, tanto de bienes de consumo como de bienes de capital, fruto de la contracción de consumo e inversión. La demanda efectiva de una economía puede ser insuficiente para absorber la producción realizada, dando lugar a una acumulación no deseada de mercancías, que llevaría a las empresas —ante la imposibilidad de colocar sus existencias— en unos casos a reducir su producción y en otros al cierre, produciéndose una menor contratación de factores, y en consecuencia la disminución de rentas por pérdida de empleos, caídas salariales, etc. lo que reduciría aún más la demanda, entrando de este modo en una espiral viciosa, alejando a la economía por debajo de su nivel de producción natural —tomando el término prestado de Milton Friedman

Hemos de insistir, que para Keynes no es un mero problema de subconsumo, como erróneamente se piensa en ocasiones incluso entre quienes defienden sus doctrinas, sino que afecta a todo el gasto privado. Así, bajo este diagnóstico, las recomendaciones liberales pueden resultar fatales, pues una reducción de los salarios reales puede deprimir aún más la demanda efectiva: el problema del desempleo no puede circunscribirse al mercado de trabajo, sino que se genera en otro mercado, por lo que las medidas a aplicar no pueden enmarcarse allí donde se manifiesta el problema, sino donde se origina: en el mercado de bienes y servicios. 

Y ¿cuáles son esas medidas? En épocas de recesión, lo esencial para el keynesianismo es estimular el gasto: agilizar los mecanismos de financiación atacando la credit crunch (el característico “cierre del grifo” del crédito propio de las recesiones), mediante políticas monetarias expansivas (reducciones de tipos de interés, aumentos de la cantidad de dinero en circulación…), animar al gasto en consumo mediante inyecciones de fondos a las economías domésticas a través de políticas fiscales expansivas (transferencias, subsidios, prestaciones…) y estimular la demanda agregada compensando la falta de inversión privada con gasto público. Estos estímulos de la demanda darían lugar a un incremento cuantitativamente mayor de la renta, gracias al denominado efecto multiplicador, término acuñado por otro de sus discípulos, Richard Kahn y adoptado posteriormente por el propio Keynes en su Teoría General, por el cual un aumento de cualquier componente de la demanda agregada (Keynes se refirió a la inversión) propiciará un aumento de la misma y de la renta mayores, fruto de un proceso de realimentación derivado de que el consumo es función directa de la renta. Como habremos de notar más adelante, el argumento del multiplicador, uno de los más atrayentes del discurso keynesiano actualmente se está cuestionando seriamente, dando lugar a derivaciones no esperadas de sus propias teorías.

Pero la ambición del keynesianismo va más allá de la reactivación de la economía en las recesiones: su objetivo es controlar esos ciclos. En el fondo, para Keynes un adecuado control de la tasa de interés y un mecanismo de formación de expectativas “realistas”, permitiría a la economía capitalista evitar las depresiones y mantenerse en un estado de “cuasi-auge continuo”:

«El remedio correcto para el ciclo económico no puede encontrarse en evitar los auges y conservarnos así en semidepresiones permanentes, sino en evitar las depresiones y conservarnos de este modo en un cuasi-auge continuo» (Keynes, 2010).

A todos los efectos, las corrientes keynesianas defenderían una suerte de políticas económicas anticíclicas, con el objeto de estabilizar o suavizar esos ciclos: llevar a cabo políticas expansivas en épocas de recesión, y políticas contractivas en épocas de expansión: inyectar gasto cuando la inversión privada disminuye, y retirar ese gasto cuando la inversión privada aumenta. Así, ajustaríamos la evolución del PIB real a su tendencia eliminando (reduciendo) las fluctuaciones, evitando así los procesos recesivos y sus consecuencias fatales.

Lo que antecede es una breve aproximación al soporte teórico de las políticas económicas defendidas por la vieja socialdemocracia, representada en España por el PSOE. De nuevo dejamos su crítica para la última parte de este trabajo. Pero, ¿y qué hay de la nueva socialdemocracia? ¿Qué defienden Podemos, y todos los partidos colocados en su órbita, incluida de facto, Izquierda Unida? Esta es la tercera de las corrientes, y curiosamente, una de las más antiguas, en cierto modo, el germen del keynesianismo.

***

Continuará.

© Bonjour Karl 2017