Una vez más, los ciclos económicos (III): las teorías del subconsumo

Las teorías del subconsumo: los viejos argumentos de la nueva socialdemocracia

¿Qué entendemos por teorías del subconsumo? ¿Entendemos lo mismo cuando hablamos de superproducción y de subconsumo? No parece conveniente, siguiendo a Schumpeter, emplear el primer término cuando identificamos los problemas en el comportamiento del consumo, aunque obviamente, si el consumo es insuficiente para la oferta existente nos encontraremos con un exceso de producción. Podríamos categorizar las diferentes teorías del subconsumo en dos grandes grupos: las que focalizan su atención en el exceso de ahorro, no suficientemente compensado con decisiones de inversión, y las que consideran como factor causal la pobreza de las masas, corriente esta última que se ha revitalizado en los últimos años tras la crisis económica con la aparición de los movimientos de “indignados e indignadas” como el 15M, y los partidos de la nueva socialdemocracia, como Podemos en España o Syriza en Grecia.

Su origen está en el cuestionamiento de la ley de Say, antecediendo así en el tiempo los enfoques keynesianos, como adelantábamos más arriba, principalmente por Thomas Robert Malthus, clérigo británico de “instinto aristocrático”, que en palabras de John Kenneth Galbraith: “sigue siendo famoso en la actualidad (por) su actitud de duda ante la ley de Say” (Galbraith, 1992). 

Malthus fue quizás la primera voz destacada que, si bien de una forma un tanto tibia, cuestionó la ley de Say, sentando la base de todas las posteriores teorías del subconsumo. Afirmaba que la creciente pobreza de la clase trabajadora –motivada por un crecimiento poblacional desenfrenado, limitado sólo por la oferta de medios de subsistencia, principalmente alimentos- combinada con la tendencia del sistema económico capitalista a una producción creciente de mercancías daría lugar a una situación de superproducción que el consumo de las clases trabajadoras no sería capaz de absorber, y puesto que la clase capitalista no consume toda su renta, ahorra en exceso, la economía se encontraría en una situación de crisis motivada por su incapacidad de vender lo producido a causa del subconsumo. En definitiva: la clase trabajadora no obtiene suficiente para gastar y la clase capitalista no gasta lo suficiente de lo que obtiene, dinámica inherente al propio sistema capitalista. Es el principal representante de las crisis por exceso de ahorro, y una de las principales influencias sobre Keynes en su interpretación de los ciclos motivados en la dinámica ahorro-inversión.

Pero, las teorías del subconsumo que hoy han resurgido son las centradas en la pobreza de las masas como factor detonante, como anticipamos más arriba. ¿Cuál es su origen? El máximo exponente de las teorías del subconsumo es Jean-Charles Léonard Simonde de Sismondi, principal representante del socialismo pequeñoburgués surgido en el siglo XIX. En palabras de Marx y Engels: 

“En países como Francia, donde los campesinos constituyen bastante más de la mitad de la población, era natural que los escritores que defendiesen la causa del proletariado contra la burguesía, aplicasen a su crítica del régimen burgués el rasero del pequeño burgués y del pequeño campesino, y defendiesen la causa obrera desde el punto de vista de la pequeña burguesía. Así se formó el socialismo pequeñoburgués. Sismondi es el más alto exponente de esta literatura” (Marx & Engels, 1978).

Jean-Charles Léonard Simonde de Sismondi.

Si bien Malthus responsabilizaba de forma indirecta a la clase trabajadora de su pobreza, fruto de su comportamiento demográfico, Sismondi alineándose con el socialismo utópico de Saint-Simon, Owen o Fourier, responsabiliza de la situación de la clase trabajadora y de las personas pobres, a la clase capitalista y las personas adineradas, que las oprimen y mantienen en tal situación. Denuncia la anarquía del capitalismo, los bajos salarios y la desigual participación en la renta como causa del subconsumo y el efecto negativo del progreso tecnológico que crea una maquinaria ahorradora de trabajo humano que lleva al desempleo. Reconoce el conflicto social, pero emplea indistintamente las categorías clase trabajadora – clase capitalista, que la distinción ricos – pobres induciendo una confusión sobre el concepto de “clase” superada más tarde por las tesis marxistas, retomada hoy de nuevo por los discursos “transversales”. Sus soluciones eran una vuelta atrás, lejos de una percepción dialéctica evolutiva de la historia: retorno a la agricultura patriarcal y pequeñas producciones artesanas, alejándose del mundo industrial del sistema capitalista. Economía humanista que encontramos en autores más actuales como Ernst Friedrich Schumacher, heredero en su Lo pequeño es hermoso de las tesis de Sismondi.

Uno de los principales defensores y pilares de la teoría del subconsumo fue Johann Karl Rodbertus, monárquico conservador que condenaba la lucha de clases y los movimientos revolucionarios proletarios. Su proximidad temporal y temática facilitó el intento de colocarlo como “inspiración” de Marx en ciertos ámbitos académicos y políticos, pero la lejanía existente entre sus planteamientos es notable –no olvidemos como veremos más adelante, que Marx en ningún momento considera el subconsumo como causa de las crisis capitalistas-, como bien clarificó Engels en el prólogo al volumen II de El Capital. De acuerdo con Schumpeter: “el ejemplo de Rodbertus no puede haber enseñado a Marx sino cómo no debía proceder si quería evitar los errores más groseros” (Schumpeter, 2015).

Así pues, para estas teorías la causa de las crisis es el subconsumo derivado de la cada vez más reducida participación de los salarios en la producción, que llevaría a un exceso de oferta de mercancías de consumo que quedarían invendibles. La receta según este enfoque está, no en la eliminación del sistema capitalista, sino en equilibrar mediante políticas económicas redistributivas el reparto de rentas entre la población explotadora y la población explotada, esto es, aumento de salarios, transferencia de rentas a las “clases más desfavorecidas” mediante mecanismos como la propuesta de la renta básica para toda persona por el mero hecho de ser ciudadana, facilidades de crédito para las pymes y las familias, mayor carga fiscal al gran capital y a las transacciones financieras, y otras medidas que no dejan de ser propuestas de corte keynesiano, y que en consecuencia, adolecerán de los mismos problemas que aquéllas. 

¿Y qué se espera conseguir con estas recetas? Nuevamente, un capitalismo más humano. Para estas teorías es factible esa gestión humanizada del capitalismo mediante políticas económicas, y el logro de un desarrollo sostenible, justo y equitativo. Ya Sismondi:

“admitió tan acríticamente como A. Smith y Ricardo, que acabaría por producirse ese nuevo estado de equilibrio; usaba explícitamente el término ‘equilibrio’. Pero sostenía que el camino hasta él podía ser tan largo y atravesar tan graves conmociones –‘sufrimientos terribles’, decía- que resultara imposible para el analista despreciar los fenómenos incidentales” (Schumpeter, 2015).

Hemos hecho una breve exposición de las teorías que fundamentan los programas económicos que de un modo u otro, con intervención o sin ella, mayor o menor, se asientan en un modelo de economía de mercado capitalista. Vamos a pasar a continuación a realizar un análisis crítico de sus posiciones y a exponer la cuarta y en nuestra opinión, única vía: la economía socialista planificada marxista-leninista.

La economía marxista-leninista

Para centrar el examen crítico de las anteriores teorías, de sus diagnósticos y recetas, y fundamentar el enfoque marxista debemos partir en primer lugar por identificar qué es aquello que mueve al sistema capitalista, pues es su comportamiento el que estamos analizando y la gestión de éste en su caso.

En las economías de mercado capitalistas la producción se realiza a través de instituciones que conocemos como empresas, cuyo patrimonio es de propiedad privada –salvo obviamente determinadas excepciones de capital mixto o íntegramente público, que no caracterizan propiamente al sistema, sino que no son más que una forma de intervención del estado en la misma, uno de los elementos precisamente bajo cuestión-. ¿Por qué existen? Unas personas dirían que para satisfacer las necesidades de la clientela; otras, que para producir bienes y servicios; alguien ahondaría más y diría que bienes y servicios útiles para la sociedad; otras personas, dirían que para innovar; unas más para crear empleo… Pero en el fondo hay una única razón: ¿por qué unas personas deciden invertir parte de su patrimonio en una actividad productiva? ¿Por qué toman parte de su riqueza atesorada improductiva, y la convierten en capital productivo?, y la respuesta es muy sencilla: para obtener una ganancia, un beneficio. Sin más. Y entonces, todo lo que antes se ha dicho, comienza a cobrar sentido: para obtener ese beneficio debo producir algo con valor de cambio, que la sociedad esté dispuesta a intercambiar por otros bienes –actualmente con la mediación del dinero-, lo que cualitativamente me convierte no en fabricante de productos sino de mercancías, pues no lo hago por su utilidad, por su valor de uso para mí, sino para intercambiarlas en el mercado. Y claro, para intercambiarlas, y que alguien quiera las mercancías que fabrico, lo que hago debe tener un valor de uso para otras personas, es decir, debe poder satisfacer sus necesidades. Y para producirlas necesito convertir, transformar, mi capital que ahora está en forma de dinero, en mercancías útiles para la producción, necesito transformar mi dinero en bienes de equipo, edificios, herramientas, ordenadores, esto es instrumentos de producción, en materias primas y componentes, es decir materiales de producción, y en la única mercancía que es capaz de movilizar y poner en funcionamiento esos medios de producción, que es la fuerza de trabajo humana. Pero además, es necesario que alguno de esos elementos en los que transformo mi capital sea capaz a su vez de convertirse en algo con mayor valor que el que propiamente contiene, es decir, que puesto en funcionamiento sea capaz de generar valor, un plusvalor, y de este modo nazca la ganancia que permite valorizar mi capital. Ese elemento es la fuerza de trabajo humana, y ese mayor valor es la plusvalía, fuente de la ganancia del capital.

Por tanto, podemos ya partir de una base: las empresas existen para obtener un beneficio. Luego es el beneficio el que mueve nuestras decisiones de producción. Si una empresa contrata más o menos personal, aumenta o disminuye su producción, invierte en bienes de equipo o decide endeudarse y ampliar la escala de negocio, es porque así piensa aumentar su beneficio.

Y esa expectativa de obtener un beneficio es lo que hace que la clase capitalista tome parte de su riqueza atesorada y la convierta en capital, es decir, la lance al proceso de producción, invirtiéndola en medios y materiales de producción y fuerza de trabajo, es decir, en capital constante y capital variable respectivamente, con el objeto de obtener unas mercancías cuyo valor es mayor que lo invertido, diferencia que es la plusvalía extraída a trabajadores y trabajadoras. Esa plusvalía, dará lugar a una tasa de ganancia, si la comparamos con el capital invertido en el proceso.

Esa tasa de ganancia, nos muestra lo que obtiene el capitalista o la capitalista por cada euro que invierte en el proceso. Y aquí es donde encontramos la clave del comportamiento de las economías capitalistas: la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, ley a la que Marx dedica la sección tercera del tercer volumen de su obra El capital. 

Esta tendencia se deriva de la composición orgánica creciente del capital, esto es, el cada vez mayor peso relativo del capital constante sobre el capital variable en la estructura productiva, consecuencia de la carrera por aumentar la productividad del trabajo –insistimos: no como fin sino como medio para aumentar la ganancia-, empleando la terminología convencional. La inversión en tecnología, en bienes de equipo (herramientas, maquinaria, robotización, electrónica…), mejoras en la división y organización del trabajo,… la gestión productiva en general, se orienta a lograr la aclamada “eficiencia” reduciendo la cantidad de fuerza de trabajo empleada con el objeto de aumentar individualmente la tasa de ganancia, estímulo del proceso. Se trata de ganar la carrera. Al aumentar la composición orgánica de mi capital, y mejorar mi productividad antes que mis empresas competidoras, puedo apropiarme de una mayor proporción de la plusvalía generada en el sistema al ser capaz de producir más barato y vender a la tasa de ganancia media. Cada vez la escala de producción es mayor, se producen cantidades mayores a menor coste. Pero todo el capital tiene el mismo incentivo, y esto hace que la plusvalía total disminuya en relación con el capital total, lo que empuja nuevamente a cada capitalista a intentar tomar la delantera, nuevo capital acelera la obsolescencia productiva de los viejos equipos, todo el mundo necesita modernizar su estructura para competir y continúa el crecimiento desenfrenado del capital constante sobre el variable, la escala de producción sigue creciendo para aumentar la tasa de ganancia… y la tasa de ganancia continúa su caída: al reducirse la cantidad relativa de fuerza de trabajo, el único factor capaz de crear valor como hemos visto, la proporción que representa la plusvalía generada sobre el valor global del capital es paulatinamente menor. De esta manera, las mismas acciones que tratan de sostener la tasa de ganancia son las que la hunden. Marx aclara que: 

“en general, (…) las mismas causas que producen la baja de la cuota general de ganancia provocan efectos contrarios que entorpecen, amortiguan y en parte paralizan aquella acción. No anulan la ley, pero sí atenúan sus efectos. Sin estas causas sería inconcebible, no la baja misma de la cuota general de ganancia, pero sí su lentitud relativa. Por eso esta ley actúa como una tendencia cuyos efectos sólo se manifiestan palmariamente en determinadas circunstancias y en el transcurso de largos períodos” (Marx, 2010b). 

Marx destaca varios procesos con ese doble efecto, las “causas contrarrestantes”: desde la superpoblación relativa empleada en aquellos sectores que desean sobreexplotar sus activos integrantes del capital constante, el aumento del grado de explotación del trabajo, la reducción del salario por debajo de su valor –facilitado por la mayor competencia entre la población trabajadora creciente-, el comercio exterior –que por ejemplo provee medios de subsistencia más baratos, reduciendo el coste de reproducción de la fuerza de trabajo disminuyendo en consecuencia, el tiempo necesario de la jornada de trabajo y aumentando en consecuencia el grado de explotación- o el abaratamiento de los elementos que forman el capital constante.

La necesidad de contener esa caída acelera el proceso de concentración y acumulación de capital: se producen procesos de fusiones y absorciones, que aumentan la ratio capital constante sobre variable, como las ocurridas en el sector bancario español –y que aún no han terminado, cuyo último episodio ha sido la absorción del Banco Popular por el Banco Santander-, o las operaciones a escala mundial, como la absorción de la agroquímica estadounidense Monsanto -primer productor mundial de semillas transgénicas- por la alemana Bayer, o la fusión de dos de las cadenas hoteleras más grandes del mundo, Marriott y Starwood. Se anima la creación de pequeñas empresas y el empleo autónomo desde el estado para movilizar el capital atesorado por pequeños ahorradores y pequeñas ahorradoras, que en poco tiempo sucumben por su estructura incompatible con el grado de desarrollo del sistema, que exige estructuras de mayor capital orgánico. Asimismo, se asumen tasas de riesgo más elevadas para poder mantener las tasas de rentabilidad pasadas, desarrollándose inversiones de un muy elevado grado especulativo –no por un “optimismo” keynesiano generalizado, sino fruto de una tendencia consciente del propio sistema. Y es esa tendencia decreciente de la tasa de ganancia la que lleva al sistema a interrupciones periódicas, manifestadas en forma de crisis, propiciadas a través de la división del proceso de transformación del capital en dos fases: su valorización, que se consigue al término del proceso productivo (las mercancías producidas ya contienen el valor incrementado) y su realización, la que se consigue en el proceso de circulación con la venta de las mercancías producidas. ¿Cómo se realiza esa plusvalía? ¿Quién compra esas mercancías? Y aquí es donde nos encontramos que no son sólo los consumidores y las consumidoras, sino que hablamos tanto de la producción de bienes de consumo como de la de bienes de inversión: también otras empresas. Y es precisamente en la inversión y no en el consumo donde se produce la convulsión determinante: la caída paulatina de la cuota de ganancia va contrayendo la inversión privada hasta llegar un punto en que se produce el colapso, y las mercancías no encuentran salida, las empresas frenan su inversión y se produce el cierre, desempleo, impagos,… y es entonces cuando cae el consumo. De modo que el subconsumo no es la causa, es la consecuencia: las regularidades empíricas nos muestran como en los momentos anteriores a las crisis tanto el consumo como la participación de los salarios en la producción son crecientes. Es en el momento del colapso, cuando se precipita la caída, cuando comienzan los despidos, el desempleo y con él drásticas reducciones salariales motivadas por el crecimiento repentino del ejército de reserva de mano de obra, caída de rentas en la clase trabajadora, aceleración en la desigualdad de la distribución entre clases, y subconsumo. Siguiendo a Marx: 

“Es una perogrullada decir que las crisis surgen de la falta de consumo solvente o de consumidores capaces de pagar. (…) El hecho de que las mercancías queden invendibles quiere decir sencillamente que no se encuentran los compradores o, lo que tanto vale consumidores solventes para ellas (lo mismo si las mercancías se destinan en última instancia al consumo productivo que si se destinan al consumo individual). Y si se pretende dar a esta perogrullada una apariencia de razonamiento profundo, diciendo que la clase obrera percibe una parte demasiado pequeña de su propio producto, y que este mal puede remediarse concediéndole una parte mayor, es decir, haciendo que aumenten sus salarios cabe observar que las crisis van precedidas siempre, precisamente, de un período de subida general de los salarios, en que la clase obrera obtiene realmente una mayor participación en la parte del producto anual destinada al consumo” (Marx, 2010a).

En este apartado hemos asentado las bases del enfoque marxista de los ciclos basado en la tasa de ganancia decreciente. Dejamos para más adelante el resto de nuestra exposición, para abordar en el próximo punto la crítica a las teorías del subconsumo.

Crítica a las teorías del subconsumo

Ya podemos entonces dar respuesta al enfoque subconsumista: las teorías del subconsumo carecen de respaldo teórico solvente. En primer lugar, no hemos de olvidar que han sido históricamente superadas por la teoría de la demanda efectiva, que aunque como defendemos no llega a explicar la dinámica de ciclos, es más refinada y supera las debilidades de que adolecen aquéllas, evidenciando sus fallas teóricas, y reorientando el problema hacia el otro componente de la demanda agregada, la inversión. La estructura del argumento keynesiano es internamente solvente, no así las teorías del subconsumo que son más la manifestación de una frustración que a todos y a todas nos enajena, pero que tienen poco o nada de científicas. La desigual distribución de la renta podrá ser injusta, pero no es la causa de las recesiones. La estructura productiva no entra en crisis porque no puede vender bienes de consumo necesarios: un ajuste de precios y una reestructuración del sistema a la producción de bienes de consumo suntuarios y bienes de inversión bastaría para solventar el problema… pero no es ese el problema. El problema enraíza en la propia estructura del sistema, no en la forma en la que el sistema reparte las rentas. Como reconoce Schumpeter:

“esta teoría (del subconsumo) como Marx sabía muy bien, no se puede tomar en consideración porque supone ignorancia del hecho elemental de que la inadecuación, y aún más la inadecuación creciente, de la renta salarial para comprar todo el producto a precios que cubran los costes no impediría una producción sin obstáculos en respuesta a la demanda de sujetos no perceptores de salarios, orientada a objetos de “lujo” o inversiones” (Schumpeter, 2015).

Es por esta falta de cimientos teóricos por lo que encontramos en sus recetarios una amalgama enorme de propuestas tomadas de diferentes corrientes, con más de intención que de coherencia, con un enfoque un tanto maniqueo, de poner todo “lo bueno” y quitar “lo malo”, y ciertamente naïf, incluyendo propuestas extemporáneas para aplicar dentro de un sistema que no cuestionan, propuestas que el propio sistema ya extinguió por ser incompatibles en su actual nivel de desarrollo, que en su mayor parte son tomadas del keynesianismo, pues en el fondo, quien hoy utiliza el subconsumo como argumento se apoya en él como muleta, pero sobredimensionando el consumo dentro del problema de insuficiencia de demanda agregada. 

Pero esto no es trivial, pues al no ser la causa real de la recesión, ni siquiera su último desencadenante, la aplicación de esas recetas suele llevar a fuertes inconsistencias y desequilibrios adicionales, cuyas consecuencias son inasumibles por quienes las promueven y finalmente acaban cediendo a la presión del sistema, como en el caso griego con Syriza.

Las teorías del subconsumo reaparecen periódicamente con las crisis, especialmente cuando son más duras. A la clase trabajadora desempleada, sin recursos, que ve como “entran a saco por sus sueños”, es muy fácil venderle que la crisis se ha producido porque el sistema es injusto y lo que vamos a hacer es redistribuir la renta en vuestro favor y así ya no habrá crisis. Suena bien… pero no olvidemos que según dicen, el cianuro tiene un agradable olor a almendras amargas. La clase trabajadora debe discernir si quiere tomar un medicamento de agradable sabor que no cure o si opta por seguir el tratamiento de los males que poco a poco van consumiendo nuestra salud, extirpando el sistema capitalista de nuestras arterias. La medicina es buena si cura,… si no cura, por agradable que sea su sabor…

Y entonces, si está demostrada su incoherencia teórica, si los datos no avalan sus conclusiones, ¿por qué resurgen? Según Schumpeter, estas teorías del subconsumo gozan de una: “vitalidad indestructible (…), debido a su atractivo popular. Debieron su supervivencia meramente a ese atractivo –muy intenso en períodos largos de predominio depresivo- y no a ningún perfeccionamiento considerable de sus fundamentos analíticos” (Schumpeter, 2015).

Así pues, en nuestra opinión, las teorías del subconsumo son falaces, y consideramos que la propia teoría económica y la evidencia empírica han demostrado sobradamente su inconsistencia. A continuación, analizaremos la viabilidad de los modelos de políticas keynesianas.

Crítica al keynesianismo

¿Y qué ocurre con el keynesianismo? Vamos a analizar sus planteamientos a partir de la experiencia reciente. A simple vista, la argumentación no parece ser descabellada y tiene una coherencia interna que en un primer momento puede hacerla plausible. Sin embargo, no debemos olvidar que esto es lo que ocurre con los sofismas: razones o argumentos falsos con apariencia de verdad. ¿Es realmente un argumento correcto o sólo comparte su apariencia de verdad? Así, un análisis más exhaustivo, hace aflorar numerosos problemas que no sólo ponen en tela de juicio su viabilidad, sino, lo que es más relevante, su análisis de la realidad económica y de las causas de fondo de los ciclos económicos. No es sólo que sean recetas inadecuadas, es que el diagnóstico está equivocado.

Y es que, al igual que ocurre con las teorías del subconsumo, el problema del keynesianismo lo encontramos tanto a nivel teórico como a nivel práctico. La motivación de las crisis en los errores de expectativas y en los “animal spirits”, obvia la caída tendencial de la tasa de ganancia, perfectamente conocida por el sistema, que totalmente consciente estira sus acciones hasta la ruptura. Todo el sistema sabe que la tasa de ganancia va a “romper”, los agentes saben que el globo va a estallar,… lo único determinante es que no estalle en mis manos. Mientras tanto, ese capital, consciente de que así ocurrirá, por pura lógica inherente al sistema, y no por inconsciencia, o engaño de los agentes, continúa inflando el globo. No es que el sistema cree burbujas en determinados momentos, es que su propia estructura se basa en esa inmensa contradicción: lo que lo alimenta, lo lleva a su destrucción. Propiamente, el único fallo de expectativa se refiere al momento en que el sistema va a quebrar.

De este modo, la aplicación de las políticas económicas keynesianas, fruto de la no comprensión de los incentivos del sistema, en el contexto de las economías actuales, conducen al resultado contrario de lo que persiguen. Superada la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, se demostraron agotadas al mismo tiempo que el modelo fordista de producción, ya en los años 70, y las sucesivas crisis económicas de las últimas décadas fueron sistemáticamente resueltas mediante duras medidas neoliberales, orientadas no a reforzar la demanda sino a restablecer la tasa de ganancia del capital. 

Pero la Economía no es tal si no es Economía Política. Analicemos la puesta en práctica de las recetas keynesianas, aunque únicamente pudieran servir para atajar los dolores del corto plazo. En primer lugar, en nuestro contexto actual, encubren serios problemas técnicos. De acuerdo con el enfoque keynesiano el papel del estado es compensar la menor demanda efectiva mediante políticas fiscales expansivas que aumenten las partidas presupuestarias de gasto, como incrementar el consumo y la inversión públicas principalmente, o aumentar los pagos por transferencias, subvenciones, prestaciones, subsidios, pensiones,… y/o disminuyan la carga fiscal con el objeto de aumentar la renta disponible y estimular el consumo doméstico de los hogares. De este modo, habiendo demanda se estimula la producción, la ocupación y la generación de rentas. Sin embargo, este enfoque omite un serio problema: las políticas fiscales expansivas aumentan el déficit público –diferencia entre los gastos y los ingresos públicos-, y toda política deficitaria pone un problema sobre la mesa: ¿cómo se financia? Para poder gastar más de lo que ingresamos es necesario conseguir los recursos para poder hacerlo: es preciso endeudarse. El estado emite Deuda Pública, es decir, pide prestado dinero, y la coloca en los mercados financieros entre inversores e inversoras. El endeudamiento es un mecanismo normal, pero plantea una serie de dificultades en determinadas circunstancias: en primer lugar, debemos tener en cuenta que España actualmente tiene un endeudamiento bruto oficial en torno al 100% del PIB, muy por encima de los niveles recomendables. Además, el sobreendeudamiento, expone al país a movimientos especulativos en los mercados financieros, como ocurrió en los primeros años de la recesión –igual que con otros países como Grecia o Portugal, si bien con desigual resultado-, que merman la confianza de los mercados en la solvencia del país y obligan primeramente, a emitir deuda con unos intereses muy por encima del tipo normal de mercado, es decir a elevar la prima de riesgo (España llegó a una prima de 638,42 puntos básicos en julio de 2012, esto es, el bono español a 10 años pagaba un 6,38% más que el bono alemán) y eventualmente, a restricciones del crédito totales, que obligarían a la economía a encontrar un superávit exterior y adoptar las medidas necesarias para ello, así como a la puesta en práctica de recortes presupuestarios que otorgasen a la economía capacidad de financiación es decir, autonomía financiera. Hemos de tener en cuenta que el déficit comercial exterior español de los últimos años situaba a nuestra economía en una situación de necesidad de financiación permanente del exterior (a partir del año 2013 la economía española comenzó a tener un cierto superávit por cuenta corriente). Así, el sobreendeudamiento no sólo genera una sobrecarga financiera en términos de intereses que compromete fondos públicos futuros para su pago, sino que obliga a generar excedentes futuros para su rembolso, cada vez más cuantiosos. Si finalmente, la economía no fuese capaz de generar tales excedentes, el pago de la deuda sería inasumible y sólo quedaría la negociación de reestructuraciones de la deuda, como acuerdos con acreedores para reducciones de tipos, alargamiento de plazos, quitas,… mecanismos que en todo caso no son “gratuitos”. 

Otro de los problemas que se plantean con la aplicación de estas medidas es que aun obviando el problema de su financiación, en un mundo globalizado, su eficacia se ve muy comprometida si los países del entorno no aplican simultáneamente una política de naturaleza similar, dándose además los incentivos al comportamiento de free-rider (gorrón): si aplicamos una política fiscal expansiva y nuestros socios comerciales no, la mayor renta interior se traducirá en una mayor demanda interna, pero también en un aumento de nuestra demanda de importaciones –mayor cuanto mayor sea nuestra dependencia del exterior-, lo que redundará en una mayor producción y empleo de terceros países, de modo que se apropian de parte de nuestro estímulo fiscal, obteniendo beneficios a costa de nuestro presupuesto. En economías muy dependientes, para que las políticas resulten internamente eficaces es necesario incurrir en déficits profundos.

Pero, no acaban aquí los problemas del recetario keynesiano, pues aun soslayando las dificultades anteriores, la aplicación de políticas fiscales deficitarias tiene serias restricciones debido a la pertenencia de España a diferentes instituciones y organismos internacionales, en especial, en lo que atañe a lo económico: la Unión Europea, el Eurosistema y el Fondo Monetario Internacional, entre otras. Entramos en la tercera causa de inviabilidad del keynesianismo: sus políticas son operativamente inaplicables. La pertenencia a estas instituciones tiene unas implicaciones sustanciales en materia de política económica. Empecemos por la política fiscal a la que nos hemos referido: nuestra integración en la Unión Europea y el sometimiento a los dictámenes de otros organismos como el G-20, maniatan nuestra capacidad de operar con los presupuestos públicos. La entrada en el euro llevó asociada la firma del Pacto de Estabilidad y Crecimiento que establecía un máximo de déficit público para los países de la eurozona del 3% del PIB, contemplando un mecanismo sancionador para aquellos países que no cumplan con esta limitación si bien durante la recesión, se ha relajado la aplicación de tales mecanismos a la vista de los problemas que soportaron países como Alemania o Francia para cumplir el objetivo. No obstante, el citado pacto abrió una vía de desarrollo en la que progresivamente se va profundizando, estableciéndose compromisos a nivel supranacional cada vez más fuertes, previendo mecanismos de supervisión más estrictos basados en indicadores (en la Unión Europea los procedimientos de desequilibrios macroeconómicos -MIP, Macroeconomic Imbalance Procedure- a través de los cuales se establece por ejemplo la situación de “rescate”, y el impulsado por el G-20, operativo a través del FMI, el llamado proceso de evaluación mutua –MAP, Mutual Assessment Process) y sistemas sancionadores más exigentes, buscando la llamada consolidación fiscal. No debemos olvidar la transcendencia de este tipo de acuerdos y el sometimiento forzoso de las economías que asumen la disciplina de estas instituciones, una de cuyas manifestaciones más vergonzosas fue el ignominioso acuerdo de 2011 entre PSOE y PP para reformar el artículo 135 de la Constitución Española.

Pero quizás las restricciones más directas se derivan de haber adoptado el euro como moneda, o dicho de otro modo, el haber renunciado a tener una moneda nacional propia. La pertenencia al Eurosistema priva a la economía española de disponer de una política monetaria propia, la cual ha de ser forzosamente común para todos los países de la eurozona y es diseñada por el Banco Central Europeo, atendiendo a intereses muy dispares de los propios coyunturales. Aún hoy muchos de nosotros y muchas de nosotras recordamos aquella familia de plastilina, “Los García”, que a través de los medios de televisión públicos nos intentaba convencer de que la entrada en el euro no tenía ningún tipo de consecuencia desfavorable, y centraba nuestras preocupaciones… ¡en los redondeos de precios! Da la risa… Pues bien, al carecer de moneda propia, no tenemos control sobre los tipos de interés, una de las herramientas clave de la política económica keynesiana, lo que hace imposible utilizarlos para enviar señales al mercado que impidan o corrijan esos “errores” en las expectativas o para frenar los procesos de lending boom (exceso de concesión de créditos) que disparan el endeudamiento (overborrowing) previo a las recesiones, ni tampoco tenemos control sobre la base monetaria –cantidad de billetes y monedas-, de modo que las expansiones cuantitativas (inyecciones de moneda en circulación) se realizan a discreción del BCE y no de las necesidades propias. No olvidemos que una política común para varios países equivale a aplicar una misma medicación y en una misma dosis para todo un conjunto de pacientes… cuyas condiciones de salud son totalmente diferentes. En la eurozona, junto a España, están países económicamente tan dispares como Francia, Alemania, Italia, Finlandia, Portugal, Malta, Lituania o Grecia, entre otros, con niveles de endeudamiento, de precios, de desempleo, saldo exterior, déficit público,… radicalmente diferentes: ¿en serio una política monetaria común puede ser la idónea simultáneamente para todos los estados miembros? La respuesta es obviamente: no.  

Pero la pertenencia al Eurosistema, tiene otras implicaciones, especialmente en materia de política exterior: las tesis keynesianas como hemos visto, defienden estimular la demanda agregada en épocas de recesión. La demanda agregada recoge el gasto de los agentes en la adquisición de bienes y servicios, y está formada por la absorción interna –que incluye consumo, inversión y gasto público- más las exportaciones netas de importaciones. Así, si mejoramos el saldo comercial con el exterior, la demanda neta externa positiva podría estimular el empleo interior (de hecho, como hemos visto, se convirtió en una necesidad impuesta por el nivel de sobreendeudamiento español). La forma convencional de conseguir esto es mejorando el índice de competitividad de la producción española. No olvidemos que otras formas más controvertidas de corte proteccionista están notablemente condicionadas por las disciplinas marcadas en los organismos y acuerdos internacionales de los que España forma parte, y están muy limitadas por la existencia de represalias comerciales. ¿Y de qué depende este índice? ¿Qué representa? Compara los precios de la producción nacional con los precios de la producción del resto del mundo, convertidos a una moneda única. Si llamamos P, al nivel de precios nacional, P* al nivel de precios extranjero y E al tipo de cambio nominal (unidades de moneda extranjera por unidad de moneda nacional), el índice de competitividad vendría dado por la llamada relación real de intercambio.

Si su valor es por ejemplo 2, nos indicaría que comprar nuestros productos resulta el doble de caro que comprar los extranjeros, teniendo en cuenta el coste de cambio de moneda. Cuanto mayor es su valor, más caros son relativamente los productos nacionales y en consecuencia, más atractivos resultan los productos extranjeros, lo que supone un incentivo a las importaciones y un desincentivo a las exportaciones. Así, el objetivo de la política exterior encaminada a aumentar la demanda agregada de producción nacional sería reducir este índice de competitividad. ¿Y cómo hacerlo? Los precios del resto del mundo no son controlables, pues nuestro país es pequeño en relación con el mismo; la opción habitual es abaratar la moneda nacional, es decir, devaluarla, pues ello reduce el coste de adquirir productos nacionales desde el exterior, y encarece comprar productos extranjeros desde el interior,… si no fuera porque no tenemos moneda propia: la pertenencia al Eurosistema también nos priva de una política exterior autónoma. 

Pero, nos quedaba una variable: ¿y qué pasa con los precios nacionales? ¿Podemos actuar sobre ellos? Aquí es donde entran en juego las llamadas “devaluaciones internas” único recurso en materia de política exterior para los países que carecen de moneda propia: si logramos que los precios nacionales se contengan en relación con los del exterior, emularíamos las tradicionales devaluaciones de la moneda. ¿Cómo hacerlo? La respuesta ortodoxa es clara: conteniendo los costes empresariales mediante la rebaja de los costes salariales, desde los salarios reales hasta las cotizaciones a cargo de las empresas. Parece que a la familia García también se le olvidó decirnos esto… 

Así pues, la pertenencia a la Unión Europea, al Eurosistema y otras instituciones internacionales, deja a los estados miembros sin autonomía para aplicar políticas económicas acordes con su situación, coartados por la consolidación fiscal, sin capacidad para intervenir sobre tipos de interés ni cantidad de dinero y sin facultad para operar sobre el tipo de cambio, por carecer de moneda propia. ¿En qué lugar deja esto al keynesianismo? ¿Cómo puede defenderse por un lado la pérdida de autonomía del estado al mismo tiempo que se defiende la intervención del estado? Nuestra crítica se resume en una pregunta sin respuesta: ¿cómo?

En el siguiente apartado haremos un repaso de las medidas aplicadas de corte neoliberal y confrontaremos sus resultados con las tesis keynesianas y subconsumistas.

***

No Comments Yet

Comments are closed

© Bonjour Karl 2017